almeida –7 de mayo de 2015.

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                Para alguien que le gusta contar historias, no hay nada como poder beber en la fuente donde manan de una manera constante.

El Camino, es una fuente inagotable, cada uno de los peregrinos que lo recorren llega a convertirse en una biblioteca de historias que están almacenadas en su interior, cada día experimenta cientos de sensaciones nuevas y cada una de ellas perfectamente puede convertirse en una maravillosa historia, solo es necesario destapar ese lugar de la memoria donde las tiene almacenadas.

                Desde la primera vez que recorrí el Camino, me di cuenta de este potencial que tanto enriquecía a todos los que teníamos la fortuna de poder ver estas historias, en unas ocasiones eran esas anécdotas que nos ocurrían, las que veíamos por el camino, las que otros nos contaban o simplemente las que nuestra imaginación se dedicaba a fabricar en esas largas horas en las que da tiempo para todo y sobre todo para pensar.

                Pero donde más vivencias se llegan a vivir, es en los albergues de peregrinos. Siempre he considerado que la estancia como hospitalero es otra forma de hacer el camino, con la única diferencia que en lugar de conocer cada jornada nuevos lugares, conoces cada día a nuevas personas, porque los peregrinos son distintos cada día.

                Por eso, siempre me ha gustado ir a esos albergues en los que la masificación no suele ser lo habitual, bien porque sean lugares muy pequeños, fuera de los circuitos recomendados por la mayoría de las guías del camino o por encontrarse en caminos menos transitados o elegir esos meses en los que la afluencia masiva de peregrinos disminuía de una manera considerable.

                Desde que puse por primera vez mis pies en aquel hospital de peregrinos, se había formado en mi mente el deseo de estar allí como peregrino, pero no era sencillo ya que el viejo hospitalero que estaba a cargo del mismo, era muy selectivo a la hora de elegir hospitaleros, según solía comentar, no quería que aquel lugar se contaminara con los vicios que estaban asolando al camino. Él había creado un lugar muy especial y a pesar de la humildad que rezumaba cada uno de sus rincones, la armonía presidía toda la estancia y cualquier cambio que se introdujera rompería esa magia que había conseguido crear en la vieja casona.

                Cuando me confirmaron que podría estar una quincena en aquel sitio, la alegría inicial se fue convirtiendo en una ligera responsabilidad por estar a la altura de mantener esas señas de identidad que caracterizaban a aquel sitio y que mis ideas sobre la hospitalidad no alteraran en exceso lo que se conservaba con tanta fidelidad.

                El albergue era quizá el más humilde de todos los que había estado anteriormente, ni tan siquiera disponía de literas para los peregrinos y éstos debían descansar sobre colchonetas extendidas en el suelo, pero a pesar de ello, en pocos lugares he visto marchar a los peregrinos al día siguiente con una sensación de felicidad como la que veía cada mañana cuando los despedía con un abrazo a la puerta del albergue.

                Me di cuenta enseguida que no debía hacer ningún esfuerzo para encontrarme a gusto en aquel lugar, allí se respiraba esa filosofía que siempre he considerado que tiene que haber en el Camino y desgraciadamente está desapareciendo en muchos lugares.

                Desde el primer día, me fui empapando de todas las sensaciones que llevaban los peregrinos, fue algo increíble, pero no daba abasto para acoger tantas vivencias como las que me estaban aportando los que hasta allí llegaban que estaban ansiosos por ser escuchados con lo que se desahogaban de las penas que algunos llevaban.

                Esa primera jornada, fue algo caótica ya que según iban compartiendo conmigo sus vivencias, sensaciones y deseos, yo los iba recogiendo en papeles que encontraba en cualquier lugar del albergue y cuando por la noche llegue al cuarto en el que dormía fui vaciando los bolsillos y extraje de ellos al menos una docena de notas que de forma improvisada había recogido.

                Mentalmente, en la cama fui pensando en cada una de esas historias que me habían regalado y en mi mente se fue formando una idea, no sé si surgió mientras dormía o todavía estaba despierto cuando comencé a darle forma.

                Hasta ese momento, cada vez que iba a un albergue como hospitalero, me gustaba recoger en un diario todas las sensaciones y experiencias que los peregrinos me iban aportando y luego, ya una vez en casa, lo pulía y le daba forma ampliando cada uno de los detalles para que no se quedaran en el olvido.

                Pero en esta ocasión, pensé en hacer una recopilación de esas historias, cada una de las vivencias era un relato que merecía la pena ser reproducido y después de la avalancha que tuve la primera jornada estaba convencido que los catorce días restantes surgieran muchas más, tantas, que podrían conformar un bonito libro de anécdotas.

