almeida –5 de marzo de 2015.

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Es algo que resulta inevitable, cuando dos a más peregrinos están alrededor de una mesa, siempre el manido tema del camino, es la conversación que siempre surge y en la que todos de una forma u otra suelen participar a veces incluso con mucho énfasis en los planteamientos que exponen.

                Generalmente, uno de los temas que no se suele pasar por alto en estas tertulias es el que concierne al derecho del peregrino a utilizar el albergue, mejor dicho a quién es el peregrino que tiene más derecho a ser acogido en un albergue.

                Suele haber coincidencia en que los peregrinos a pie y que recorren muchos kilómetros son los que más preferencia tienen, pero el problema surge cuando la pregunta suele ser al revés y se cuestiona a qué peregrinos no se les permitiría el acceso a un albergue cuando el camino se encuentra saturado y frecuentemente las plazas que hay en muchos albergues son insuficientes para acoger a todos.

                Todavía hay quienes piensan que los ciclistas son unos peregrinos de segunda división y el tratamiento que merecen, tiene que ser especial, horarios diferentes, controlar la distancia recorrida, etc. He de confesar que hace mucho tiempo, yo pensaba algo parecido, pero afortunadamente he ido evolucionando.

                También se descarta por principio los que van con coches de apoyo, bien sea de forma individual o lo hagan en grupo, esos, dicen algunos, no son peregrinos, no sienten el camino y por consiguiente no se merecen una litera en los albergues.

                Están los que recorren distancias muy pequeñas, sin saber el motivo por el que hacen estas etapas tan cortas, o los que llegan en autobús y se les ve como descienden de él o los que transportan la mochila por otros medios que no sea su esfuerzo personal.

                En fin, hay muchas formas de hacer el camino además de las que he expuesto y creo que todos coincidiríamos en lo que haríamos en estos casos que alguien de los descritos llegara al albergue en el que nos encontramos.

                Confieso, que yo ya no participo en estas conversaciones ya que me he encontrado con varias situaciones de las que he descrito anteriormente y a todos les he dado acogida, eso sí después de conversar con ellos y comprobar que el camino que estaban realizando lo hacían en unas condiciones ante las que era incapaz de objetar nada, ya que las historias de cada uno solo ellos las conocen y cuando las comparten, no te queda más remedio de descubrirte ante su esfuerzo y valorar el mérito de lo que están haciendo.

                Entonces, ¿Dónde está la vara de medir?, en qué lugar establecemos ese límite para tomar la decisión o no de acoger en el albergue a alguien que puede estar realizando el camino de una forma ventajosa respecto a los demás. Creo que en estos casos, lo mejor es aplicar el sentido común. Eso es algo que aprendí una vez de un veterano hospitalero y considero que es lo más justo y sobre todo lo que nos va a permitir sentirnos más satisfechos.

                Me contó una situación que se produjo en una ocasión en su albergue y que de alguna manera echaba por tierra todos estos prejuicios establecidos.

                Un día, se encontraba en el albergue que tenía a su cargo, era una época en la que pasaban pocos peregrinos por lo que no estaba habiendo problemas de saturación en los albergues, aunque todos los días llegaba algún peregrino.

                Estaba con un peregrino que había llegado en bicicleta, eran las tres de la tarde y no era habitual que los ciclistas terminaran tan pronto, pero ese día parece ser que el peregrino se encontraba cansado y había decidido realizar una etapa corta, ya recuperaría al día siguiente los kilómetros que no había hecho esa jornada.

                Una hora después llegó un peregrino que venía haciendo el camino con el impulso que le daban sus pies y como ya era tarde, no esperaban que llegara nadie más por lo que dispusieron que esa noche harían la cena únicamente para las tres personas que se encontraban en el albergue.

                Hacia las siete, un coche se detuvo a la entrada del albergue. Descendió el piloto y preguntó por el hospitalero.

                -Soy yo – le dijo – ¿en qué puedo ayudarle?

                -Mi jefe, me pregunta si pueden darle acogida en el albergue, sería únicamente para él, yo buscaré un hostal o una pensión en la que alojarme.

