almeida – 12 de febrero de 2016.

            Llevábamos unos veinte días caminando juntos, habíamos salido el mismo día de Roncesvalles y el camino se encargó de irnos agrupando hasta hacernos casi inseparables.

El grupo lo formábamos mi compañero y yo a los que se fueron uniendo Pablo y Sergio, dos madrileños que siempre caminaban juntos, hasta lo hacían al mismo ritmo, daba la sensación al verles que eran gemelos, Xavier, un vizcaíno que siempre estaba con nosotros pero generalmente se perdía, él iba a su ritmo y algunos días no sabíamos dónde podía encontrarse, pero siempre acababa uniéndose al grupo y también aunque iba a su aire durante la etapa, el japonés Manaka sabía dónde encontrarnos al finalizar cada jornada. Esporádicamente el inglés John y el guipuzcoano José Ramón solían unirse al grupo, pero eran menos constantes ya que unos días hacían etapas largas y en otras ocasiones caminaban muy despacio, por lo que cada dos o tres días solíamos vernos y cenábamos juntos compartiendo todas las experiencias de los días en los que no habíamos coincidido.

            Después de llegar a las tierras bercianas, la suave etapa que separa a las dos ciudades más importantes de la comarca constituía un aperitivo para afrontar el Cebreiro y la mayoría así nos lo tomamos, todos excepto Xavier que se encontraba muy bien y decidió unir las dos etapas y hacerlas en un día. Cuando nos llamó por teléfono diciéndonos donde se encontraba, pensábamos que estaba loco ya que según nos confesó, se encontraba muy cansado y con dolores en todo el cuerpo, pero según él, quería probarse y esa era una de las etapas en las que podría hacerlo. Pero como no tenía prisa por llegar a Santiago, las siguientes jornadas iría ralentizando su ritmo para encontrarnos antes de llegar a Compostela, estaríamos diariamente en contacto a través del móvil.

            El día que llegábamos a Melide, era el cumpleaños de Sergio y decidimos celebrarlo cuando estuviéramos en el pueblo. Desde que habíamos salido de Roncesvalles, por todos los sitios se hablaba del pulpo de Ezequiel, una pulpería famosa de esa población, por lo que decidimos celebrarlo allí.

            Le comentamos a Xavier nuestro plan y nos dijo que se apuntaba al mismo, como ya se encontraba en Melide, nos esperaría allí y mientras llegábamos se encargaría de comprar un regalo para el homenajeado y también iría hasta una pastelería para comprar una tarta sobre la que pondríamos las velas que Sergio tendría que soplar.

            Como era habitual, mi compañero y yo fuimos los últimos en finalizar la etapa, era una dura y exigente jornada que casi hace que desfallezcamos. Pero el plan que teníamos para ese día, nos hizo sacar fuerzas de donde ya no las había y pasadas las dos de la tarde llegamos hasta el pueblo en el que nuestros amigos nos estaban esperando con todo organizado. Habían reservado una mesa en el restaurante en un lugar discreto y algo apartado de la gran masa de peregrinos que allí se reunían cada día.

            Nos esperaban en el albergue, era un edificio muy grande de tres plantas y el hospitalero se encontraba comiendo, por lo que fuimos directamente hasta el cuarto en el que nos habían reservado la litera en la que podíamos descansar. Se trataba de una amplia sala en la que había muchas literas y grandes ventanales por los que entraba la claridad del día.

            Como íbamos con el tiempo muy justo, dejamos en las literas nuestras pertenencias y nos dimos una ducha para ponernos ropa limpia, ese día no lavaríamos la ropa que habíamos utilizado en la jornada.

            Según nos dirigíamos a la pulpería, vimos anunciado en un bar, que a las ocho de la tarde a través de uno de los canales de pago, retransmitirían el partido entre el Depor, el equipo local y nuestro Athletic. Era el último partido de la liga y parecía muy interesante, por lo que entramos al bar a tomar un vino y a decirles que nos reservaran un sitio para venir a tomar unas copas y ver el partido.

            La pulpería es un lugar especial sobre el que muchos peregrinos han escrito en sus diarios y relatos peregrinos. Nada más acceder al gran local lo primero que nos llamó la atención fue la mujer que atiende los dos grandes calderos de cobre en los que numerosos pulpos están cociéndose a fuego muy vivo. Nos paramos para ver como la señora que tiene esa experiencia que solo la dan muchos años de su vida, o quizá toda su vida haciendo lo mismo. Con sus manos callosas, aferraba los octópodos según salen del caldero, la práctica hace que sus dedos apenas sientan el fuerte calor que aún conservan y con hábiles tijeretazos los va troceando hasta conformar una estupenda ración que enseguida se va a consumir con gran placer.

