almeida – 16 de mayo de 2014.

Esteban venía caminando desde la misma puerta de su casa. Vivía en uno de los pueblos marítimos de la costa Vasca y en lugar de seguir el camino que por el norte entra en tierras gallegas por Ribadeo, decidió realizar el camino francés. Quizá sus pulmones se encontraran ya saturados de salitre y en sus huesos se había instalado la humedad de la mar, por eso deseaba el calor y la sequedad del aire que se respira en las tierras castellanas.

Caminó por el sendero Vasco del interior, donde, tras superar las altas cumbres de los montes vascos a través del túnel que hizo que el emperador se viera obligado a inclinar su cabeza, llegó a la llanada alavesa para confluir en la ciudad del santo caminero con esa importante arteria del camino que siguen los peregrinos francos para llegar a Santiago.

Esa primera semana que llevaba caminando para Esteban supuso la soledad más absoluta, no se llegó a cruzar con ningún peregrino y cuando llegaba a los albergues, allí donde los había, en más de una ocasión añoró poder estar con alguien y compartir esas sensaciones que estaba teniendo cada día que pasaba en el camino.

Él ya había recorrido en más ocasiones este sendero mágico, pero nunca se había sentido tan solo como aquellos días, por eso, cuando llegó a la gran arteria del Camino, al ver la avalancha de peregrinos, se sintió un poco agobiado hasta que se fue habituando a la nueva situación en la que se encontraba.

Al principio, le agradaba verse rodeado por tanta gente, aunque sabía que sería una sensación momentánea, ya que pronto acabaría por cansarse del stress que producía aquella masiva afluencia de peregrinos.

Pero Esteban se encontraba feliz. Para él, el Camino suponía una válvula de escape que necesitaba abrir cada año para aliviar la presión que se acumulaba en su interior y en esa ocasión la presión era todavía mayor que en años anteriores; por eso necesitaba más que nunca el contacto con el camino.

Esteban, por tradición familiar, desde muy joven, cuando dejó la escuela primaria, se enroló en uno de los barcos pesqueros que había en la flota de su pueblo. El trabajo era duro, pero también Esteban era un hombre duro y pronto se acostumbró a la vida de la mar.

Lo que le resultó más duro, fueron aquellas campañas en las que salían del puerto y no regresaban hasta que las bodegas del barco se encontraban repletas con las capturas que habían conseguido.

Fue entonces cuando comenzó a tener los primeros contactos con el Camino. Al principio fueron escapadas de una semana, necesitaba sentir ese aroma seco que produce el aire de Castilla en los meses de verano, cuando al introducirse en sus pulmones los iba secando de la humedad que había allí concentrada. Luego fue alargando sus salidas hasta que consiguió en una ocasión disponer de un mes completo y recorrió entero el Camino encontrándose feliz y satisfecho cuando llegó a Santiago.

Pasó veinte años navegando, llegó a pensar que ya se había acostumbrado a aquella vida, pero cada vez le resultaba más difícil cuando tenía que abandonar el puerto y se fue dando cuenta que no quería salir a la mar, tenía necesidad de pisar tierra firme y olvidarse de las galernas que cada temporada le tocaba afrontar.

Fue pensando cambiar de trabajo, pero no sabía hacer otra cosa, su vida estaba ligada a la mar y aunque le surgiera otro trabajo, en ocasiones dudaba que pudiera desarrollarlo y, sobre todo, no estaba seguro de sentirse feliz si no tenía la mar cerca, era una de esas sensaciones contradictorias de amor y odio que a veces no pueden sobrevivir la una sin la otra.

Quiso la fortuna que un día alguien, que conocía sus deseos, le ofreciera un nuevo trabajo, no era tan duro como el que estaba realizando y le permitiría seguir vinculado a la mar. Se trataba de permanecer en la bocana del puerto y en la ría, estaría en un pequeño barco y se dedicaría a limpiar los residuos que se acumulaban en la ría por la dejadez de la gente que utilizaba este lugar como vertedero natural y también los grandes barcos que al limpiar sus bodegas, cuando no eran observados, arrojaban los residuos por la borda.

Aquel trabajo, si cubría las expectativas y las necesidades de Esteban, que lo acogió con agrado; y como podía planificar su tiempo, le daba la libertad que él necesitaba y que antes apenas había tenido; por eso comenzaba a sentirse feliz.

Pero no siempre las cosas son tan sencillas, a veces, donde menos se espera, surgen las complicaciones y también Esteban tuvo que enfrentarse a ellas cuando más a gusto y feliz se encontraba.

De los nuevos cambios que se produjeron en el puerto, uno fue el nombramiento de un nuevo supervisor de los trabajos de limpieza de la ría. Era una persona más joven que Esteban, para quien su único objetivo era hacer los meritos necesarios para ir accediendo a puestos más relevantes y de mayor responsabilidad dentro de la empresa.

Además de no importarle los métodos que empleaba para conseguir la sumisión  de las personas que se encontraban a su cargo, le molestaba excesivamente que alguien manifestara su alegría mientras estaba haciendo su trabajo.

Por eso, fue centrando toda su frustración y su ira en Esteban, que parecía muy feliz con lo que estaba haciendo, se interesó en cada cosa que este hacía y fue sacando punta a cada una de sus acciones, convirtiendo cada una de sus decisiones en un acoso constante hacia su subordinado.

Esteban estaba convencido que su superior lo que estaba buscando era llevarle a ese punto en el que perdiera sus papeles y tuviera una reacción de la que se lamentaría para siempre. Pero Esteban tenía suficiente experiencia como para saber aguantar los improperios de quien con la fuerza, quería cargarse de razones; y no le dio ningún motivo del que Esteban tuviera que arrepentirse nada más haberlo hecho, además, era un hombre muy bueno y una persona como él nunca se dejaría llevar por un momento de ira.

Pero los días se hacían cada vez más duros, ya en algunas ocasiones hasta le costaba subirse a la pequeña embarcación y arrancar el motor para dirigirse a su trabajo, solo pensaba dónde estaría el impresentable que le estaba complicando la vida y cuál sería el motivo o la excusa que buscaría ese día para llamarle la atención y sacarle una vez más de sus casillas.

Así, con esa angustia constante, iba pasando los días. Ahora, lo único en lo que Esteban pensaba era que llegara ese día que por fin pudiera coger esas merecidas vacaciones que le permitieran volver al Camino, sabía que en el momento que sus pies lo pisaran, se abriría esa válvula de escape que aliviaría toda la presión que se había ido acumulando en su cuerpo.

Ahora solo deseaba que el Camino le permitiera cargarse de esa energía positiva que necesitaba para que al volver pudiera soportar una temporada más a una de esas personas que son muy infelices cuando observan la felicidad de los demás.