almeida – 05 de enero de 2016.

            Raúl era un veterano, un muy veterano peregrino y hospitalero. Sus pies recorrieron el camino por primera vez cuando se acogía a los peregrinos en las iglesias y en los ayuntamientos. Todavía los albergues no se habían comenzado a implantar y fue entonces cuando sintió esa magia que produce caminar en solitario sin encontrarte a veces con nadie.

            Ahora ya se sentía mayor, ya había recorrido todos los caminos que deseaba conocer y era responsable de un albergue en el camino francés. Disfrutaba ofreciendo acogida a los peregrinos que lo necesitaban en su humilde albergue en el que les ofrecía su casa, agua caliente, una cómoda cama y por las mañanas antes que abandonaran el albergue les daba un suculento desayuno a cambio únicamente de la voluntad que los peregrinos depositaban en la caja que recogía los donativos.

            El albergue era muy entrañable y eran muchos los peregrinos y hospitaleros que deseaban colaborar con este lugar de acogida ofreciendo sus servicios cuando disponían de una semana o una quincena libre.

            Iván estaba comenzando a colaborar como hospitalero en algunos albergues, deseaba sentir ese contacto diario con los peregrinos y como disponía de tiempo libre se ofreció a aquellos albergues cuya filosofía era mantenerse únicamente con los donativos que los peregrinos dejaban por el servicio recibido para el mantenimiento del mismo.

            Como el lugar era nuevo para él, aunque ya había estado allí cuando se dirigía en una ocasión a Santiago, antes de quedarse solo, estuvo un día con Raúl para que le pusiera al tanto de los hábitos que tenían en el albergue y conocer dónde se encontraban todas las cosas que pudiera necesitar.

            Ese día realizaron juntos la limpieza y cuando terminaron de barrer y fregar todas las estancias del albergue, esperaron a que se secara el suelo antes de ir a abrir la caja donde los peregrinos habían dejado los donativos. Si no había que comprar provisiones o utensilios de limpieza, el importe recaudado se guardaba en una caja asignada para ello una vez contabilizados en un libro los gastos y los ingresos del día.

-Los donativos siempre se recogen una vez que hayas terminado la limpieza – comentó el veterano hospitalero.

Iván asintió a todo lo que Raúl le decía, pensó que cuando se encontrara solo, iría adaptando algunas cosas a su forma de entender la hospitalidad que estaba ofreciendo sin variar la esencia de la acogida que se daba en el albergue.

Fueron llegando los peregrinos y él disfrutaba con su presencia, había aprendido a escuchar y se pasaba largas horas con los peregrinos oyendo las anécdotas que éstos contaban. Cuando le pedían consejo o le preguntaban por lo que se encontrarían más adelante, él, gustosamente les daba toda la información que demandaban y cuando había algo que desconocía, trataba de informarse para facilitarles todos los detalles.

La limpieza se hacía muy cómoda y como era algo que a él le gustaba, la hacía con agrado, era consciente que es algo fundamental en el albergue ya que la higiene es lo que más valoran la mayoría de los peregrinos.

Un día acogió en el albergue a cinco peregrinos; tres eran italianos, uno catalán y una peregrina madrileña, aunque procedían de diferentes lugares y habían llegado por separado, todos tenían en común la juventud que desbordaban, por lo que enseguida congeniaron y disfrutaron del albergue y de la acogida que allí se ofrecía.

Como eran peregrinos novatos, estaban ávidos de conocer cosas del camino y preguntaron todas las dudas que tenían a Iván y éste fue respondiendo a todas las preguntas. Él se sentía satisfecho de poder ser útil y ellos estaban encantados con la información que el hospitalero les estaba proporcionando.

Por la mañana, les preparó un desayuno más suculento que de costumbre, al fin y al cabo solo eran cinco los peregrinos que se encontraban en la mesa y como eran jóvenes, necesitaban alimentarse más que otros porque a esas edades las energías que se van perdiendo es necesario reponerlas cuanto antes.

Se despidieron muy cordialmente, Iván les acompañó hasta la puerta del albergue y vio cómo se alejaban por la calle que les conducía de nuevo al camino.

El hospitalero, una vez que se quedó solo, comenzó a hacer la limpieza como hacía cada mañana y empezó por el cuarto en el que se encontraba la hucha de los donativos y pensó que si lo recogía en ese momento no tendría que volver allí cuando hubiera terminado de hacer la limpieza.

Extrajo las monedas que había en la caja y depositándolas sobre la mesa comprobó que entre los cinco habían dejado un euro y ochenta y cuatro céntimos. Pensó que no había ni tan siquiera para pagar el butano que habían consumido.

Iván se entristeció, no entendía como pueden ser tan ruines algunas personas, no se daban cuenta que si no dejan algo más de lo que cuestan los servicios que les han ofrecido, el albergue se acabara cerrando y no podrá ofrecer la acogida que a ellos les han dado a futuros peregrinos.

Se sentó en la puerta del albergue y el desánimo se apoderó de él durante largo rato, no podía entender lo que acababa de ocurrir hasta que pensó en un consejo que un día le dieron, se olvidó de todo lo que había pasado, dio por finalizada esa jornada y comenzó a pensar únicamente en lo que le depararía el nuevo día y las personas que entrarían ese día en el albergue y quizá en su vida.

Cuando regresó el veterano hospitalero, Iván le contó con todo detalle lo que le había ocurrido y Raúl le consoló diciéndole:

         ¿Sabes por qué te dije que lo último que hay que hacer cada mañana es abrir la caja de los donativos?

         Creo que ahora lo entiendo – dijo Iván.

         Si lo haces lo primero, es probable que algunos días no te den ganas de hacer la limpieza. De todas formas estamos aquí para ofrecer una acogida digna y solo eso es lo único que debe preocuparnos y no lo que dejen de donativo. El día que esto nos ocurra, tenemos que plantearnos si servimos para lo que estamos haciendo.

Ese día, Iván recibió una lección que no se le olvidaría mientras estuviera de hospitalero como voluntario en un albergue y pensó que estaba allí porque él quería.