            Pedimos varias raciones de este estupendo manjar y saciamos esa gula que se había formado en cada uno de nosotros incluso antes de comenzar nuestro camino. Todos coincidimos que era exquisito y nunca, este típico plato gallego nos había sabido tan bueno, aunque quizá fuera el deseo contenido que teníamos de degustarlo como peregrinos en aquel lugar.

            La sobremesa fue muy agradable, ya que regalamos a Sergio una camiseta con la flecha amarilla que se puso inmediatamente. Xavier sacó la tarta sobre la que pusimos unas cerillas a modo de velas e hicimos que las soplara para que entre el regocijo general de quienes se encontraban en las mesas contiguas, con sus cámaras de fotos inmortalizaran aquel momento tan especial para nosotros.

            También los camareros quisieron sumarse al festejo y les invitamos a que probaran la tarta y ellos nos trajeron unas botellas de orujo, una de hierbas y la otra natural para que acompañáramos al postre y nos ayudara a hacer la digestión.

            El orujo natural, es una bebida que me encanta, pero después de la segunda o la tercera copa, consigue hacer un efecto en mi cuerpo que ninguna otra bebida alcohólica logra producir y mientras los demás iban sirviéndose pequeñas copas de este fuerte destilado, yo iba ingiriendo el licor natural que es todavía más fuerte y no recuerdo cuantas copas llegué a tomar, solo sé que cuando nos fuimos, la botella de orujo blanco estaba casi vacía.

            Salimos como pudimos de la pulpería, yo debía ir tambaleándome ya que no recuerdo desde ese momento nada más, lo que cuento lo hago por los detalles que mis compañeros me dieron al día siguiente.

            Fuimos hasta el albergue, aún eran las cinco y disponíamos de casi tres horas antes de acercarnos hasta el bar donde habíamos quedado en ver el partido de fútbol. Aprovecharíamos ese tiempo para descansar un poco y recupéranos de la dura jornada que habíamos realizado, también el sueño haría que los vapores etílicos se fueran evaporando y nos permitirían quitar ese sopor que la bebida destilada había dejado en nuestros cuerpos.

            Cuando me desperté, lo primero que llamó mi atención fue el silencio que había en la gran sala en la que me encontraba y también la oscuridad. Amodorrado en la litera, pensé en los buenos compañeros de viaje que me había buscado, ellos se habían encargado de cerrar las ventanas para que la claridad que había en el exterior no me impidiera dormir y también habían conseguido el silencio del resto de los peregrinos para que mi descanso no fuera alterado. Era todo un detalle el que habían tenido conmigo.

            Me di la vuelta tapándome con el saco y pensando en la suerte que había tenido al integrarme en un grupo como aquel, no podría olvidar nunca las atenciones que estaban teniendo conmigo.

            Cuando me desperté completamente, busqué a mis compañeros, en la oscuridad que había en el local, fui tanteando donde se encontraba mi ropa y me la puse y busqué a mis amigos pero únicamente pude ver a mi compañero que dormía en la litera inferior en la que me encontraba.

            Al zarandearle suavemente para despertarle, éste se giró molesto y abrió los ojos mirándome sorprendido.

-Carlos – le dije – vamos a ver el partido.

-Déjame dormir – me dijo.

-Pero se nos va a hacer tarde – insistí – y hemos quedado en ir a las ocho a ver al partido del Athletic.

Sin decirme nada, se dio la vuelta dándome la espalda, por lo que pensé que como le ocurría muchas veces, él iba un poco a contracorriente y lo mejor era dejarle hacer lo que quería.

Me puse la ropa y me acerqué hasta una de las ventanas para abrirla y dejar pasar algo de luz que me permitiera ver donde se encontraban mis amigos. Al llegar a la ventana, comprobé que ésta se encontraba abierta y que en el exterior la oscuridad era completa. ¿Qué había pasado?, me había ocurrido algo similar a lo que le paso al monje Virila. Miré el reloj y comprobé que eran las doce y media de la noche, me había pasado casi ocho horas durmiendo y el resto de los peregrinos llevaban más de dos horas haciendo lo mismo, a eso se debía el silencio que había en la sala y a la oscuridad de todo el recinto.

Traté de nuevo de volver a la litera ya siendo consciente que había pasado varias horas aislado del mundo y sobre todo de mis compañeros, pero después de lo que había dormido era imposible que de nuevo pudiera volver a coger el sueño.

Deambulé como un fantasma por los diferentes rincones del albergue, esperando que llegaran las seis de la mañana y que mis compañeros y el resto de los peregrinos se fueran levantando para integrarme en la monotonía de cada día, ya que había sido algo excepcional lo que había ocurrido en las últimas horas.