                -Por supuesto – respondió el hospitalero – puede pernoctar en el albergue, pero no solo él también hay sitio para usted, pueden quedarse los dos.

                El hombre volvió al coche y ayudó a la persona que estaba dentro a salir. Era un hombre mayor y por su aspecto parecía más que fatigado, enfermo, pero eso era algo que al hospitalero no le interesaba a no ser que el interesado se lo comentara.

                Se alojaron en el albergue y cenaron junto a los dos peregrinos y el hospitalero. No daba la sensación que hubiera nada que los separara ya que la conversación sobre el camino fue lo que predominó en aquella cena.

                Las dos personas que habían venido en el coche, se retiraron muy pronto a sus literas ya que según ellos se encontraban cansados y necesitaban descansar.

                Cuando los dos peregrinos y el hospitalero se quedaron solos en el comedor, el peregrino que había llegado en bicicleta comenzó a increpar al hospitalero por haberles dado acogida, ya que no era habitual que alguien que llegaba en coche encontrara acomodo en el albergue.

                El hospitalero apenas se inmutó con los reproches que le hacia el peregrino, únicamente se limitó a responder:

                -Era alguien que necesitaba hospitalidad y estamos aquí para dársela, no para juzgar a los que llegan, dejé de hacerlo desde el primer día que asumí esta tarea cuando me aconsejaban que diera un trato diferente a los que llegaban en bicicleta. Nunca lo he hecho y creo que seré incapaz de no acoger a quien me lo pide.

                El peregrino no insistió, tampoco tenía más argumentos que dar y era consciente que cada uno en su casa hace lo que quiere y recibe y acoge a las personas que considera que debe hacerlo.

                A la mañana siguiente, el hospitalero se levantó media hora antes que amaneciera para hacer el desayuno para los peregrinos que solían levantarse cuando salía el sol, pero nada más llegar a la cocina, detrás de él, bajó el peregrino ciclista.

                -Para los que venían en coche, no prepares desayuno, menudo jaleo han montado a las cinco de la mañana y se han marchado ya.

                El hospitalero no daba crédito a lo que estaba escuchando, pero al abrir la puerta de la calle vio que el coche ya no se encontraba donde lo habían dejado aparcado por la noche.

                ¿Me habré equivocado?, pensó el hospitalero, fue una idea que le vino a la cabeza, aunque enseguida la descartó, él había hecho lo que tenía que hacer y no tenía que darle más vueltas.

                -Seguro que no han dejado ni donativo – insistía el peregrino.

                -Eso es lo que menos me preocupa – respondió el hospitalero – yo no estoy aquí para eso. Lo que me preocupa es si les ha ocurrido algo.

                -Mejor, mira a ver si se han llevado alguna cosa – siguió insistiendo el peregrino.

                -Lo que hay en el albergue es de y para los peregrinos, o sea que si necesitaban algo y lo han cogido, es lo mismo que si lo hubiera necesitado cualquier otro peregrino al que no le hubiera puesto ni una sola objeción.

                -Pero esos no eran peregrinos, mira la caja de los donativos y te darás cuenta de ello.

                El viejo, siguió preparando el desayuno sin prestar atención a lo que el peregrino le decía, pero en su interior se estaba sintiendo incomodo, no por la actuación que podían haber tenido las personas que había acogido, sino porque comenzaba a pensar que su intuición le empezaba a fallar, no esperaba este comportamiento de dos personas que le habían causado buena impresión.

                Pensó que era una de esas anécdotas del camino de las que siempre se extrae algo positivo, aunque solo sea la lección aprendida.

                El peregrino seguía insistiendo en el mal comportamiento de las personas que habían recogido acogida y cuando se marchó, en lugar de depositar su donativo en la caja destinada a ello, la dejo encima de la mesa y animó al otro peregrino a que hiciera lo mismo, de esa forma el hospitalero, cuando abriera la caja y comprobara que se encontraba vacía, se daría cuenta que había sido engañado.

                Efectivamente, cuando los peregrinos se marcharon, abrió la caja de los donativos y se encontraba vacía, pero no se indignó por ello, únicamente lamento que el sentido común que aplicaba a las cosas y a las decisiones que hacía, por primera vez le había fallado.

