almeida –5 de mayo de 2015.

                Es la eterna pregunta que solía hacerme cuando llevaba dos semanas en el camino y siempre me surgía esa duda que llegaba en aquellos momentos difíciles.

                Pero era algo que enseguida se pasaba, no duraba más de uno o dos días y después de reflexionar un poco llegaba a la conclusión que estaba allí, porque allí era donde podía hacer lo que yo quería y lo que me gustaba.

                Con el paso del tiempo, he visto que no era el más raro del Camino, lo mismo que me ocurría a mí, le pasaba a muchos peregrinos y al final, eran peregrinos y llegaban a la misma conclusión que yo, porque había muy pocas cosas que nos diferenciaban.

                Me ha venido este recuerdo a la mente cuando he leído una triste noticia. Mi amigo Ernesto está en ese momento que se pregunta lo mismo, ¿Qué coño hago yo aquí? y se plantea si está haciendo lo que debe hacer.

                Conozco a Ernesto desde hace media docena de años, es un peregrino y un hospitalero impulsivo, de los que llevan adelante sus sueños, porque eso es lo que les da esa fuerza necesaria para disfrutar con lo que está haciendo y siempre le he visto como ese emprendedor que cuando tiene una idea la lleva adelante, bien sea montar un árbol con botellas de vidrio que hasta el Guinness lo recoge, rodearse de la gente diferente para que los peregrinos se encuentren en un lugar distinto a los que vienen haciéndolo en el Camino o una de las cosas más importantes que ha podido crear en su vida, llevar adelante su sueño construyendo un albergue de peregrinos con la acogida tradicional que siempre se les daba, la que él solo comprendía, esa en la que la hospitalidad y el peregrino priman por encima de todo.

                Pero a veces, surge la eterna pregunta y Ernesto se la ha planteado estos días. Imagino que la habrá rumiado mucho hasta que no ha podido más y la ha lanzado a los vientos para compartirla con todos, porque es de los que siempre comparte lo que hace.

                Recuerdo cuando hace poco menos de tres años, en compañía de mi amigo José Maria Maldonado, coincidimos con Ernesto en Grañón, se mostraba entusiasmado y eufórico, había conseguido que su sueño se hiciera realidad y fuimos de los primeros en compartirlo. Nos llevó a la casa que se acababa de comprar para acoger a los peregrinos. Como todos los sueños, lo que es hoy “La casa de las sonrisas” se encontraba dentro de su cabeza, pero él nos fue desgranando todo lo que iba a hacer allí, el cambio que quería darle y como un arquitecto nos fue describiendo cada uno de los planos que estaban dentro de su cabeza.

                He pasado en estos años en varias ocasiones por el albergue de Ernesto, era como si ya lo conociera antes de ver cada nuevo cambio porque él me lo había contado y se estaba haciendo como quería, como lo había construido en sus sueños.

                En varias ocasiones, también ha compartido conmigo esos malos momentos que estaba teniendo que superar, esas zancadillas que iba recibiendo a cada iniciativa que tenía, porque no debemos olvidar que estamos en una sociedad en la que la envidia y sobre todo el diferenciarnos un poco y salir de la norma no encaja en lo que la mayoría piensa. Pero Ernesto ha sabido ir superando cada una de estas adversidades, aunque cuando no depende de nosotros, es difícil poder afrontar los problemas que van surgiendo.

                Algunos se han propuesto hacer un camino a su medida, una especie de “disneycamin” en donde el peregrino es lo de menos, bueno es importante para la estadística y para el resultado final, pero la esencia del Camino, la hospitalidad y el compartir, son conceptos obsoletos y el público demanda otra cosa y en la sociedad de consumo, el público es el que manda.

                El problema es que quienes tienen que manejar el legado del Camino, no piensan como Ernesto que sigue teniendo afortunadamente ideas anticuadas, ahora lo que prima es ese incremento anual y que las previsiones se vayan cubriendo y para ello lo mejor es masificar el camino, hasta que reviente, no importa porque para entonces los que toman las decisiones ya no estarán para ver los resultados de sus políticas equivocadas.

                Algo que era humano, cultural y con unos valores que lo han mantenido doce siglos, hay que exprimirlo al máximo para que siga dando esos resultados que las mentes torticeras están buscando y desde algunos despachos, personas que no han pisado el camino ni uno de estos albergues, van dirigiendo hacia la destrucción los designios de esta senda milenaria.

