almeida – 30 de enero de 2015.

fisterra

María, era una peregrina muy joven, apenas había superado los veinte años, pero era una luchadora muy tenaz y no conocía la palabra

imposible ya que cuando se proponía algo no cesaba hasta que lo conseguía.

 

Había terminado sus estudios y se dedicaba a lo que siempre la había apasionado, la enseñanza, era feliz pudiendo modelar esas mentes vírgenes que saben asimilarlo todo y ella quería que se llenaran de las buenas enseñanzas que trataba de transmitirles.

Su afán de superación, la había llevado al equipo olímpico de su país, Australia, era consciente que para conseguir las cosas difíciles es necesario dar lo mejor de uno mismo y superarse cada día, por eso cuando consiguió ver cumplido otro de sus sueños, su felicidad y su gozo eran completos.

Desde muy pequeña le habían enseñado a mantener unas profundas creencias religiosas y siempre había tenido una devoción importante a los hombres y mueres que el cristianismo había aportado a lo largo de los siglos, sentía veneración por la vida y milagros de estas personas que vivieron y a veces murieron por defender la religión que profesaban.

Se sentía feliz ya que a pesar de la juventud que tenía la vida le estaba aportando tantas cosas que no podía por menos de dar gracias cada día por lo que estaba recibiendo de manera tan generosa.

Tenía un amigo de la infancia a la que le unía una gran amistad y aunque no me lo llegó a decir, me imagino que también había mucho cariño y afecto en aquella relación, su nombre era John y cada vez que lo mencionaba, me daba la sensación que un velo húmedo cubría sus ojos.

Un día, John, no se encontraba bien y se sometió a un chequeo medico, el resultado fue descorazonador, le habían detectado un tumor en la cabeza y por las primeras impresiones que tenían no esperaban nada bueno, no obstante era necesario operarle para ratificar las conclusiones de los análisis.

Cuando le operaron, comprobaron que el tumor era maligno y extirparon todo lo que pudieron de la zona afectada, ahora era preciso esperar y ver si el tiempo y las sesiones a las que iban a someter a John, daban el resultado que los médicos esperaban y se producía ese desenlace tan deseado por todos.

Pero Maria, cada vez que iba al hospital a ver a su compañero salía con una depresión muy profunda, se sentía inútil por no poder hacer nada, pero ella estaba convencida que tenía que haber algo que ayudara a su amigo o al menos le aliviara ya que a pesar de tratar de mantenerse fuerte, cada vez que recibía la visita de Maria, él también se venía abajo pensando que iba a dejar este mundo sin haber podido disfrutar de él y eran tantos los sueños que se iban a ver cercenados que no podía contener esa emoción que se le escapaba a pesar de que era lo que menos deseaba, que María viera el estado emocional en el que se encontraba.

Las amigas de María que se habían percatado de la desmotivación que se estaba adueñando de su amiga ya que desde que se supo la noticia de John, se había recluido y apenas salía de casa nada mas que para ir al hospital, un día fueron a buscarla con la intención de salir como hacían antes a dar una vuelta por el centro de la ciudad y al menos hacerla olvidarse durante unas horas de lo que le estaba angustiando.

A pesar de las reticencias iniciales de Maria, sus amigas supieron ser muy convincentes y cumplieron su objetivo, aunque María seguía pensando que no era una buena idea ya que lo único que iba a conseguir era entristecerlas también a ellas.

Se fueron a una sala multicines en la que proyectaban varias películas y como nadie se ponía de acuerdo en cuál debían ver, decidieron que fuera Maria la que eligiera. Ella levantó la vista viendo las cartelera de las ocho o diez proyecciones que había y se fijó en una foto que llamó la atención, era un paisaje muy bonito y se veía a una persona como meditando sobre algo que no lograba ver bien.

-Esa – dijo María señalando el cartel anunciador de The Way.

Tras el visionado de la película, cuando estuvieron en la calle, comenzaron los comentarios sobre lo que le había parecido a cada una y éstos fueron muy dispares, desde quienes les había gustado a quienes les había parecido un bodrio sin ningún sentido ya que ir caminando durante tantos días no tenia ningún aliciente para ellas.

-¿Y a ti que te ha parecido? – dijo una de las amigas dirigiéndose a María.

-Eso es, es la respuesta – murmuro ella.

-La respuesta a qué – pregunto otra.

-La que estaba buscando – afirmó María – Cuando voy al hospital a ver a John, me desespero porque no sé que puedo hacer para aliviarle y sé que hay alguna cosa que yo pueda hacer para que se encuentre mejor, le he dado muchas vueltas, pero no encontraba esa respuesta y la he visto en la película, si un padre es capaz de encontrar consuelo recorriendo ese camino que su hijo quería hacer quizá yo también encuentre lo mismo y pueda transmitírselo a John.

Todas pensaban que estaba hablado en broma, no habían oído hablar de aquel camino y algunas incluso no ubicaban el lugar donde debía encontrarse, tenia que ser muy lejos y era una utopía pensar en hacer lo mismo que el protagonista de la película.

Pero quienes conocían a Maria sabían que ésta no podía quedarse sin hacer nada y ya había tomado su decisión, algo en su interior le decía que eso era lo que debía hacer y nada más llegar a su casa fue buscando información de lo que hasta unas horas antes era algo completamente desconocido para ella.

