almeida – 19 de abril de 2014.

Aparentemente, Bruno era un peregrino como los demás, a simple vista no observabas nada raro en él, pero cuando te detenías unos instantes viendo sus reacciones, enseguida te dabas cuenta de que algo extraño ocurría en su cabeza.

La primera noticia que tuve de él, fue cuando me comentaron que había un peregrino un tanto extraño por el camino que tenía reacciones que no eran del todo normales; y como estaba deambulando sin rumbo fijo, podía en cualquier momento llegar hasta Santuario.

En un albergue vecino que no distaba más de media docena de kilómetros de donde nos encontrábamos, fue donde se le detectó por primera vez. Le habían proporcionado una litera en el albergue y Bruno se fue dócilmente al cuarto que le habían asignado. Unos minutos después bajo al cuarto donde se recibía a los peregrinos y dijo que aquel cuarto era muy grande. Había en este unos diez peregrinos y al parecer le asustaba dormir con tantas personas.

En aras de una buena convivencia y tratando de agradar a todos los que llegaban hasta el albergue, se hizo una excepción y se le acomodó en un cuarto más pequeño en el que únicamente cabían cuatro personas.

De nuevo Bruno descendió hasta la recepción para decir a los hospitaleros que tampoco allí se encontraba cómodo ya que no le gustaban las personas que iban a compartir la noche con él.

Los hospitaleros pensaron que lo que el peregrino estaba buscando era tener una intimidad que no podían proporcionarle y así se lo dijeron. Los albergues se rigen por unas normas y ya habían sido bastante flexibles para alterar un poco esta norma y no podían hacerlo de nuevo. Si deseaba el lugar que le habían proporcionado podía quedarse, en caso contrario, podía buscarse un alojamiento privado en el pueblo, que contaba con una gran variedad de establecimientos.

Sin decir nada, Bruno cogió su mochila y salió por la puerta del albergue; los hospitaleros respiraron aliviados porque estas personas lo único que hacen es crear problemas de una u otra forma.

No transcurrieron ni cinco minutos cuando de nuevo se abrió la puerta del albergue y con resignación los hospitaleros vieron entrar nuevamente a Bruno que les dijo que lo había pensado mejor y se iba a quedar en el segundo sitio que le habían ofrecido.

Ya no supe más de este peregrino, tampoco intenté averiguar que era lo que había ocurrido, solo esperaba que pudiera continuar su camino y al día siguiente se encontrara lejos de allí.

Pero los deseos muchas veces se quedan únicamente en eso, en deseos, y al día siguiente, Bruno apareció por Santuario, era algo incomprensible pues demostraba que no era un peregrino, porque alguien que camina solo seis kilómetros cada día tiene otro calificativo que el de un peregrino que se dirige a Santiago.

En estos casos, siempre tratamos de explicar al peregrino las normas del albergue: nadie puede ocupar un sitio reservado para los peregrinos que van haciendo muchos kilómetros cada jornada si no va haciendo el Camino, y él apenas había caminado una hora y entendíamos que podía seguir.

Solo se hacía una excepción y era con aquellos peregrinos que a pesar de haber caminado muy poco fueran con algunas lesiones importantes que les impidieran avanzar.

Bruno explicó que el estaba haciendo un camino muy especial, estaba haciendo el camino de su vida y sabía que cuando llegara a su destino se moriría, por eso procuraba caminar despacio y alargar todo lo posible los días de su peregrinación.

Nos miramos y comprendimos que estábamos ante uno de esos renglones torcidos de Dios que a veces deambulan por el Camino. Su singular explicación nos dejó sin argumentos; quiénes éramos nosotros para acelerar su encuentro con su destino.

Pensamos que era también alguien que caminaba con una lesión y aunque esta no fuera perceptible físicamente, no cabía duda que era una lesión grave e importante y si el camino le había llevado hasta allí sería por algún motivo especial; y que quizás fuéramos nosotros quienes pudiéramos ayudarle a reconducir su camino.

Le dijimos que esperara hasta que el albergue se abriera y le invitamos a que descansara en el jardín que había junto a la casa.

