almeida – 19 de enero de 2016.

Caparra arco

            Cuando ya casi percibía la silueta de Caparra, ese mítico enclave con el que sueñan los peregrinos plateros cuando comienzan su camino. Observé cómo un coche se acercaba al camino y se detenía al borde del mismo. De él descendieron cuatro personas, una mujer que rondaría los setenta años acompañada de dos mujeres y un hombre más jóvenes.

            No eran peregrinos, vestían ropa de calle y no portaban ninguno de los elementos característicos que identifican a los peregrinos, solo creí percibir que la mujer más mayor llevaba algo en sus manos, pero al encontrarme tan lejos, no pude distinguir lo que era.

            Comenzaron a caminar por el sendero, la mujer de más edad iba delante y a un metro escaso la seguían las otras tres personas. Yo me encontraba detrás de ellos a más de cien metros y me fui fijando en esta extraña y a la vez triste comitiva que daba la impresión de encontrarse fuera de lugar ya que era una visión que nunca imaginé que presenciaría en aquel camino.

            Fue tanto el interés que despertaron en mí, que llegué a perderme esa primera visión del arco cuadriforme, pero no podía apartar mi vista de aquellas extrañas personas.

            Cuando por fin me acerqué hasta el arco, ellos ya se encontraban en el, se habían colocado de pie cada uno al lado de uno de los pilares del arco y en el medio pude distinguir una urna de cerámica. Ellos estaban santiguándose y pude escuchar según me acercaba cómo rezaban o mejor dicho quizá murmuraban una oración que una vez hubieron finalizado volvieron a hacer la señal de la cruz llevando la mano derecha a su cuerpo.

            Quitaron la tapadera a la urna y cada uno de ellos introdujo la mano en su interior sacándola llena de ceniza que fueron dejando alrededor de la base del arco en la que habían rezado, finalmente, la mujer de más edad, tomó la vasija y fue derramando en el centro del arco las cenizas que todavía seguían en ella y cuando finalizó miró al cielo emitiendo un profundo y sentido suspiro.

            Me interesé por aquel ritual que había presenciado, y el hombre me comentó que habían esparcido allí las cenizas de su padre que había fallecido unos días antes.

            Según me dijo, su padre que se llamaba Manuel, desde hacía muchos años soñaba con el camino, era un objetivo que por motivos laborales tuvo que ir posponiendo hasta que vio cerca la jubilación y entonces se propuso realizarlo cuando llegara ese día. Pero los caprichos del destino a veces resultan inexplicables y muy injustos y unos meses antes de esa soñada fecha, la mitad de su cuerpo se murió. Una trombosis le dejó paralizado más de la mitad del mismo.

            Pero Manuel no era de los que se rendían ante las adversidades y a pesar de su gran minusvalía, se propuso en contra del sentido común y de todos los consejos que le daban los que le querían, intentar ver cumplido su sueño.

            Casi arrastrándose por el camino, consiguió después de muchos meses llegar a Santiago. Su fe le había permitido conseguirlo y la admiración por su esfuerzo fue pasando de boca en boca y hasta los más escépticos y esos que se mostraban inicialmente contrarios a su proyecto, ahora le aplaudían por haber logrado su sueño.

            Ahora Manuel a pesar de su desgracia, era feliz, ya había hecho todo lo que tenía pendiente y pensó que ya podía morir tranquilo, porque sabía que cuando su corazón dejara de latir, su alma se convertiría en esa estrella que él siguió cuando hacía el camino y llegaría a brillar como ella.

            Cuando le preguntaban por su aventura, solía hablar del camino, pero sobre todo hablaba de Caparra. El arco le cautivó cuando pasó bajo sus piedras y allí permaneció varias horas contemplándolo.

            Por ese entusiasmo con el que hablaba de este lugar, su familia había querido que sus restos descansaran en aquel lugar, de esa forma el espíritu de Manuel, permanecería siempre allí para que los peregrinos lograran sentir ese impulso que Manuel les da para que sigan adelante.

            Aquellos que escuchen esta historia, en esos momentos de duda y desanimo cuando las fuerzas comienzan a fallar y no pueden dar ni un paso más, solo tienen que pensar en Manuel y su recuerdo le dará el impulso necesario para que como él, consiga superar todas las adversidades.