almeida – 17 de mayo de 2014.

Una de las lecciones importantes que se pueden aprender en el Camino es la que nos enseña a afrontar nuestros miedos, nos hace pensar durante mucho tiempo, a veces ese tiempo con el que no contamos en nuestra vida diaria, y nos va haciendo ver todas las opciones que tenemos a nuestra mano para saber como afrontar las cosas que más nos inquietan.

Algunos buscan en el Camino esos momentos íntimos en los que vamos caminando solos, y aunque nos encontremos acompañados, siempre tratamos de buscar esa intimidad que tanto necesitamos, ya que en la vida diaria nos sentimos agobiados por todas las cosas y las personas que constantemente nos rodean.

Otros, en cambio, buscan lo contrario; desean estar siempre con otras personas, quieren rodearse de gente, aunque esta no les aporte nada, esa es la única forma en la que se sienten protegidos y cuando no encuentran a nadie, lo buscan desesperadamente hasta que encuentran a esas personas con las que poder ir caminando, porque van a transmitirle esa confianza que tanto necesitan.

El Maestro me habló en una ocasión de Darío. Era un peregrino que estaba haciendo el Camino en los duros días de otoño, cuando el Camino presenta una fisonomía muy especial y los días se van haciendo cada vez más cortos, por lo que el número de peregrinos suele disminuir de una forma considerable.

Cuando Darío llegó a Santuario, únicamente habían llegado ese día dos peregrinos, eran un matrimonio de avanzada edad y una hora más tarde llegó un peregrino extranjero, fueron los cuatro únicos peregrinos que ese día se quedaron en Santuario.

Darío deambulaba por las diferentes estancias de Santuario y trataba de establecer una relación con los otros peregrinos, pero se percató que eran muy diferentes a él y apenas podían compartir nada pues no tenían nada en común.

Repentinamente, fue sintiendo un fuerte dolor en una pierna y se lo comunicó al Maestro, este le condujo a una pequeña sala e hizo que se sentara en el sofá. El Maestro puso sus manos en la pierna dolorida y fue captando la energía que a través de la mano sentía de la pierna del peregrino.

Según estaba tratando de aliviar su dolor, fue conversando con el joven y con las preguntas bien estudiadas, se percató que el mal que padecía el peregrino, era su miedo a afrontar la soledad con la que estaba caminando, eso era lo que le impedía dar un paso y lo que estaba provocando ese dolor imaginario que se había establecido en su pierna.

El Maestro, que sabía mucho mejor como solucionar las dolencias del alma que las del cuerpo, le recomendó a Darío que lo mejor que podía hacer era quedarse un par de días descansando, hasta que se hubiera recuperado, y cuando él se sintiera con fuerzas suficientes; entonces, podía reiniciar su camino.

Se quedó dos días en Santuario, aunque lo hacía tratando de molestar lo mínimo, pero el Maestro, que sabía como actuar en estas situaciones, le fue dando consejos para ayudarle a afrontar ese miedo que tenía a la soledad. Le explicó que las personas se sienten solas únicamente cuando ellos lo desean ya que disponemos de una mente prodigiosa con la cual podemos visitar los lugares más recónditos y, si lo deseamos, también podemos sentirnos rodeados por las personas que queramos, solo era preciso que nos lo propusiéramos y siempre terminaríamos consiguiéndolo.

Los días que pasó en Santuario, Darío ayudó al Maestro en las labores que diariamente tenía que hacer y cuando llegaba algún peregrino, se sentaba en el sofá para escuchar los consejos que el Maestro sabía dar a cada uno de los que llegaban, todos tan diferentes, pero todos resultaban muy acertados.

Poco a poco, se fue dando cuenta de lo que el Camino le podía ofrecer, le enseñaría a quitar esos miedos que tanto le angustiaban y sería capaz de continuar solo el Camino, no le hacía falta nadie para encontrar lo que había venido a buscar sin darse cuenta que para eso había venido al camino.

El segundo día que se encontraba en Santuario, llegó un grupo de cinco jóvenes con los que Darío intimó y con los que pasó la mayor parte del día conversando en el jardín con ellos.

El Maestro se imaginó que al día siguiente, Darío se marcharía con aquellos jóvenes, por eso se sorprendió cuando nada más desayunar vio que se disponía a partir solo, sin esperar a los jóvenes que todavía no habían bajado a desayunar.

—¿Te vas ya? —le preguntó.

—Sí, creo que debo salir cuanto antes y, como me dijo usted, ya no volveré nunca a encontrarme solo, gracias por los consejos que me ha dado y por el tiempo que ha sabido pacientemente dedicarme.

El Maestro le abrazó y mientras le veía alejarse, comprendió que una vez más, el Camino le había aportado a un peregrino lo que este buscaba, aunque todavía él no lo supiera.