Tras dejar su mochila en el césped, extendió una esterilla y se sentó en una posición que daba la impresión que se encontraba en trance meditando, quizás con su llegada al final de su camino; luego fue adoptando otras posturas extrañas o al menos así nos lo parecieron a nosotros ya que no estábamos acostumbrados a ellas.

Cuando por fin abrimos Santuario, le acomodamos en una de las colchonetas que había en el suelo de la primera planta y esperamos ver su reacción protestando por el alojamiento, lo que nos daría una disculpa para invitarle a ir a otro lado; pero desgraciadamente eso no ocurrió, parecía agradarle el sitio y no formuló la más mínima queja como hizo en el anterior albergue.

Como un alma en pena se dedicó a deambular por todos los rincones de Santuario, lo hacía sigilosamente y en ocasiones cuando te dabas la vuelta lo tenías detrás de ti con el consiguiente susto que producía a todos los que nos encontrábamos en la casa.

Finalmente decidió ir hasta la cocina, allí se encontraba uno de los hospitaleros preparando un sofrito para hacer la comida. Daba la impresión de hacer sus actos de una forma calculada e intencionada porque cuando hacía o decía algo era en los momentos más inoportunos, por lo que iba poniendo cada vez más nerviosos a las personas que se encontraban a su lado.

De vez en cuando hablaba con el hospitalero y este trataba de mantener una conversación coherente, pero cuando el hospitalero le dedicaba más atención, el peregrino se callaba y solo reanudaba la conversación cuando aquél se centraba en la comida que estaba preparando.

Cuando tenía una cabeza de ajos pelados para verterlos en una gran sartén con aceite hirviendo, el hospitalero notó algo detrás de él y se giró, allí estaba a un palmo de su espalda el peregrino que silencioso observaba todos los movimientos que hacía en los fogones.

El hospitalero se asustó, no esperaba ser observado desde tan cerca y la reacción que tuvo fue del todo imprevisible, con los nervios derramó el aceite que había en la sartén cayendo en su mano derecha. Al quemarse su piel, lanzo un grito angustioso que alarmó a todos los que nos encontrábamos en la casa y acudimos corriendo a la cocina.

Fue extraña la escena que vimos, allí se encontraba el hospitalero sentado en una silla sujetando con su mano izquierda la mano quemada y frente a él estaba Bruno, que reía como un niño que acaba de hacer una travesura y le resulta muy divertida.

Fuimos a atender enseguida al hospitalero y mientras uno trataba de calmar el dolor que tenía en la mano, otros iban rompiendo huevos separando las claras para que metiera allí la mano y el efecto de la quemadura se suavizara.

Alguien más le llamó la atención al peregrino por su actitud y su comportamiento, le recriminaron que se riera de un incidente del que era el único responsable y aunque cesaron sus risas, no mostró el menor síntoma de arrepentimiento.

Uno de los que estaban atendiendo al hospitalero pidió unas vendas para cubrir la zona afectada, pero como suele ocurrir en estas situaciones, cuando más se necesita alguna cosa no la hay, el día anterior un peregrino, que había llegado con una fuerte tendinitis, utilizó las últimas vendas que había en el botiquín y no había dado tiempo a reponerlas.

El peregrino causante del accidente dijo que en su mochila tenía una venda, al ver que no se movía, alguien le dijo que a qué esperaba, que fuera a por ella y al menos hiciera algo positivo en lugar de seguir siendo el más negativo de los que allí se encontraban.

Al cabo de cinco minutos Bruno apareció con la venda en la mano, mostrándola a todos los que nos encontrábamos pendientes del hospitalero y ante nuestra extrañeza comentó:

—Aquí esta la venda, pero cuando la he cogido de la mochila he escuchado una voz que me decía que no tenía que dárosla, por eso no os la voy a entregar, no puedo hacerlo pues iría en contra de la voz.

No sé si fue de sorpresa, indignación o rabia la expresión que reflejaron las caras de todos los que estábamos allí, pero nadie se atrevió a decir nada, creo que en la mente de todos había un único pensamiento, que llegara cuanto antes al final de su camino y se enfrentara con ese destino, que según él o la voz que le hablaba, estaba dispuesto para él.