                Como la mente en ocasiones no deja de trabajar, enseguida fue pensando en cómo sería el resultado final y como en otras ocasiones me suele ocurrir, enseguida fui pensando como denominar aquella recopilación de historias. Pensé en el nombre del albergue que es sobradamente conocido de los buenos peregrinos, para la mayoría pasaría por alto, pero quienes saben apreciar los buenos lugares enseguida lo identificarían.

                Enseguida me di cuenta que no era una buena idea ya que sería una promoción innecesaria para aquel lugar, hay sitios que no necesitan publicidad porque corren el riesgo de ponerse de moda y las modas siempre son efímeras y acaban por degradar todo lo que las rodea.

                Además estaba convencido que la humildad del viejo hospitalero no lo aceptaría, quizá se viera abrumado por algo que no deseaba y enseguida descarté esa idea, era necesario poner un título que solo aquellos que debían identificar aquel sitio lo hicieran solo con empaparse un poco con las historias que allí ocurrían.

                El humilde albergue se había convertido en un Santuario para los peregrinos que recorrían el camino ya que cuando llegaban hasta allí, podían sentir la energía y la magia que un día entero el camino, aquel si podía ser un título que identificara el humilde albergue porque en realidad era ese Santuario que muchos esperan encontrar cuando comienzan su camino pero solo unos pocos tienen la fortuna de encontrar.

                Ya tenía el título y solo faltaba ponerle un nombre al viejo hospitalero cuando me refiriera a él ya que muchas historias las escuché de sus labios o las presencié cuando las hacía y en esta ocasión no tuve tantas dudas, él era un Maestro para todos los que le conocíamos y seria el Maestro de las historias que se contaran sobre ese lugar.

                He de confesar que fui un poco desordenado a la hora de recoger las historias y algunas se han quedado en el olvido. En lugar de agenciarme una libreta donde recoger todas las cosas que iba asimilando, seguí apuntándolas en papeles que algunos llegaron a desaparecer, pero cuando hice recuento de todas las anécdotas que los peregrinos habían compartido conmigo, pude contabilizar más de cien, una cantidad tan elevada que en ningún momento llegué a imaginar que pudiera escuchar ya que eran muchos los peregrinos que estaban llegando al albergue y muy poco el tiempo libre que disponíamos los dos hospitaleros.

                Cuando regresé a mi casa, enseguida me puse a desarrollar cada una de las historias. Fue una tarea muy sencilla porque estaban tan frescas en mi cabeza que iban saliendo casi sin que me lo propusiera y en apenas un mes ya había escrito más de cien. La idea inicial de hacer un libro estaba superando todas las previsiones ya que tenía más de quinientas páginas escritas y aún seguían surgiendo nuevas historias, algunas aunque no estaban recogidas en ninguna de las notas que tomé seguían frescas en mi cabeza.

                Decidí dejar el libro cuando contenía ciento trece historias, aunque luego fueron surgiendo más, pero había que poner un límite y lo cerré con esa cantidad para que no resultara un volumen excesivo, que echara para atrás a los posibles lectores.

                Todo resultó luego muy sencillo, desde la corrección de los textos que los repasó un buen amigo peregrino y hospitalero, como el entrañable prólogo que realizo otro amigo, hasta la edición que presentaba más problemas, también se solucionó como si el libro tuviera que salir en la fecha prevista y así ocurrió, a los cinco meses, ya estaba impreso en papel y comencé a distribuirlo, dándolo a conocer a través de Internet en los foros donde abundan los peregrinos y en alguna que otra presentación.

                Cuando algunos comenzaron a leerlo, surgió de nuevo la pregunta que tanto me temía:

                -¿Dónde se encuentra ese lugar que describes en el libro, donde podemos encontrar Santuario?

                Resulto difícil no responder a esta pregunta y más cuando quien la hacía eran personas que habían adquirido el libro y de alguna manera me debía un poco a ellas, si compartía mis historias con los que las leían, ¿por qué no iba a compartir el secreto de ese lugar?

                Creo que de forma acertada, mantuve la idea inicial de no revelar ese lugar. Si hacia la confidencia a una persona, con los medios que hay en la actualidad, enseguida estaría circulando por las redes sociales (Santuario esta en……) y si esto ocurría, el Maestro podía verse abrumado y sobre todo molesto porque comenzarían a llegar esos peregrinos que no iban hasta allí porque el camino les había dirigido, sino que algunos lo harían por la curiosidad de comprobar si lo que decía en el libro se ajustaba a lo que ellos esperaban encontrar.

                Hubo algunas personas insistentes, pero para esos casos se me ocurrió una respuesta que creo que satisfizo a todos:

                -Santuario, puede encontrarse en cualquier lugar de cualquiera de los caminos que conducen a Santiago, hay muchos Santuarios en el camino y cada uno encontrará el suyo sin necesidad de saber que lo va a encontrar.

