almeida – 2 de Julio de 2015.

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Ya había pasado de los setenta, pero llegó fresco al albergue, se le veía muy bien preparado no solo físicamente, también mentalmente, estaba muy bien preparado, se notaba enseguida que era uno de esos peregrinos añejos que sabe en todo momento cómo debe comportarse.

            Su trato era afable y se resistía a que retirara su mochila de los hombros, según manifestaba, se encontraba bien y podía hacerlo él solo y para no herir su sensibilidad, dejé que lo hiciera, a pesar que cuando los peregrinos pasan de los sesenta, me gusta ayudarles a desprenderse de la mochila que después de tantos kilómetros se llega a convertir en una parte más de su cuerpo.

            Era metódico en todo lo que hacía, primero descansar unos minutos y tomar agua para hidratarse, después a ordenar las cosas en la litera que se le había asignado y tras una reconfortante ducha, lavó las prendas que había utilizado esa jornada y de forma ordenada las fue tendiendo en la cuerda que había para que se secaran.

            Tras un descanso en el que recuperó todas las fuerzas que había ido dejando en los kilómetros de esa jornada, estuvo departiendo en el patio con los demás peregrinos. Comentaban esas anécdotas que cada uno había tenido en la etapa y, como suele ocurrir, cuando más de dos peregrinos se reúnen, disfrutaban hablando del Camino, no solo del que ahora estaban recorriendo, también los más veteranos como él, de lo que les había aportado esos otros caminos que se conservaban frescos en la memoria.

            Cuando llegó la hora en la que ya no esperaba que llegara nadie más, me dispuse a preparar la cena comunitaria que hacía todas las noches para los que se encontraban en el albergue.

            El sofrito del ajo, la cebolla, los pimientos  y alguna que otra verdura más y las proteínas que ese día llevaba la cena, cuando comenzaron a crepitar en la cazuela adquiriendo ese tono dorado que el calor proporciona a todos los alimentos, el aroma se fue esparciendo no solo por la cocina del albergue, enseguida inundó todas las estancias y salió hasta el patio en el que se encontraban conversando los peregrinos,

            Vicente, que así se llamaba el peregrino, al sentir el aroma de lo que iba a ser la cena, dejó a los que se encontraban con él y se adentró hasta la cocina.

            -¿En qué te puedo ayudar? -me dijo.

            -En nada – le respondí – esta es una tarea del hospitalero y los peregrinos lo que tienen que hacer es descansar, vosotros ya habéis hecho vuestro trabajo y ahora me toca hacer el mío.

            -¡Pero, me encuentro descansado y no me importa ayudarte, es más, lo prefiero! – dijo Vicente.

            -De verdad que no, te lo agradezco, pero esto es una tarea casi mecánica que la hago todos los días y no me cuesta hacerlo.

            Regresó de nuevo al patio y continuó explicando a los más jóvenes sus andanzas en el Camino que lo había descubierto por primera vez cuarenta años antes.

            Cuando los peregrinos se sentaron en la mesa, como me imaginaba, fue Vicente el que llevaba la voz cantante o quizá, los demás se mantenían en silencio deseando escuchar las aventuras que éste contaba que estaban cargadas de anécdotas y se mantenían muy frescas en su mente.

            Resultó una velada especial, de esas en las que en la sobremesa saco unas botellas de licor para que los peregrinos se sientan más cómodos y prolonguen todo el tiempo que deseen la sobremesa.

            Por la mañana, cuando me levanté a preparar el desayuno, los peregrinos ya se encontraban unos guardando sus cosas en las mochilas y otros en los aseos preparándose para una nueva jornada.

            No hizo falta que los llamara para que fueran accediendo a la cocina, el aroma que desprendía el café y el pan que se estaba dorando en la plancha, fue la mejor invitación para que todos se dieran un poco más de prisa en lo que estaban haciendo para ir cuento antes a coger las energías que iban a necesitar esa jornada.

            Como era de esperar, fue Vicente el primero que había realizado todos los preparativos y accedió a la cocina antes que los demás. Tras darme los buenos días, se dirigió a una de las sillas que estaban alrededor de la mesa con la intención de sentarse para desayunar, pero al verle, mirándole le dije:

            -¡A ver peregrino, vigílame las tostadas, vete poniendo las servilletas y los cubiertos en la mesa, saca del cajón una cucharilla para cada uno y de la nevera, coge la mermelada y la mantequilla y la pones encima de la mesa!

            Vicente se apresuró solícito a hacer todo lo que le estaba diciendo aunque se sentía un tanto contrariado porque la anterior vez que se ofreció a hacerlo le dije que no hacía falta.

            Ni qué decir tiene, que la mesa estaba mejor puesta y distribuida que los días anteriores que casi no daba abasto para poner sobre ella el abundante desayuno que preparaba cada jornada.

            Lo curioso de esta situación y el cambio que se había producido en pocas horas para aplicar un criterio diferente al que tuve cuando llegó, fue que durante la cena, cuando hablábamos sobre el Camino y cómo lo habíamos recorrido cada uno, Vicente, nos confesó que él lo había realizado varias veces a caballo, la primera cuando era oficial del ejército, ahora se encontraba ya retirado con el grado de general y para un humilde hospitalero, aquello de dar órdenes por una vez en su vida a un general, era una oportunidad que no podía ni quería dejar pasar, aunque solo fuera por el morbo de saber qué es lo que se siente mandando.