            Llevábamos unos veinte días caminando juntos, habíamos salido el mismo día de Roncesvalles y el camino se encargó de irnos agrupando hasta hacernos casi inseparables. El grupo lo formábamos mi compañero y yo a los que se fueron uniendo Pablo y Sergio, dos madrileños que siempre caminaban juntos, hasta lo hacían al mismo ritmo, daba la sensación al verles que eran gemelos, Xavier, un vizcaíno que siempre estaba con nosotros pero generalmente se perdía, él iba a su ritmo y algunos días no sabíamos dónde podía encontrarse, pero siempre acababa uniéndose al grupo y también aunque iba a su aire durante la etapa, el japonés Manaka sabía dónde encontrarnos al finalizar cada jornada. Esporádicamente el inglés John y el guipuzcoano José Ramón solían unirse al grupo, pero eran menos constantes ya que unos días hacían etapas largas y en otras ocasiones caminaban muy despacio, por lo que cada dos o tres días solíamos vernos y cenábamos juntos compartiendo todas las experiencias de los días en los que no habíamos coincidido.

            Después de llegar a las tierras bercianas, la suave etapa que separa a las dos ciudades más importantes de la comarca constituía un aperitivo para afrontar el Cebreiro y la mayoría así nos lo tomamos, todos excepto Xavier que se encontraba muy bien y decidió unir las dos etapas y hacerlas en un día. Cuando nos llamó por teléfono diciéndonos donde se encontraba, pensábamos que estaba loco ya que según nos confesó, se encontraba muy cansado y con dolores en todo el cuerpo, pero según él, quería probarse y esa era una de las etapas en las que podría hacerlo. Pero como no tenía prisa por llegar a Santiago, las siguientes jornadas iría ralentizando su ritmo para encontrarnos antes de llegar a Compostela, estaríamos diariamente en contacto a través del móvil.

            El día que llegábamos a Melide, era el cumpleaños de Sergio y decidimos celebrarlo cuando estuviéramos en el pueblo. Desde que habíamos salido de Roncesvalles, por todos los sitios se hablaba del pulpo de Ezequiel, una pulpería famosa de esa población, por lo que decidimos celebrarlo allí.

            Le comentamos a Xavier nuestro plan y nos dijo que se apuntaba al mismo, como ya se encontraba en Melide, nos esperaría allí y mientras llegábamos se encargaría de comprar un regalo para el homenajeado y también iría hasta una pastelería para comprar una tarta sobre la que pondríamos las velas que Sergio tendría que soplar.

            Como era habitual, mi compañero y yo fuimos los últimos en finalizar la etapa, era una dura y exigente jornada que casi hace que desfallezcamos. Pero el plan que teníamos para ese día, nos hizo sacar fuerzas de donde ya no las había y pasadas las dos de la tarde llegamos hasta el pueblo en el que nuestros amigos nos estaban esperando con todo organizado. Habían reservado una mesa en el restaurante en un lugar discreto y algo apartado de la gran masa de peregrinos que allí se reunían cada día.

            Nos esperaban en el albergue, era un edificio muy grande de tres plantas y el hospitalero se encontraba comiendo, por lo que fuimos directamente hasta el cuarto en el que nos habían reservado la litera en la que podíamos descansar. Se trataba de una amplia sala en la que había muchas literas y grandes ventanales por los que entraba la claridad del día.

            Como íbamos con el tiempo muy justo, dejamos en las literas nuestras pertenencias y nos dimos una ducha para ponernos ropa limpia, ese día no lavaríamos la ropa que habíamos utilizado en la jornada.

            Según nos dirigíamos a la pulpería, vimos anunciado en un bar, que a las ocho de la tarde a través de uno de los canales de pago, retransmitirían el partido entre el Depor, el equipo local y nuestro Athletic. Era el último partido de la liga y parecía muy interesante, por lo que entramos al bar a tomar un vino y a decirles que nos reservaran un sitio para venir a tomar unas copas y ver el partido.

            La pulpería es un lugar especial sobre el que muchos peregrinos han escrito en sus diarios y relatos peregrinos. Nada más acceder al gran local lo primero que nos llamó la atención fue la mujer que atiende los dos grandes calderos de cobre en los que numerosos pulpos están cociéndose a fuego muy vivo. Nos paramos para ver como la señora que tiene esa experiencia que solo la dan muchos años de su vida, o quizá toda su vida haciendo lo mismo. Con sus manos callosas, aferraba los octópodos según salen del caldero, la práctica hace que sus dedos apenas sientan el fuerte calor que aún conservan y con hábiles tijeretazos los va troceando hasta conformar una estupenda ración que enseguida se va a consumir con gran placer.