                Primero fueron políticas de masificación de lugares de acogida, cuando era algo que tenía que haber ido creciendo de forma natural y ya se sabe, cuando se ve negocio, algunos se lanzan a él y cuando los resultados a fin de año no cuadran se buscan todas las argucias para conseguirlo, no importa que el peregrino deje de ver esa magia que estaba buscando, al fin y al cabo, es alguien que posiblemente no vuelva y no importa que se lleven mala impresión, ya llegaran más porque la vaca sigue dando leche.

                Pero cuando las ubres comienzan a secarse, hay que buscar nuevos pastos y es entonces cuando se inventa la parte turística del Camino. Es algo que los operadores del gremio dominan a la perfección y nada mejor que ponerse en manos de ellos para conseguir que siga llegando gente, aunque se vayan desencantados, pero el objetivo de que las previsiones cuadren es lo prioritario y de esa forma la magia que algunos buscaban en esta ruta sacra se va diluyendo hasta que desaparezca por completo.

                Afortunadamente, en medio de este océano tan inmenso que se está convirtiendo el Camino, todavía se conservan pequeños islotes en los que poder encontrar lo que algunos buscan, son esos oasis que en el momento que desaparezcan no tendremos nada donde aferrarnos y acabaremos hundiéndonos de forma irremediable.

                Lugares como Grañon, Tosantos, Bercianos, Fuenterroble, Bodenaya, San Roque, Puente Duero, Arres,………y la Casa de las Sonrisas, mantienen esa esencia que los PEREGRINOS buscan, porque saben que allí se encuentra la magia que diferencia a este Camino sobre las demás rutas de senderismo.

                Pero hay otros peregrinos, esos de la masificación, los que van en minúscula, que cada vez abundan más, que ven estos sitios como esos lugares en los que por esnobismo hay que estar y creen que se mantienen con el maná de no sé quién y cuando se van de allí, con muestras de alegría piden que se sigan conservando estos oasis mientras ellos cubren su conciencia dejando esas monedillas que les resultan pesadas para la nueva jornada que tienen por delante y no quieren ver que para recibir lo que se les ha dado, el hospitalero muchas veces tiene que hacer equilibrio con el presupuesto porque “Iberdrola o las eléctricas” no se trata de ningún santo del camino y cada mes visita el albergue regularmente en forma de recibo que hay que satisfacer y la comida y el desayuno que se les ofrece no proviene de los restos del mana que en su día abundó por el Sinaí.

                Hay que dejar de ser hipócritas y llamar a las cosas por su nombre y a esos que buscan estos lugares para ajustar su presupuesto porque así tienen para unas copas, es necesario hacerles comprender que están consiguiendo que personas como Ernesto se lleguen a plantear lo que están haciendo.

                Cada vez estoy más convencido que el camino tiene sus días contados. Afortunadamente, porque en este camino cada día vemos a muchos disfrazados de peregrinos que no debían mancillarlo y mientras lo sigan haciendo, estarán contribuyendo a su desaparición.

                Esta reflexión que hago no es para ellos, seguramente la mayoría de los que he pensado mientras lo escribía no lo llegarán a leer y si lo hacen seguro que ni se dan por aludidos porque carecen de conciencia para ello, pero tampoco me importa. Pienso mientras escribía estas líneas en personas como Ernesto que no deben permitir que cuatro, cuatrocientos o cuatro mil indeseables le roben su sueño, porque si permiten que se lo roben, el Camino perderá parte de esa magia que gente como Ernesto supo darle un día.

                Espero que como nos suele ocurrir esos días malos del Camino en los que nos preguntamos ¿Qué coño hago yo aquí?, sea eso, solo un día malo y la reflexión nos permita ver que estamos haciendo lo que queremos, lo que nos gusta.

                Ernesto, amigo, sabes que el Camino no es eso, es mucho más, tú lo has vivido, lo vives y lo vivirás, pero como me decía un buen amigo hospitalero, cuando se van los peregrinos, hay que tomarse un tiempo para sacudir el felpudo, ese felpudo mental que suele acumular demasiadas cosas; vivencias, sentimientos, emociones y también por qué no, un poco de basura que hay que dejar fuera porque si no nos llevan a momentos como los que estás padeciendo.

                Tomate unos días, sabes donde puedes hacerlo y por el Camino y por los que pensamos como tú, hazlo.

                Un abrazo hospitalero.