                Parece que aquella respuesta fue aceptada y en los siguientes casos que me la plantearon, era la respuesta que les daba a todos.

                Medio año después de que el libro hubiera comenzado a distribuirse, fui de nuevo hasta Santuario, en esta ocasión el Maestro necesitaba ausentarse unos días y me pidió que fuera a relevarle, bueno, es un decir porque al maestro nadie puede relevarle porque él es único, en todo caso podemos ir a intentar cubrir parte de ese vacío que deja cada vez que se ausenta.

                Nada más llegar, el Maestro que sabía cuánto me gustaba escuchar historias de peregrinos, me pidió que me sentara junto a él en la sala en la que se recepcionaba a los peregrinos y me dijo que me iba a contar una historia que le había ocurrido un mes antes y estaba convencido que me iba a gustar. Aquella afirmación, que nunca la hacía hizo que despertara mi interés por escucharla.

                Comenzó a comentarme como un día, cuando ya habían llegado al albergue la mayoría de los peregrinos, llego una mujer de unos cuarenta años que se registró como lo hacían los demás peregrinos después de escuchar los consejos que él siempre solía darles cada vez que llegaban.

                El Maestro, no solo se interesaba por las condiciones físicas de los que llegaban hasta allí, eso se veía a simple vista, también y sobre todo, le interesaban los motivos de la peregrinación y en esos momentos era cuando se hacía una idea de la persona que estaba acogiendo.

                Aquella peregrina le pareció una más de esas que es el camino el que la dirige hasta allí ya que no se han propuesto ninguna programación previa y llegan hasta donde sus pies le conducen.

                Acomodó a la peregrina que pasó desapercibida el resto de la tarde, no volvió a intercambiar más palabras con ella hasta la hora de la cena en donde se sentó cerca del lugar en el que el Maestro solía hacerlo.

                Cuando terminaron la cena, el maestro les ofreció a todos los peregrinos subir a la oración que se hacía en la pequeña capilla advirtiéndoles que aquello no era obligatorio, solo debían subir los que desearan hacerlo y el resto podían quedarse por las dependencias del albergue.

                El Maestro, se adelantó a los peregrinos para ir preparando la pequeña capilla. Ponía en marcha un pequeño aparato de música donde se emitían muy suavemente, de forma casi imperceptible cantos gregorianos y luego encendía media docena de velas que conferían esa magia especial a aquel lugar y fue esperando la llegada de los peregrinos.

                Cuando la peregrina entro en la pequeña capilla, la miro y rompió a llorar, el Maestro se fue hacia ella y trató de consolarla, pero la peregrina se encontraba en un estado emotivo que le impedía controlar los pequeños espasmos que producía su cuerpo.

                Durante la oración, el Maestro observó a la peregrina que miraba con interés todo lo que había en la pequeña capilla y más que ningún otro día, deseaba terminar para saber los motivos por los que la peregrina se había emocionado de aquella manera.

                Cuando terminó la oración, hizo un gesto a la peregrina para que esperara y cuando todos abandonaron la capilla, se sentó con ella en uno de los bancos y la dijo si quería compartir algo con él y de alguna forma podía consolarla.

                La peregrina todavía emocionada, le confeso que se encontraba muy contenta, había perdido la esperanza de encontrar aquel lugar, ya iba a desistir y el camino la había conducido hasta allí.

                El Maestro que sabe siempre lo que hay que hacer en estos casos, no la interrumpió y dejo que siguiera hablando.

                Según le confesaba la peregrina, desde que había leído el libro de Santuario, se había propuesto llegar a ese lugar, pero nadie había sabido darle ninguna referencia de dónde se encontraba por lo que iba dando palos de ciego.

                Busco información de los lugares en los que el autor de aquel libro había estado de hospitalero y cada vez que podía recorría parte de esos caminos. Había estado en el Camino de Madrid, en la Vía de la Plata y en el camino del Norte, pero en ninguno consiguió dar con Santuario a pesar que preguntaba por él en todos los sitios que paraba.

                Cuando comenzó a hacer este camino que ya lo conocía por haberlo recorrido, fue primero buscando esos lugares en los que imaginaba que podía encontrarse Santuario y finalmente optó por ir a donde sus pies la llevaran.

                Ya había perdido la esperanza de encontrarlo, pero al entrar en la pequeña capilla, al ver los troncos del crucero del techo que son la portada del libro, enseguida lo reconoció y por ese motivo no había podido contener la emoción.

                También el Maestro se emocionó escuchando esa historia y sobre todo al ratificar que quien busca algo con tanto entusiasmo, acaba siempre por encontrarlo.

                He de confesar mi emoción al escuchar al Maestro contarme esta historia porque si todas son emotivas, cuando te tocan de una forma directa tienen un plus de emotividad.