                No le dio más importancia a este suceso, es más, casi se olvidó de él hasta que una semana después, aparco ante la puerta un coche que le resultaba familiar y cuando el conductor descendió del mismo, le reconoció enseguida, era el que acogió una semana antes y se marchó sin decir nada y sin contribuir al mantenimiento del albergue.

                -Buenos días – dijo el recién llegado – ¿se acuerda de mí?

                -Buenos días – respondió el hospitalero – claro que me acuerdo, estuvo hace una semana y se marcharon sin decir nada, me habían preocupado pensando que se habían encontrado mal.

                -Le traigo esta carta de mi jefe.

                El viejo tomo los dos sobres que el recién llegado le entregaba y una vez que estuvieron en su mano, el hombre volvió a montar en el coche y se marchó.

                El hospitalero, se sentó en un banco que había a la puerta del albergue y abrió uno de los sobres del que extrajo un folio que estaba escrito con una bonita caligrafía.

                Querido señor hospitalero:

En primer lugar, quiero agradecer su comportamiento hacia nosotros y disculparme por haberme marchado de la forma que lo hice sin tener la oportunidad de no haberle dicho personalmente lo que le estoy contando en esta nota.

Tengo una posición acomodada como podría ver cuando llegamos, pero ha sido a base de mi trabajo y esfuerzo ya que comencé sin nada y después de muchos sacrificios he conseguido la posición que disfruto en la actualidad.

Cuando comencé a mejorar socialmente, un día me propuse hacer el Camino de Santiago como un peregrino, quería llegar hasta Compostela con mi esfuerzo personal, como he hecho siempre.

Pero cada vez que lo planificaba, siempre surgía algún problema laboral que me lo impedía y tenía que posponerlo, lo que me creaba un problema de conciencia ya que la promesa que un día me hice, no la estaba cumpliendo.

Hace dos años, me detectaron un cáncer, se encontraba en un estado muy avanzado y aunque extirparon una parte de la zona afectada, la quimioterapia a la que me he sometido, no ha conseguido los efectos deseados, por lo que me queda muy poco tiempo de vida.

Ahora ya no podía demorar por más tiempo mi promesa, porque lo que me falta es tiempo y me he propuesto cumplirla, pero en las condiciones que me encuentro, no puedo hacer grandes recorridos ni cargar peso, por eso, uno de mis empleados se ha ofrecido a acompañarme con el coche y recogerme cada vez que no pudiera caminar más.

Pero lo que bajo ningún concepto quería perderme, era sentir la acogida que se da a los peregrinos en algunos albergues como el que usted tan bien regenta, esa era la mejor forma de sentirme como un verdadero peregrino y a pesar que en algunos lugares nos han negado la acogida y hemos tenido que ir a un hotel, no por ello hemos tratado de engañar a nadie y siempre hemos llegado a los albergues con el coche, para que vieran como llegábamos cuando yo no podía hacerlo por mi propio pie.

He de confesarle que me he encontrado muy a gusto en su albergue, realmente ese día disfruté como un peregrino ya que me sentí como tal, pero a las cuatro de la mañana, como ya me habían advertido, comencé a sentirme muy mal y me habían aconsejado que en estos casos me fuera inmediatamente al hospital más cercano para que me atendieran.

Como era muy pronto, no quise que le despertaran y nos marchamos sin despedirnos y tampoco contribuimos a nuestra aportación para el mantenimiento del albergue, por lo que le pido que acepte lo que le entrego y lo destine para seguir ofreciendo esa acogida tan especial.

Un fuerte abrazo.

                                                                              Ricardo

En el segundo sobre, el hospitalero vio que había veinte billetes de cincuenta euros que el peregrino dejaba para el albergue. Era una suma muy elevada, pero al hospitalero apenas le importó, solo respiró profundamente mientras cerraba los ojos tratando de que la imagen de aquel peregrino llenara su mente.

Seguía estando satisfecho porque el sentido común de nuevo se había impuesto y se alegró más del primer sobre que había leído que de lo que había recibido en el segundo.