almeida – 27 de mayo de 2014.

Juan y Pepa llegaron a Santuario bastante cansados, yo diría que estaban extenuados, por lo que nada más verles llegar, ayudé primero a Pepa y luego a Juan a desprenderse de sus mochilas. Les ofrecí un vaso de agua fresca y les dije que se sentaran mientras recuperaban las fuerzas. Pepa se dejó caer en el sofá, según ella, se encontraba muerta, Juan, en cambio, se acercó a uno de los bolsillos de su mochila de donde cogió las dos credenciales y un monedero que puso encima de la mesa.

Habían tenido un día muy caluroso y, por querer avanzar un poco más, no se detuvieron en el pueblo anterior y habían estado caminando los últimos kilómetros cuando más calor hacía bajo un sol abrasador.

Cuando les fui explicando lo que iban a encontrar en Santuario y como les proponía que pasaran el resto del día, observé que los dos se miraban como si les estuviera sonando extraño lo que les decía.

—¡Qué no tenemos que pagar nada por quedarnos aquí! —dijo él.

—Bueno —les respondí —yo no he dicho que no tengáis que pagar nada, he dicho que por estos servicios no se cobra nada a los peregrinos, pero ahí tenéis una caja de donativos para que mañana, antes de marcharos, contribuyáis con lo que podáis o lo que queráis para el mantenimiento de este lugar que tiene que seguir funcionando con los donativos que dejan los peregrinos.

—¿Y por la cena y el desayuno tampoco hay que pagar? —preguntó Pepa.

—Por eso tampoco se os va a cobrar nada —dije —eso también lo dejáis con el donativo que estiméis conveniente.

—¿Pues ya me dirás dónde está el truco? —insistió Juan.

—Muy sencillo —le respondí —este lugar lo levantaron los peregrinos, sirve para acoger a los peregrinos y es mantenido por los peregrinos, ese es el único truco que hay aquí.

Juan me confesó, que cuando decidieron hacer el Camino, fue porque le hablaron de un espíritu especial que solo se vivía aquí, pero desde que comenzaron a caminar les estaban cobrando por todo, ya no lo veían como esa cosa especial de la que les habían hablado, para ellos no era más que un negocio y estaban muy descontentos con lo que habían vivido hasta el momento, solo faltaba que les cobraran por respirar.

Me hablaron de algunos casos sangrantes, como unas naranjas que les habían cobrado a cuatro euros el kilo; y de algunos sitios donde con engaños les ofrecían cosas que ellos pensaban que se las estaban regalando y luego les cobraban cantidades que les resultaban desorbitadas.

Cada vez estaban más desencantados, incluso habían hablado de dejar el Camino y continuar con sus vacaciones en otro sitio donde al menos les cobrarían por los servicios que ellos utilizaban.

—Por eso seguramente es por lo que habéis llegado hasta aquí – les dije.

—No lo sé —dijo Juan —la verdad es que ya estamos escarmentados y un poco quemados.

—Pues a ver si a partir de ahora comenzáis a ver el Camino de una forma diferente.

Cuando bajaron de la ducha, los hospitaleros nos encontrábamos comiendo y les invitamos a que se sentaran a la mesa. Ellos al principio recelaron de nuestro ofrecimiento, pero mi compañero, al que le había hablado de estos peregrinos, cogió a Pepa del brazo e hizo que se sentaran a la mesa con nosotros y con otros peregrinos.

Parecían más animados que cuando llegaron, ya no hablaban de las malas experiencias que habían tenido en el camino, solo recordaban las cosas buenas que les habían ocurrido.

Cuando terminaron de comer, me dijeron que se iban a acercar al bar para tomar un café, pero les dije que estaba a punto de hacerse el que había puesto en la cafetera y que les serviría un café también a ellos.

Juan, instintivamente hizo el ademán de sacar su monedero y le dije que era mejor que lo guardara en su bolsillo más profundo ya que si no, corría el riesgo de que se le perdiera.

A las seis fueron con gran parte del grupo a visitar la ermita que está en la montaña y todos volvieron encantados con lo que habían visto.

Luego participaron de forma muy animada en la elaboración de la cena, Juan era especialmente divertido y le salió la vena chistosa, se pasó casi una hora contando chistes, tenía una memoria prodigiosa y daba la impresión que enlazaba uno con otro sin apenas respirar.

Durante la cena, los dos que se habían sentado a mi lado, me dijeron que querían ayudar llevando los platos de las patatas a la Riojana que yo iba llenando con un cazo. Cuando alguien terminaba lo que le habían servido, ellos se levantaban y cogían su plato para llenarlo de nuevo.

En la oración les vi muy integrados pues se encontraban cogidos de la mano y participaron de una forma muy activa e intensa en lo que allí se hacía.

Cuando terminó la oración no les volví a ver porque me fui a un lugar apartado a hablar por teléfono; y cuando regresé la mayoría de los peregrinos se encontraban acostados.

Por la mañana, cuando bajaron a desayunar, su semblante era diferente, habían cambiado. Cuando vieron la abundancia que había sobre la mesa, se mostraron sorprendidos, nunca habían contado con un desayuno tan abundante y tan variado, por lo que saciaron el apetito que tenían y cogieron las fuerzas que ese día iban a necesitar hasta finalizar su jornada.

Cuando vi que se acercaban a la caja donde se recogían los donativos que dejaban los peregrinos, me fui a la calle a fumar un cigarrillo, me gustaba despedir allí a los peregrinos que ya se habían puesto su mochila y comenzaban a caminar. En la puerta de Santuario se les despedía con un abrazo.

Cuando llegaron Juan y Pepa, al darles un abrazo, los dos me confesaron algo emocionados:

—Tenían razón cuando nos dijeron que el Camino pose un espíritu especial y en este lugar hemos comenzado a sentirlo.

Por eso teníais que llegar hasta aquí —les dije —para que veáis que ese espíritu existe y que vosotros estabais haciendo otro camino y parabais en los lugares equivocados.

—¿Y cómo podemos saber dónde tenemos que pararnos? —preguntó Pepa.

—Esto —les dije —son todos los albergues que os vais a encontrar hasta que lleguéis a Santiago. Como podéis ver, son muchos, pero los que tienen una cruz al lado son los que os he marcado ya que no están montados como un negocio y como este, se mantienen con el donativo que dejan los peregrinos.

Vi como se alejaban y percibí en sus caras que lo hacían con la ilusión de reencontrarse con ese camino del que un día les hablaron y que ellos estaban comenzando a encontrar.