almeida – 11 de septiembre de 2014.

Lo mismo que los peregrinos aprenden cada día de lo que el Camino va mostrándoles, he de confesar que yo también he aprendido mucho mientras

he estado en Santuario. Hasta ese momento, además de la experiencia que tenía como peregrino, mi experiencia como hospitalero era extensa ya que siempre he procurado ir a aquellos albergues en los que yo quería estar, esos lugares para mí especiales que me podían aportar todo aquello que necesitaba, pero me he dado cuenta de la diferencia de Santuario sobre los demás lugares, porque la humildad que allí se consigue respirar en cada uno de los rincones es diferente a la que podemos encontrar en el resto de los sitios.

 

Los peregrinos que llegaban cada día, estoy convencido, aunque ellos no lo supieran, estaban predestinados a llegar a aquel lugar, era su destino y no podían evitarlo. Muchos de esos peregrinos me han contado historias maravillosas y a veces muy diferentes, pero la mayoría de ellas tenían algo en común, para muchos de los que me las contaban, el Camino se había convertido en su última esperanza, iban a ese Camino confiando que lo que habían escuchado de él les ayudaría a cambiar la situación que tenían antes de comenzarlo.

En todas las historias que escuché, apenas vi muestras de amargura, a pesar que algunas eran situaciones terribles, que cuando me ponía en la piel de quienes me las contaban, dudaba que yo pudiera tener el mismo comportamiento si me encontrara en su situación, pero vi que la humildad era el factor común que a todos les unía ya que estaban consiguiendo encontrar ese consuelo o esa esperanza que esperaban que el Camino pudiera aportarles.

Nadie llegó a desentonar en aquel sitio, todos tenían muchas cosas en común a pesar de ser tan diferentes, únicamente en dos ocasiones, un peregrino que no sabía escuchar y una pareja que querían ver las instalaciones antes de decidir quedarse, comprendí que aquel no era su sitio, pero no hubo que decirles nada porque fueron ellos los que se marcharon.

Casi siempre afirmaba que allí se encontraban los que tenían que estar, quien no tuviera que estar en ese lugar, seguro que no se desviarían del Camino para acercarse hasta allí y si lo hacían, como estos dos casos, al comprobar que no era su sitio acabarían alejándose de él.

También creo ahora que para mí fue la última esperanza, aunque en mi estancia en los albergues disfrutaba mucho con las personas que llegaban hasta donde yo me encontraba, sé que a partir de ahora va a ser diferente pues he llegado a conocer esa hospitalidad que un día supieron dar aquellas personas que impregnaron con sus acciones el Camino.

Pensaba que esto se había perdido y que el materialismo que cada vez imperaba más en esta ruta milenaria nunca nos permitiría volver a verlo, pero han bastado solo quince días para que me dé cuenta de lo equivocado que estaba, a veces una isla en medio de un gran océano puede ser una tabla de salvación, si sabemos cómo llegar a ella sin desviarnos mucho del camino más recto.

De ahora en adelante, siempre que me encuentre en cualquier lugar del Camino, intentaré llevar aquella tabla de salvación que un día me encontré a aquellos lugares en los que esté a partir de ahora.