Vio que había varios caminos que podía seguir y todos confluían en Santiago de Compostela, en el extremo noroeste de España, pero todos partían de diferentes lugares, por lo que fue mirando los vuelos que mejor le podían resultar por precio y periodicidad y vio que el que mejor se adaptaba a sus posibilidades era uno que conectaba las ciudades de Sydney y Lisboa.

Conocía la capital lusa por una de las veces que tuvo que competir con su equipo y le había gustado no solo la ciudad, también una visita que hizo a la virgen de Fátima consiguió conmoverla. Saldría desde Fátima y llegaría hasta Santiago, era lo menos que podía hacer por su compañero y también por ella.

Solo comunicó su aventura a las personas mas allegadas, John que la conocía más que nadie, sabía que nada de lo que pudiera decirle la iba a hacer cambiar de idea cuando la decisión ya estaba tomada, por lo que le deseó buen viaje y le dijo que todos los días rezaría por ella.

Guardó en su mochila todo lo que pensaba que podía necesitar y tomó el avión con destino a Lisboa, una vez allí se dirigió a una asociación de amigos del Camino de Santiago y cuando le entregaron la credencial, fueron a cumplimentarla con los datos que debía poner en ella.

-¿Nombre?

-María – dijo ella quedándose pensativa al responder y añadió – John, Maria John

-¿Apellidos?

-Ahora sin dudarlo, dio su apellido y el de John.

De esa forma, seria el camino de los dos, estaba segura que su compañero estaba sintiendo este camino que ella estaba recorriendo por los dos.

Todos los días, cuando terminaba su ornada, por mail, se ponía en contacto con John interesándose por la evolución que estaba teniendo. Según iban pasando los días, a pesar que la evolución de su compañero no experimentaba ninguna mejoría, ella sentía que con el gesto que estaba haciendo, estaba influyendo en su alma ya que le encontraba cada vez más animado, también ella estaba encontrando esa paz que estaba búscanos y de nuevo volvía a sentirse útil para los demás.

Estaba convencida que su decisión había sido la más acertada y el alivio que estaba sintiendo, también era el que John le transmitía, los dos necesitaban esa paz que les estaba proporcionando el camino, a pesar que eran conscientes de la gravedad de la situación y de que quizá el problema no se solucionara y el desenlace fuera el que les habían vaticinado, ahora los dos lo afrontaban de una forma diferente, ya no le tenían miedo, sabían que cuando llegara lo mirarían de frente y ella podría superar lo que antes no pensaba que sería capaz de hacer.

Los días que estuvo caminando, María en ocasiones caminaba sola y otras lo hacía junto a otras personas de las cuales llegó a aprender muchas cosas, sobre todo a saber aceptar que a veces las cosas no son como deseamos, pero son pruebas que debemos superar porque de ellas también extraemos consecuencias positivas que luego podemos aplicar a los demás.

Cuando ya estaban a punto de llegar a su destino, María deseaba que el camino finalizara cuanto antes para volver al lado de John, aunque por otra parte se sentía tan a gusto allí que no le hubiera molestado que se prolongara unos días más.

No comentó a nadie los motivos que la habían llevado hasta allí, pero intimó con una peregrina que también estaba realizando el camino por una promesa y cuando llegara a Santiago, continuaría unos días más hasta Fisterra ya que allí donde el mundo se acaba, como hacían los antiguos peregrinos quería quemar una serie de recuerdos para que el fuego se encargara de purificarlos.

Aquella idea de la purificación le gustó a María y se interesó por ese nuevo camino, cada vez estaba más convencida de hacerlo, seguiría en compañía de su nueva amiga y con ella llegaría hasta este lugar y también purificaría algunas cosas quemándolas en el faro del fin del mundo.

Cuando la conocí, quedaban aun dos o tres horas de sol y Maria al terminar de contarme su historia, me dijo que ahora se proponía realizar ese ultimo deseo que era purificar lo que le había acompañado durante los últimos días mientras el sol se iba ocultando siendo absorbido por la línea del horizonte.

-¿Y que es lo que vas a quemar si se puede saber? – le pregunte.

-Quemaré la credencial con la que John y yo hemos realizado este camino, así como los dos certificados que me han dado por hacer la peregrinación, el que me entregaron en Santiago y el que me acaban de dar ahora mismos.

-Pero para todos los peregrinos, la Compostela, la Fisterrana y sobre todo la credencial con los sellos es el principal recuerdo que llevan del camino, no comprendo como quieres quemarlo y no mostrarlo en tu país o enseñárselo o regalárselo a tu compañero – le dije.

-Ese recuerdo, no es necesario que esté en ningún papel, lo llevo aquí – dijo llevando sus manos al costado izquierdo de su pecho – de ahí, no se va a ir nunca, aunque queme estos papeles que dicen lo que he hecho, mi corazón sabrá siempre que lo he hecho.

Le dije que me había parecido una historia preciosa y la acompañe a la puerta del albergue, ya solo le quedaban tres kilómetros para llegar a purificar esos recuerdos que tan importantes eran para ella y estoy seguro que en el otro lado del mundo, el fuego que se consumía en Fisterra, también estaba purificando a John.