almeida – 14 de febrero de 2016.

                Enrique se sentía fuerte, estaba en esa edad donde la mente nos dice que todo es posible y no hay ningún reto que nos haga echarnos para atrás. Por eso, cuando le propusieron hacer el camino de Santiago,

no lo dudo, se unió al grupo de amigos que querían afrontar esta experiencia como un reto personal. Sabían que podían hacerlo y haberse negado a intentarlo no entraba en sus planes.

                Tuvieron varias reuniones para planificar el Camino, todavía no tenía esa afluencia que años después fue adquiriendo y para quienes se aventuraban por aquella vía que los antiguos peregrinos seguían, resultaba una incógnita porque la información que se disponía de su recorrido era muy precaria.

                Una de las cosas que les comentaron quienes contaban con más experiencia que ellos, era que resultaba fundamental el calzado que llevaran, eso podría condicionarles el buen resultado final. Pero Enrique ya lo tenía todo previsto, hacía menos de un año que había terminado la mili y disponía del equipamiento que allí utilizó para las largas marchas que realizaba y serían los elementos idóneos para su camino. Contaba con una mochila, las botas militares y alguna capa para el agua, solo tenía que añadir la ropa diaria que utilizaría, llevaría unas camisetas, aunque también los pantalones militares podían servirle para su propósito.

-¿Pero llevarás unas zapatillas de deporte? – le dijo Antonio que coordinaba la organización.

-¡Qué va! – respondió Enrique –donde vas a comparar, las botas de la mili me sirvieron para hacer muchas marchas y están hormadas a mis pies.

-Pero son un poco rígidas y para el camino necesitarás algo más cómodo – insistió Antonio.

-En toda la mili me hicieron ninguna ampolla y no vas a comparar un año en la mili con el camino.

-Bueno – murmuró Antonio – tú mismo, pero creo que no es el calzado más adecuado.

Cogieron el tren y llegaron a la estación de León, desde allí comenzarían a caminar y esperaban diez días más tarde estar todos admirando la fachada de la catedral desde la plaza del Obradoiro.

Lo que antes no le había pasado, comenzaba a ocurrirle ahora, la rígida mochila con un armazón de hierro, al estar apoyada en la espada más de ocho horas cada día comenzó a causarle molestias. No quiso comentarlas con los demás, seguía pensando que lo que él llevaba era lo idóneo para afrontar el camino y no quería reconocer que debió escuchar los consejos que le habían dado. También sus pies comenzaron a resultar extraños a las botas, el segundo día, después de pasar Astorga comenzaron a salir las primeras ampollas en los dos pies. Eso no podía ocultarlo al resto del grupo ya que su caminar lo delataba enseguida y al llegar al final de cada jornada tuvo que curarse las ampollas que le estaban saliendo.

-Esas ampollas no tienen muy buena pinta – dijo Antonio.

-Es que tenía que haberles puesto grasa – se justificó Enrique – se han secado mucho y no son tan flexibles como antes.

-Además te están algo pequeñas – dijo Antonio señalando las uñas de los dedos gordos – ves cómo te rozan ahí, tienes que tener cuidado ya que si las uñas tienen el freno del cuero, con el roce pueden soltarse e infectarse y si esto ocurre no vas a poder seguir caminando ya que además de doloroso, es muy peligroso.

Enrique sabía que su amigo tenía razón, aquellas botas que antes tan bien le quedaban, ahora le estaban martirizando los pies y su orgullo no le permitían aceptar que por no seguir el consejo que le dieron antes de salir fuera el primero en abandonar el camino. Por eso tenía que pensar algo para que su situación mejorara ya que dejarlo al tercer día era una decepción tan grande que no estaba dispuesto a asumirla.

A la mañana siguiente cuando todos estaban dispuestos para comenzar la nueva jornada, al unirse al grupo, ninguno le miró directamente a la cara, todos se fijaron en sus botas, había en ellas algo extraño que llamaba su atención.

Durante la noche, a Enrique se le había ocurrido que si el problema era que sus dedos se veían frenados por el cuero de las botas, los liberaría para que no volviera a ocurrir. Por encima de los dedos, con una navaja había cortado el cuero de las botas dejando los dedos al aire.

