almeida – 3 de Julio de 2015.

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Una de las cosas que los hospitaleros sabemos hacer con los peregrinos que llegan al albergue en el que nos encontramos es dejarles a su aire, no atosigarles, porque los que lo necesitan y lo desean, enseguida vienen a contarte todo lo que llevan dentro y desean compartirlo con alguien.

            En el caso de Jaime, no hizo casi falta que se desprendiera de su mochila para en la misma puerta del albergue comenzar a contar todo lo que el camino le estaba ofreciendo.

            Venía haciendo el camino desde su casa, en Málaga y había pasado muchos días solo y para alguien tan extrovertido como él, aquello debió representar una penitencia añadida a la peregrinación que estaba haciendo.

            Quienes venían con él, parece que sintieron ese alivio que en ocasiones representa el silencio, porque según pude comprobar más tarde, Jaime era de los que cuando comienzan a caminar, no puede dar un solo paso con la boca cerrada y se hace muy ameno el camino para los que van a su lado, aunque cuando van pasando las horas, muchos se quedan rezagados para sentir esa agradable sensación que produce la soledad que se encuentra en el Camino.

            Como buen andaluz, las anécdotas, las contaba siempre con una gracia especial porque en cada una de ellas le ponía algo de su particular cosecha que las hacia especialmente divertidas.

            Le dije que me encantaban las historias de los peregrinos y estaría encantado de escuchar todas las que me contara y me aseguro que tenía docenas para compartir conmigo. Imaginé que lo mismo que suelen decir otros, a la hora de la verdad, no les viene ninguna a la mente, por lo que con una sola, me conformaba.

            Pero lo que Jaime aseguraba, era cierto, cuando ya se asentó, parecía una ametralladora, no dejaba de contar cosas, unas veces de forma desordenada, hasta que se fue centrando o yo le fui centrando con algunas preguntas en las historias que más me interesaban y me regaló al menos media docena de situaciones que merecían la pena compartirlas.

            En una ocasión, uno o dos años antes, se encontraba recorriendo uno de esos caminos minoritarios en los que apenas se encuentra algún peregrino y la soledad se hace presente en la mayoría de las etapas.

            Cuando el camino estaba a punto de terminarse, se encontró con otro peregrino del que ya no se separó porque se le hacía muy duro caminar tanto tiempo solo y sobre todo no tener a nadie al final de cada jornada con quien compartir esos momentos tan largos en los albergues.

            La única pega que ponía a esta compañía, era que el otro peregrino llevaba un ritmo mucho más lento que el suyo y aunque comenzaban juntos a caminar, a las dos horas, Jaime ya no podía con aquel ritmo y se adelantaba esperándole en el albergue en el que habían quedado en pasar la noche.

            Uno de los días, llegaba a una población en donde el único lugar que se acogía a los peregrinos era un monasterio de clausura que siempre había dado hospitalidad y las pocas monjas que ahora había en aquel lugar, continuaban la tradición implantada siglos atrás.

            Una de las monjas, la más joven, había sido liberada para mantener ese contacto que en ocasiones como ésta era necesario tener con el exterior y ella era la que se encargaba de dar acogida a los pocos peregrinos que llegaban hasta allí.

            Tras acomodar a Jaime en uno de los cuartos destinados a los peregrinos, la monja le comento:

            -¿Podría usted bajarme el what’s up?, que yo no sé cómo hacerlo.

            -Claro hermana – respondió Jaime – faltaría más, déjeme el móvil y en un momento se lo bajo.

            Jaime cogió el móvil y fue manipulándolo, pero se dio cuenta que le faltaba una contraseña y un lugar en el que tuviera mejor cobertura y se lo dijo a la monja.

            -Venga usted hasta el convento y seguramente allí tendrá mejor cobertura, mientras yo le busco los papeles en los que está la contraseña.

            Jaime acompañó a la monja hasta la entrada principal y la siguió hasta el torno, pero ésta dejó la puerta entreabierta mientras iba a buscar los papeles que le faltaban.

            Jaime permanecía de pie sin saber dónde meterse ya que al encontrase la puerta abierta, veía a las internas que paseaban por el corredor y ellas se extrañaban de verle allí. Fueron unos minutos que le resultaron interminables hasta que, por fin, la monja bajó los papeles y Jaime pudo completar la operación de descargar la aplicación que le habían solicitado.

            Agradecida, la monja se despidió del peregrino hasta la mañana siguiente que habían quedado en que antes que se marcharan ella iría por el cuarto para recoger la llave.

            Cuando Jaime se quedó solo, no se apartaba de su mente lo que acababa de hacer y sobre todo le surgía una tremenda duda a la que no lograba encontrar una explicación, ¿para qué querría una monja de clausura un what’s up?

            Cuando llegó su compañero, se extrañó al verle tan pensativo, en contra del efusivo recibimiento que tenía cada día y Jaime le fue detallando lo que le había ocurrido desde que había llegado a aquel lugar.

            -¿Y por qué no se lo has preguntado? – le dijo su compañero.

            -Pues porque me ha dado apuro y me he sentido muy cortado – dijo Jaime.

            Aunque trataron de distraerse visitando algunos de los lugares más representativos de aquella localidad, la mente de Jaime estaba en lo que estaba y no podía alejar de ella lo que más le preocupaba. Trató de buscar todas las explicaciones posibles, pero ninguna de ellas le resultaba lo suficientemente convincente como para darle credibilidad.

            Incluso durante la noche, el sueño que siempre acudía nada más sentir el contacto con la cama, a pesar que los colchones eran estupendos y a diferencia de otros días, en esta ocasión se encontraba envuelto en suaves sabanas que la monja le había proporcionado, no podía conciliar el sueño pensando en el misterio que encerraría aquella monja que se encontraba en un convento de clausura y necesitaba estar conectada con el exterior por medio del what’s up.

            Hasta llegó en sueños a imaginarse uno de esos amores imposibles entre una doña Inés enclaustrada y un Don Juan en cualquier parte del mundo, pero le resultaba tan irreal que hasta se avergonzaba por haber tenido semejantes pensamientos.

            A la mañana siguiente, se encontraba más cansado que de costumbre por no haber podido conciliar bien el sueño y cuando la monja entró en la estancia destinada a los peregrinos, sintió deseos de despejar la duda que tanto le estaba atormentando, pero no se atrevió a preguntárselo.

            Fue su compañero el que viendo llegar a la monja, sin pensárselo le dijo nada más verla:

            -Hermana, Jaime se está preguntando para que una monja de clausura, necesita en el convento un what’s up.

            -Pues veréis, yo soy la hermana liberada de la clausura y mantengo contacto con el exterior del convento. Antes todas las comunicaciones de la orden y de nuestros superiores nos llegaban en un boletín que nos enviaban por correo, pero las nuevas tecnologías y el recorte de gastos han implantado las nuevas tecnologías en el convento y ahora recibimos de esta forma la información.

            Jaime casi llegó a avergonzarse de todas las cosas que habían pasado por su cabeza y por primera vez en mucho tiempo, no supo qué responder.

            Ahora, de vez en cuando Jaime intercambia con la monja algunos mensajes por what’s up y en uno de ellos se atrevió a confesarle todo lo que pasó por su mente mientras estuvo en el convento.