almeida – 4 de julio de 2915.

desayuno

            Muchas veces, me he planteado la misma pregunta, ¿sirvo realmente para hacer esto?, tampoco es una cosa que me preocupe demasiado porque disfruto con lo que estoy haciendo, pero la duda, siempre ha estado presente.

            Cuando tuve que plantearme el Camino de otra manera por las lesiones que estaban desgastando de una manera importante mis rodillas, en una ocasión estuve una tarde con una hospitalera para ver el Camino desde el punto de vista de quien da la hospitalidad y Rosa que así se llama mi madrina, después de escucharme durante la mayor parte de la tarde, me dijo que sería un buen hospitalero.

            Pensé que era un cumplido porque nunca me lo había planteado y desde ese momento, comencé a tomarlo en consideración. Pero me conozco mejor de lo que nadie me conoce y era consciente que no serviría para realizar esta labor. Es muy complicado aguantar a todo tipo de peregrinos que llegan al albergue, hay que tener un talante especial del que yo estaba seguro de carecer y además, las labores de limpieza del albergue no eran lo que más me entusiasmaba, por eso no le di mucha importancia a aquellas palabras.

            Pero, son de esas cosas que no suelen caer en saco roto y de vez en cuando volvían a mi mente. ¿Qué podía perder por probarlo?, ya tenía limitadas las grandes distancias, pero echaba de menos el contacto con el Camino y los albergues eran una de las formas de mantener viva esa ilusión de sentirte en el Camino.

            Decidí hacer el cursillo de hospitalero voluntario, al fin y al cabo, era algo voluntario y como la propia palabra dice, podía ir cuando quisiera y antes de decir que algo no me gusta, siempre me ha gustado probar si era verdad o no.

            La primera experiencia de hospitalero, he de decir que fue muy intensa, pero sumamente gratificante, no había un solo minuto desde que me levantaba que no disfrutara con lo que estaba haciendo y sobre todo con las aportaciones que los peregrinos me hacían cuando compartían sus sensaciones y experiencias conmigo.

            Repetí al año siguiente en un lugar diferente y menos concurrido y a pesar de contar solo con un puñado de peregrinos durante la quincena que estuve en el albergue, no dejó de ser menos gratificante.

            Ahora, cada vez que disponía de días libres ya no soñaba con el Camino, bueno mejor dicho seguía soñando con él pero desde el lado de la hospitalidad en lugar de recorrerlo peregrinando.

            Los diferentes lugares en los que he estado de hospitalero, han sido siempre especiales de los que guardo un grato recuerdo porque me han aportado muchas más cosas de las que yo he podido dar.

            Pero, de vez en cuando, la pregunta siempre volvía a mi mente ¿sirvo realmente para esto? Una cosa es la valoración que yo pueda hacer de mi estancia en un albergue y otra muy distinta la sensación que se pueden llevar los peregrinos.

            Además, durante este tiempo, he conocido a verdaderos hospitaleros con una vocación y un servicio del que me sigo sintiendo incapaz de transmitir como lo llegan a hacer ellos.

            Creo que en la vida, siempre hay ese momento de inflexión que nos da la respuesta a muchas de las preguntas que nos hacemos en la vida y hace pocos días me llegó esta respuesta y me di cuenta que sí servía para lo que estaba haciendo.

            Un día, llegó hasta el albergue en el que me encontraba, en mi santuario particular, un peregrino que nada más verlo se percibía que caminaba con lo mínimo. Era un joven que por no llevar, no tenía ni botas, a pesar de encontrarnos en los últimos días de invierno, caminaba con unas sandalias abiertas por las que se introducía todo tipo de piedrillas del camino y los días que llovía, se veía bastante limitado ya que en los sitios embarrados no podía caminar sin mojarse los pies.

            Llevaba para comer un sobre de lonchas de pavo que racionaba con mimo para alargar en lo posible el contenido y cuando introducía una en su boca, se deleitaba saboreándola un buen rato.

            Cuando le puse la cena, se sirvió un abundante plato de lentejas, las saboreaba como quien lleva mucho tiempo sin comer algo caliente y las ingirió en un abrir y cerrar de ojos. Le dije que repitiera y fue reacio a servirse un segundo plato, pero una vez que lo hizo, lo comió y se sirvió uno más.

            Me aseguraba que no había comido desde hacía mucho tiempo algo tan rico como lo que le había preparado y cada una de las muestras que me daba eran de agradecimiento por la hospitalidad y la acogida inesperada que estaba teniendo.

            Sabía que ese día que solo se encontraba él en el albergue, la caja de los donativos no iba a recibir ninguna sorpresa, pero que importaba, yo me encontraba allí para hacer agradable la estancia a los peregrinos y aunque el funcionamiento del albergue dependía de la voluntad de los peregrinos, ese día no llegué ni a considerarlo porque estaba seguro que lo que el peregrino pudiera disponer, lo iba a necesitar más para su camino que para el mantenimiento de la acogida que dábamos en el albergue.

            A la mañana siguiente, cuando el peregrino se despertó, había sobre la mesa el mejor desayuno que hasta entonces había puesto y seguramente pondría durante el largo tiempo que iba a estar allí (tostadas, mantequilla, mermelada, zumo, café, madalenas, galletas,….). Un desayuno propio de un rey.

            Al ver aquella mesa, me di cuenta que sí servía para esto, porque tenía muy claro en ese momento para lo que me encontraba allí. Viendo la expresión de alegría y de felicidad del peregrino, supe que al valorar lo que realmente importa en la hospitalidad, seguramente no me volverá a hacer la misma pregunta.

            Ese día, no mire la caja de los donativos, no me interesaba, esperé a los días siguientes y cuando hubieron pasado varios peregrinos, extraje de ella lo que había con el convencimiento que aquel peregrino también había contribuido, a su manera, en el mantenimiento del albergue que estaba tratando de mantener.