almeida –  21 de enero de 2017.

            Los campos extremeños por los que estaban pasando Luís y Juan eran especialmente hermosos en primavera, les daba la sensación que la naturaleza estaba naciendo por primera vez y lo hacía con una luminosidad que a los dos les impactó de una forma increíble.

            Unos días antes, habían cogido sus bicicletas y desde la más occidental de las provincias andaluzas habían comenzado su Camino hacia Santiago, tenían por delante quince días que no esperaban que les aportaran tantas sensaciones como estaban sintiendo.

            Iban prácticamente solos, únicamente cuando llegaban a algún albergue en donde pernoctaban, se encontraban con otros peregrinos que también estaban disfrutando de las mismas sensaciones que estaban recibiendo ellos.

            Los contrastes que estaban viendo eran especiales, pensaban que se iban a encontrar un camino muy homogéneo, pero enseguida se dieron cuenta de las diferencias que había de una comarca a otra por las que pasaban y cada una de ellas les fue dejando una impresión muy especial.

Se dedicaban profesionalmente a la música y para los dos cada día que estaba pasando era como una sinfonía concentrada con mil sensaciones que estaban llegando cada día a sus sentidos, todo lo que iban viendo se quedaba en su cabeza y cuando trataba de salir lo hacía en forma de notas musicales, era la sinfonía perfecta, la composición soñada con la que todo compositor sueña en alguna ocasión y ellos la tenían compuesta en sus cabezas.

Cuando se disponían a llegar a Zamora, se cumplirían diez días de su camino, habían quedado en la perla del Duero con una amiga y cuando hablaron con ella por teléfono para saber a la hora que llegaban y donde se iban a encontrar, la joven les dijo que si necesitaban alguna cosa y casi sin pensarlo Luís le pidió que le llevara papel pautado, necesitaba sacar de su cabeza todo aquello que se había ido formando en ella.

Como un torrente, fue saliendo todo de su cabeza, era una primera tormenta de ideas a la que le iría dando forma cuando estuviera más pausado y reviviera con calma ese camino que estaban haciendo.

A partir de ese día, siempre escuchaban a la naturaleza, algunas veces eran los silencios que se encontraban en el camino y en otras ocasiones eran todos los sonidos que les llegaban de uno y otro lado los que iban conformando esa sinfonía que desde ese momento se convertiría en su obra, esa obra tan especial para ellos, que les sugería todas las cosas que habían ido garabateando en el pentagrama.

Cuando llegaron a Santiago, dieciséis días más tarde, no solo habían cumplido el objetivo que inicialmente se propusieron, también habían conseguido esa obra que todo compositor busca poder crear en algún momento de su vida.

Cuando regresaron a casa, casi antes de descansar, se pusieron a trabajar en su obra, ahora había que pulirla y que no se escapara ninguno de esos momentos tan especiales que habían vivido.

Concentraron todo lo que fue brotando de su imaginación en dieciséis minutos, uno por cada día que habían pasado en el camino y su sinfonía de plata, esas voces que el camino les había proporcionado en cada una de las pedaladas que daban, quedó registrada en el pentagrama componiendo esa melodía perfecta en la que la armonía de cada una de las notas no solo era única, también representaba un recuerdo del camino que habían vivido.

Ahora Luís y Juan cada vez que desean sentir el camino solo tienen que escuchar o interpretar la obra que les devuelve cada uno de los momentos que pudieron sentir en el camino.