-Así ya no se verán frenados por la puntera – dijo sonriendo Enrique.

Antonio pensó en el nuevo error que había cometido su amigo, pero no quiso decirle nada, ya aprendería con la experiencia, porque él sabía que cada cosa debe estar en su sitio y en condiciones y el nuevo diseño de sus botas no era el más adecuado para afrontar el camino.

                Caminaban por el fuerte descenso que conduce hasta el Acebo, la fuerte pendiente del Irago hacía que los pies fueran frenando constantemente el impulso del cuerpo de cada uno al que la inercia llevaba hacia delante. Además, se complicaba el descenso ya que una nube muy negra estaba descargando sobre ellos toda la humedad que llevaba y pronto embarró todo el sendero por el que transitaban.

Al no contar con una puntera en su calzado, el agua y el barro se fueron introduciendo enseguida en los pies de Enrique hasta que se quedaron completamente mojados. La humedad hizo que las ampollas que tenía se ablandaran y la fricción constante fue haciendo que se agrandaran de una forma preocupante.

También en los tramos en los que había piedras sueltas, las piedras más pequeñas parecía que estaban atraídas por un imán y se iban directamente al interior de los pies de Enrique y aunque trataba de expulsarlas con movimientos bruscos, algunas se quedaban en el interior e iban produciendo nuevas heridas y ampollas hasta tal punto que llegó un momento que no podía dar ni un paso sin sentir dolor en el pie que apoyaba y cojeaba permanentemente.

Se dio cuenta que así no podía seguir y le dijo a sus amigos que él seguiría por la carretera hasta llegar a Molinaseca, aunque era mayor el recorrido que tenía que hacer, al menos evitaría el barro y las piedras.

Caminando por la carretera sintió que era diferente de hacerlo por el sendero y en compañía de sus amigos y lamentó no haber escuchado los consejos que le habían dado antes de salir y se arrepintió de la idea que había tenido al cortar las botas ya que en lugar de ser una solución se había convertido en un problema muy importante y también muy serio para él.

Llegó al pueblo donde sus amigos le estaban esperando con casi tres horas de retraso, fueron directamente hasta el albergue donde por fin pudo liberar sus pies del instrumento torturador en el que se habían convertido sus botas.

El hospitalero, al ver sus pies le dijo que en esas condiciones no iba a poder seguir caminando ya que las lesiones irían cada vez a más y llegaría un momento que no podría dar un paso. Esa idea ya había surgido en la cabeza de Enrique, pero no deseaba aceptarla, no quería ni tan siquiera pensar en ella y le pidió al hospitalero que le proporcionara lo necesario para curar sus pies y desinfectarlos, pero la experiencia de quien estaba al cargo del albergue aconsejó que fuera él quien restañara las heridas que llevaba, porque no tenía los conocimientos sanitarios necesarios para curar aquellos maltrechos pies.

Mientras le curaba los pies, Enrique fue explicándole la historia de las botas y como su cabezonería había hecho el resto. Viendo el estado en el que se encontraban las botas, le dijo que lo mejor era que las tirara y buscarían en un arcón donde había cosas que los peregrinos iban dejando y seguramente habría unas zapatillas de su número que podía llevárselas ya que las dejaron ahí para que alguien las pudiera utilizar.

Rebuscaron en el arcón y localizaron unas zapatillas deportivas que le encajaban como un guante. Enseguida sintió el alivio en sus pies al estar bien asentados y protegidos, por lo que ese día casi no se quitó el nuevo calzado que le habían proporcionado.

El resto de los días que le quedaban para llegar a Compostela, casi se olvidó de sus pies, el nuevo calzado que llevaba resultaba muy cómodo y permitió que nunca más tuviera que separarse de sus amigos por los problemas físicos que había tenido los días anteriores.

Enrique siempre recordará ese camino como aquel en el que las botas fueron ahormando sus pies y cada vez que ha tenido oportunidad de dar un consejo a un nuevo peregrino, su consejo ha sido llevar un calzado apropiado, ya que es lo único que puede arruinar las ilusiones de un buen camino.