almeida – 24 de mayo de 2

peregrino

            Tenía un trabajo que le apasionaba, pero a la vez era para él muy estresante ya que se involucraba mucho en lo que hacía y cada uno de los problemas de los demás lo asumía como suyo.

            Desde que terminó sus estudios de psicología, se había dedicado a trabajar con jóvenes que tenían problemas de autismo y cada día de trabajo daba lo mejor de sí y la jornada laboral no se acababa nunca ya que en sus horas libres y en los días de descanso, los problemas de los jóvenes con los que trabajaba seguían estando en su cabeza hasta que llegó un momento que ya no podía dar más de sí y comprendió que si no cortaba su ritmo de trabajo, los problemas acabarían absorbiéndole y quizá cuando se diera cuenta de ello y tratara de poner remedio ya sería demasiado tarde.

            Le propusieron coger unas vacaciones, pero él sabía que eso no solucionaría nada ya que unos días fuera de la rutina no le apartaría de ella y cuando surgiera algún problema, siempre estaba localizado a través del teléfono móvil. Tenía que desconectar de forma permanente y la única solución era dejar temporalmente el trabajo durante un espacio prolongado de tiempo. Cogería un año sabático y de esta forma, durante este tiempo estaría alejado de los problemas que tanto le angustiaban y luego comenzaría de nuevo en el mismo lugar o en otro sitio diferente.

            Adrián conocía el camino, anteriormente siempre había sido su válvula de escape cuando la presión que soportaba era demasiado fuerte. Por eso no lo dudó ni un instante. Lo que ahora más necesitaba era volver al camino, de esa forma sabía que nada más poner sus pies en el, su mente se olvidaría de todo y estaría únicamente centrada en lo que cada instante estuviera viviendo.

            Comenzaría a caminar desde la puerta de su casa, vivía en el sureste de la península y recorrería una ruta larga, poco transitada y con escasa infraestructura. Pero eso era lo que en ese momento más necesitaba, tenía que disponer del tiempo suficiente para pensar o quizá para no pensar en nada, ya lo había hecho excesivamente cuando estaba trabajando y tenía que dar un descanso a su mente.

            Como él se imaginó, la ruta que estaba siguiendo, era muy solitaria, en los primeros mil kilómetros apenas coincidió con un par de peregrinos, pero eso no le importó, más bien consiguió relajarse.

            Durante este tiempo, el mundo también desapareció para él, no leía los periódicos no escuchaba la radio ni veía la televisión, se había aislado de todo lo que estaba ocurriendo fuera del camino, nada de lo que pasara a su alrededor le importaba. Pero el mundo seguía avanzando y se habían producido acontecimientos muy importantes que estaban cambiando la sociedad aunque él no lo sabía.

            Unos días después de ponerse en el camino, un grupo de jóvenes que estaban hartos de la situación social del país, decidieron decir basta y acamparon en la puerta del Sol de Madrid, estableciéndose allí para trasladar a todo el país las reivindicaciones que querían hacer. Este movimiento se fue extendiendo y llegó a los principales pueblos y ciudades del país y en Santiago el lugar elegido para poner sus tiendas de campaña fue la plaza del Obradoiro.

            Cuando Adrián llegó ante la Catedral gallega, al ver tanta gente acampada, lo primero que pensó era que la afluencia de peregrinos estaba siendo tan numerosa que no cabían en los albergues y se instalaban en la plaza compostelana. Según fue accediendo al interior de la plaza e iba leyendo los carteles reivindicativos, se dio cuenta que las protestas eran el resultado del desánimo general que había en el país.

            Pensó que sería interesante informarse de primera mano de lo que los jóvenes demandaban y de esa forma se pondría al día de lo que estaba ocurriendo y de los cambios que se estaban produciendo. Iría hasta el albergue para dejar su mochila y reservaría una plaza para pasar la noche, ya que al día siguiente continuaría hasta Fisterra y luego pasaría la tarde con los acampados.

            Durante el camino que había realizado, cada cuatro o cinco días sacaba el dinero que iba a necesitar de los cajeros automáticos que encontraba a su paso sin darse cuenta que al utilizar otras entidades bancarias que no eran la suya, le estaban cobrando una pequeña comisión por cada operación que realizaba. Cuando llegó a Santiago y fue a una oficina de su entidad bancaria para actualizar su cuenta, comprobó que había pagado más de cien euros en comisiones, lo que le resultó una exageración, por lo que retiró casi todo el dinero que tenía en ese momento en la cuenta y se proveyó para un mes, hasta que le hicieran el siguiente ingreso de la prestación de desempleo, de esa forma no tendría que pagar las comisiones abusivas que le estaban reteniendo.

            Como había previsto, se dirigió a la plaza del Obradoiro que por las tardes se convertía en un hervidero de gente y se informó del movimiento social que estaba produciéndose, comentando la situación con las personas que allí se encontraban.

            Cuando regresó al albergue, no supo si fue un despiste o quizá algún amigo de lo ajeno, pero el dinero que había sacado del banco no aparecía por ningún sitio. Aquel contratiempo alteraba de forma significativa los planes que había hecho ya que deseaba llegar a Fisterra y regresar caminando por la costa hasta Irun, luego cruzaría los Pirineos e iría caminando hasta su casa, en total seis meses caminado, pero los cuatro que aún le quedaban, veía muy difícil poder realizarlos.

            Pero pensó que nada ni nadie podía alterar sus planes, si había llegado hasta allí con muy poco, podía pasar el siguiente mes con menos o con nada. Esperaría al día siguiente a que abrieran el banco y sacaría lo poco que aún le quedaba y con eso podría seguir caminando hasta que no pudiera avanzar más.

            En la cuenta corriente, tenía poco más de doscientos euros, mentalmente hizo cuentas y calculó que para llegar hasta Irun tendría diariamente siete euros, suficiente para pagar el albergue en el que durmiera, para comprar una barra de pan y poco más.

            Se puso en camino y no contó a la gente con la que se encontraba sus desventuras, pero hay un instinto entre los peregrinos que les hace ver quienes van caminando con lo justo y comenzó a experimentar cóomo las personas que se cruzaban con él sabían compartir lo que tenían y cuando no era un plato de pasta, era un cuenco de verdura o una pieza de fruta, siempre hubo a su lado gente generosa que compartía lo que tenían y cuando esto no se producía, esa tarde o esa noche eran de ayuno para él.

            Los primeros días resultaron muy duros y difíciles, ya que la energía que el cuerpo iba perdiendo era necesario reponerla para no desfallecer, pero enseguida se fue adaptando a su nueva situación y ya no sentía la sensación de hambre o de vacío en su estómago. Lo había acostumbrado casi a lo mínimo y así se estaba manteniendo.

            Cuando yo le conocí, llevaba más de tres meses de camino y cerca de tres mil kilómetros recorridos y había perdido veinticinco kilos. Esperaba ansioso el día siguiente ya que tendría un ingreso en su cuenta y según me decía, deseaba darse un capricho, pero aún tenía por delante más de dos meses de camino y no quería cometer excesos a los que su cuerpo ya no estaba acostumbrado.

            Observé cómo saboreaba la copa a la que le invite. Me dijo que hacía mucho tiempo que no sentía el placer de tomar lo que para él antes constituía un hábito diario, pero después de pensar unos instantes, me confesó que las vivencias y sobre todo la sensación que había experimentado con la gratitud de los demás que había tenido durante el mes en el que sobrevivió con lo mínimo, no lo cambiaba por nada. Supe que me estaba diciendo la verdad porque según lo decía, sus ojos brillaban de una manera especial.

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