almeida –5 de mayo de 2015.

morcilla

                El otoño se encontraba bastante avanzado, el número de peregrinos había descendido de forma considerable y lo máximo que llegamos a acoger fue a media docena de personas uno de los días que me encontraba en aquel albergue.

                Era un sitio especial, de esos que no aparecen en las guías de peregrinos como final de etapa, por lo que solo llegan hasta allí aquellos que desean hacerlo o los que el camino determina de una manera u otra que tienen que llegar.

                Algunos lo considerarían el albergue más humilde del camino ya que no dispone ni tan siquiera de literas en las que poder descansar, pero todos, cuando salen de allí al día siguiente, aseguran que es el lugar más acogedor de todos cuantos han estado ya que se sienten reconfortados no solo en el cuerpo sino también su alma ha conseguido encontrar esa paz que tanto necesitaban cuando pusieron sus pies en el camino.

                Como el pueblo no dispone de ningún servicio, desde que se comenzó a acoger a peregrinos, se les proporciona una humilde pero nutritiva cena y por la mañana se les ofrece un suculento desayuno con el que pueden afrontar con energías renovadas esa jornada.

                Me gustan especialmente estos días en los que son contados los peregrinos que se acercan hasta el albergue, ello me permite de alguna manera disfrutar más de cada uno de ellos ya que en las largas horas de la tarde en las que no hay nada que hacer, se comparten muchas cosas, sobre todo esas que va percibiendo cada uno de los peregrinos que acogemos.

                También suelo en estas ocasiones ser un poco bromista, sobre todo con aquellas personas que como yo, proceden de algún lugar de Bizkaia. En ocasiones me doy cuenta nada más verles entrar o escuchar lo que dicen pero cuando esto no ocurre, al ver las credenciales en las que figura su procedencia, antes de decirles que procedemos del mismo lugar suelo hacer alguna broma con ellos.

                En esta ocasión, no hizo falta, como se suele decir coloquialmente, me lo pusieron a huevo para una de las bromas que mejor recuerdo me han dejado de mi estancia como hospitalero.

                Llegaron dos peregrinos que según ponía en las credenciales procedían de Bilbao. Se habían tomado la etapa con bastante calma ya que los anteriores que habían salido del mismo sitio que ellos habían llegado tres horas antes al albergue, pero como me confesó Kepa, cuando llegaron al pueblo anterior, decidieron quedarse a comer y a descansar un buen rato antes de afrontar los últimos kilómetros para llegar a donde el camino les había dicho que debían quedarse ya que ellos no llevaban ninguna planificación establecida.

                Les fui explicando las cosas que tenían en el albergue y los servicios que se ofrecían a los peregrinos que acogíamos y cuando hube terminado, Kepa me pregunto.

                -¿Cómo va eso de la cena?

                -Bueno, le respondí – hacemos una cena comunitaria para todos los peregrinos que llegan al albergue.

                -Pues dinos que tenemos que aportar y yo me encargo de cogerlo.

                -¡Cómo! – Les dije – ¡No habéis traído nada!

                Los dos se miraron y después de unos segundos, Kepa que llevaba la voz cantante me dijo:

                -No sabíamos que había que traer nada, pero es igual, me dices lo que hay que comprar y yo lo compro.

                -Pero en este pueblo no hay ninguna tienda en la que poder comprar nada, eso teníais que haberlo comprado en el pueblo anterior.

                -No sabíamos – balbuceo – nadie nos había dicho nada.

                -Pues viene en todas las guías – les dije – se advierte que se hace una cena comunitaria con los peregrinos y cada uno llama antes para ver qué es lo que tiene que traer y lo compra en el pueblo anterior.

                -Creo que en ésta – dijo sacando la guía del bolsillo de su mochila – no pone nada o al menos yo no he visto nada.

                -Claro – dije al ver la guía – traéis esa que es de las peores que hay, seguro que habéis comprado la más barata y en esa faltan muchas cosas.

                En ese momento pasaban por delante de la recepción dos peregrinos Koreanos que habían llegado los primeros y no tenían ni idea de nuestro idioma y cuando miraron a la recepción les dije en voz alta:

                -Lo que habéis traído para el primer plato, el arroz y la verdura os encargáis vosotros de prepararlo.

                Sonriendo ellos inclinaban la cabeza como asintiendo y haciendo casi reverencias, aunque no comprendieron nada de lo que les estaba diciendo.

                -Estos les dije, llamaron por teléfono y se han encargado del primer plato, luego nos van a preparar un arroz con setas y verduras que han comprado.

                Cuando estaba a punto de soltar una carcajada viendo la cara de aquellos que lamentaban parecer unos gorrones por no haber traído nada, sonó el teléfono y estuve atendiendo una larga llamada de uno de los hospitaleros que habitualmente suelen ir al albergue y quería saber el tiempo que hacía ya que en una semana vendría a reemplazarme.

                En ese momento vi que llegaba una peregrina, por lo que salí a atenderla y mi compañero se encargó de acompañar hasta el cuarto a estos peregrinos que ya estaban registrados y por supuesto se me olvidó decirles que lo que les había comentado era simplemente una broma.

                Media hora después, vi a Patxi, el otro bilbaíno hojeando el libro de registro de peregrinos. No me extrañó ya que es frecuente que muchos lo hagan comprobando si ha pasado alguien con el que han compartido una parte del camino o simplemente desean saber la procedencia de los que están haciendo el camino.

                Pasaron más de dos horas sin volver a verles, imaginé que se encontraban descansando, algunos pasan de esa forma la mayor parte de la tarde ya que en el patio del albergue comienza a refrescar por la tarde y se encuentran mejor en el calor de las habitaciones.

                Mi sorpresa fue cuando les vi llegar por el camino que siguen los peregrinos que van llegando, cada uno de ellos traía en su mano una bolsa y nada más verme me sonrieron y fueron a mi encuentro.

                -Arreglado – dijo Kepa – como he visto que estamos seis personas y con vosotros ocho, hemos comprado tres morcillas y cuatro txuletas que podemos trocear, también hemos cogido dos barras de pan y dos botellas de rioja.

                -Pero no hacía falta, era una broma que os quería gastar.

                -Ni broma ni leches – dijo Patxi – tenías razón, debíamos haber llamado antes de venir.

                Les expliqué que se trataba de una broma que me había atrevido a hacerles y nunca hubiera pensado que iban a recorrer diez kilómetros, cinco de ida y otros tantos de vuelta para ir hasta el pueblo anterior a comprar la cena, eso lo hacíamos diariamente nosotros y teníamos provisiones suficientes en el almacén para los peregrinos.

                -Pues hoy, hacemos un extra – matizó Kepa.

                Traté de pagarles el importe de lo que se habían gastado, pero no hubo forma, no quisieron aceptarlo y ante la extrañeza del resto de los peregrinos, esa noche hubo una cena especial en el albergue.

                La peregrina que había llegado en último lugar, una andaluza muy salada, al ver aquellas viandas que no las había probado desde que salió de casa, me preguntó si todos los días se trataba así a los peregrinos en el albergue.

                Confesé mi exceso verbal y cómo mis palabras habían llevado a los peregrinos a portarse de aquella manera y ella solo dijo:

                -¡Tenían que ser de Bilbao!