almeida – 27 de mayo de 2014.

Hace dos semanas, llegó hasta el albergue una peregrina que se encontraba en malas condiciones físicas. Además de una tendinitis que arrastraba desde días antes, los cambios de tiempo le habían ocasionado un fuerte resfriado que la producían fiebre.

El afán de seguir adelante y no perder la compañía que durante varios días habían constituido ese bordón en el que los peregrinos nos apoyamos sobre todo en los momentos difíciles, no la permitía ver las consecuencias que tendría su decisión si9 seguía adelante, por eso la aconsejamos que por unos días diera descanso a su camino y se quedara en el albergue para recuperarse completamente.

La joven aseguraba que a la mañana siguiente se encontraría de nuevo en condiciones de continuar, pero solo era un deseo, la realidad era muy distinta y la fiebre no remitía.

No le quedo más remedio que seguir nuestros consejos. Si deseaba terminar con éxito su Camino, el descanso se hacia obligatorio, de lo contrario una o dos jornadas después se agravarían las dolencias que arrastraba y no le quedaría más remedio que dar por finalizado su Camino y regresar a casa.

Fueron cuatro días los que se quedo en el albergue y fue disfrutando del Camino de una forma desconocida para ella. Comprendió que la hospitalidad es la esencia de este Camino y cuando no se encontraba en la cama, le agradaba ver a los que llegaban, sobre todo, si eran compatriotas suyos con los que conversaba durante largo tiempo.

Como siempre ocurre, el Camino va seleccionando las personas que tienen que caminar a nuestro lado y el día anterior a su marcha, llegaron dos jóvenes de su país con los que la peregrina se encontraba especialmente a gusto y decidió continuar con ellos la ultima parte del Camino que le restaba por recorrer.

En estos casos, todos los consejos nos parecen pocos con las personas a las que nos une un gran afecto y fuimos poniéndonos en las peores situaciones que podían llegar y le fuimos diciendo como debía comportarse en cada uno de esos casos.

La marcha de esta peregrina, nos dejo un tanto contrariados porque nos habíamos acostumbrado a su presencia. La veíamos alejarse con pena, pero a la vez nos sentíamos felices de ver que gracias a la acogida que la habíamos dispensado, podía reiniciar su camino y seguramente hasta podría finalizarlo.

El día que salio, estábamos en el albergue pendientes del teléfono por si las fuerzas no la permitían finalizar su jornada y debíamos ir a recogerla, pero casi a la hora prevista recibimos un escueto mensaje: “he llegado bien, ya estoy descansando en el albergue”.

Son tantos los peregrinos que vas recibiendo cada día, que en muchas ocasiones llegas a olvidarte casi de los que estuvieron la jornada anterior, aunque siempre hay excepciones y el caso de la peregrina lesionada era una de esas que esperas volver a tener noticias de ella, para saber como le ha ido en su camino.

A las dos semanas de su marcha, de nuevo llego un mensaje: “he llegado a Santiago y me encuentro bien, gracias por haberme ayudado a conseguirlo”

Fue una satisfacción comprobar como en ocasiones, la experiencia y la paciencia son capaces de lograr lo que parecía imposible y el hecho que la peregrina pudiera dar por finalizada su peregrinación con éxito, era algo que dos semanas antes, todos hubiéramos puesto en duda.