            Pedimos varias raciones de este estupendo manjar y saciamos esa gula que se había formado en cada uno de nosotros incluso antes de comenzar nuestro camino. Todos coincidimos que era exquisito y nunca, este típico plato gallego nos había sabido tan bueno, aunque quizá fuera el deseo contenido que teníamos de degustarlo como peregrinos en aquel lugar.

            La sobremesa fue muy agradable, ya que regalamos a Sergio una camiseta con la flecha amarilla que se puso inmediatamente. Xavier sacó la tarta sobre la que pusimos unas cerillas a modo de velas e hicimos que las soplara para que entre el regocijo general de quienes se encontraban en las mesas contiguas, con sus cámaras de fotos inmortalizaran aquel momento tan especial para nosotros.

            También los camareros quisieron sumarse al festejo y les invitamos a que probaran la tarta y ellos nos trajeron unas botellas de orujo, una de hierbas y la otra natural para que acompañáramos al postre y nos ayudara a hacer la digestión.

            El orujo natural, es una bebida que me encanta, pero después de la segunda o la tercera copa, consigue hacer un efecto en mi cuerpo que ninguna otra bebida alcohólica logra producir y mientras los demás iban sirviéndose pequeñas copas de este fuerte destilado, yo iba ingiriendo el licor natural que es todavía más fuerte y no recuerdo cuantas copas llegué a tomar, solo sé que cuando nos fuimos, la botella de orujo blanco estaba casi vacía.

            Salimos como pudimos de la pulpería, yo debía ir tambaleándome ya que no recuerdo desde ese momento nada más, lo que cuento lo hago por los detalles que mis compañeros me dieron al día siguiente.

            Fuimos hasta el albergue, aún eran las cinco y disponíamos de casi tres horas antes de acercarnos hasta el bar donde habíamos quedado en ver el partido de fútbol. Aprovecharíamos ese tiempo para descansar un poco y recupéranos de la dura jornada que habíamos realizado, también el sueño haría que los vapores etílicos se fueran evaporando y nos permitirían quitar ese sopor que la bebida destilada había dejado en nuestros cuerpos.

            Cuando me desperté, lo primero que llamó mi atención fue el silencio que había en la gran sala en la que me encontraba y también la oscuridad. Amodorrado en la litera, pensé en los buenos compañeros de viaje que me había buscado, ellos se habían encargado de cerrar las ventanas para que la claridad que había en el exterior no me impidiera dormir y también habían conseguido el silencio del resto de los peregrinos para que mi descanso no fuera alterado. Era todo un detalle el que habían tenido conmigo.

            Me di la vuelta tapándome con el saco y pensando en la suerte que había tenido al integrarme en un grupo como aquel, no podría olvidar nunca las atenciones que estaban teniendo conmigo.

            Cuando me desperté completamente, busqué a mis compañeros, en la oscuridad que había en el local, fui tanteando donde se encontraba mi ropa y me la puse y busqué a mis amigos pero únicamente pude ver a mi compañero que dormía en la litera inferior en la que me encontraba.

            Al zarandearle suavemente para despertarle, éste se giró molesto y abrió los ojos mirándome sorprendido.

-Carlos – le dije – vamos a ver el partido.

-Déjame dormir – me dijo.

-Pero se nos va a hacer tarde – insistí – y hemos quedado en ir a las ocho a ver al partido del Athletic.

Sin decirme nada, se dio la vuelta dándome la espalda, por lo que pensé que como le ocurría muchas veces, él iba un poco a contracorriente y lo mejor era dejarle hacer lo que quería.

Me puse la ropa y me acerqué hasta una de las ventanas para abrirla y dejar pasar algo de luz que me permitiera ver donde se encontraban mis amigos. Al llegar a la ventana, comprobé que ésta se encontraba abierta y que en el exterior la oscuridad era completa. ¿Qué había pasado?, me había ocurrido algo similar a lo que le paso al monje Virila. Miré el reloj y comprobé que eran las doce y media de la noche, me había pasado casi ocho horas durmiendo y el resto de los peregrinos llevaban más de dos horas haciendo lo mismo, a eso se debía el silencio que había en la sala y a la oscuridad de todo el recinto.

Traté de nuevo de volver a la litera ya siendo consciente que había pasado varias horas aislado del mundo y sobre todo de mis compañeros, pero después de lo que había dormido era imposible que de nuevo pudiera volver a coger el sueño.

Deambulé como un fantasma por los diferentes rincones del albergue, esperando que llegaran las seis de la mañana y que mis compañeros y el resto de los peregrinos se fueran levantando para integrarme en la monotonía de cada día, ya que había sido algo excepcional lo que había ocurrido en las últimas horas.