almeida – 1 de septiembre de 2014.

Hay situaciones a lo largo de la vida en las que sientes como se forma un agrio nudo en la garganta que te impide digerir bien lo que estas viviendo.

Desde que como hospitalero acojo a los peregrinos a la manera tradicional que es la única que yo entiendo, hay dos máximas que me he propuesto siempre seguir; la primera es que en los albergues en los que me encuentre nadie puede reservar previamente un lugar para dormir, es preciso que llegue el interesado personalmente al albergue con su mochila y ocupe el lugar que le corresponde y la segunda es que nunca permitiré que un peregrino antes de decidir quedarse quiera ver el lugar que va a acogerle. El albergue es mi casa de forma provisional y cuando invitas a tu casa a alguien, resulta ofensivo que antes de aceptar la invitación solicite verla.

Pero también con el tiempo, he aprendido que la flexibilidad en las normas las hace mucho más justas y siempre puede haber una excepción a cualquier regla.

Cuando me llamó Ramiro diciéndome que pensaba recorrer el Camino en el que se encontraba el albergue en el que yo estaba, le proporcioné cuanta información me solicitaba y según iba satisfaciendo su curiosidad, las consultas se fueron incrementando y gustosamente le iba dando cuanta información me demandaba.

Ramiro estaba especialmente preocupado por cómo podría afrontar esa primera jornada que le daba mucho miedo porque hacía cuatro años que no había caminado y en estos cuatro años habían ocurrido en su vida una serie de situaciones que lo habían trastocado todo, hasta habían llegado a mermar esa confianza que inicialmente podía haber tenido cuando se propuso este proyecto.

Traté de restar dramatismo a todo lo que me estaba contando y cuando ya se estableció entre nosotros cierta confianza a pesar que personalmente no nos conocíamos, me confesó que se encontraba en un momento muy difícil de su vida porque una extraña enfermedad degenerativa se había instalado en su cuerpo y lo estaba degradando a pasos agigantados y se enfrentaba a la última oportunidad que tenía en su vida para ver cumplido un sueño, volver de nuevo a disfrutar del Camino sintiéndolo bajo sus pies cuatro años después de la primera vez que lo recorrió.

Dudaba tanto que pudiera culminar con éxito esa primera etapa que me hizo una y mil preguntas sobre el horario del albergue, las plazas que disponía, los peregrinos que estaban pasando de media esos días. Le llegué a ver tan angustiado que decidí saltarme una de mis normas y le aseguré que llegara a la hora que llegara, él tendría una litera reservada. Alguien que con una minusvalía de casi tres cuartas partes de su cuerpo se atreve a aventurarse a una cosa semejante merecía que se omitieran ciertas normas, porque su vulneración se encontraba suficientemente justificada.

Cuando recibí una última llamada diciéndome que estaba ya dispuesto a comenzar esa jornada, le propuse que si a lo largo de la misma se encontraba sin fuerzas, no tuviera ninguna duda y me llamara por teléfono e iría con mi coche a buscarlo donde se encontrara.

Pero no hizo falta, ese día Ramiro fue el primero en llegar al albergue aunque lo hizo en condiciones un tanto precarias, la que la falta de costumbre de largas caminatas y la medicación a la que estaba siendo sometido causaron mella en su cuerpo provocándole una tendinitis en el pie izquierdo.

Dejé que se duchara y descansara porque esa era la mejor recuperación que podía hacer. Yo estaba ansioso por escuchar su historia y él estaba deseoso de contármela, pero los dos estábamos convencidos que a lo largo del día surgiría ese momento en el que podríamos hablar con entera libertad y sin ser molestados por nadie.

Seguí recibiendo a los peregrinos que esa jornada fueron superiores a la media de los anteriores días y cuando se encontraban todos descansando, Ramiro se acercó hasta donde me encontraba y comenzó a contarme la historia que le había tocado vivir los últimos cuatro años.

Cuando finalizó su primer camino, se sentía fuerte, era masajista y con poco más de treinta años, se encontraba en ese momento de la vida en la que se puede con todo y Ramiro se sentía con esa fuerza tan vital que no presentía ningún nubarrón que fuera a oscurecerlo todo.

Un día sintió como se le infectaba la garganta y no le dio mayor importancia hasta que notaba como cada día se cansaba más y sobre todo se alarmó cuando al ducharse percibía que en media parte de su cuerpo sentía el agua fría y en la otra media la notaba caliente. Aquello ya no era normal por lo que fue al medico y después de interminables pruebas, le dijeron que padecía una rara esclerosis múltiple degenerativa en la que los glóbulos blancos van actuando sobre la medula y la van degradando.

Se requería ser visto por un especialista y periódicamente estuvo asistiendo a las consultas de un neurólogo hasta que después de un rosario de pruebas y dos años de angustia le dieron el terrible diagnostico; iría teniendo una perdida sensorial gradual y cada vez más acusada que le llevaría a tener que depender de una silla de ruedas para poder mantener una movilidad reducida.

Fue tal el mazazo que sintió que tardó en asimilarlo, no era posible que a su edad se le presentara el negro porvenir que le habían vaticinado y sobre todo no era justo que le estuviera ocurriendo a él.

Comenzó a someterse a un fuerte tratamiento contra la esclerosis y después de sufrir alguna pequeña trombosis decidió pedir una segunda opinión y recurrió a los especialistas de otro hospital que tras estudiar su historial y realizar las pruebas correspondientes, le dieron un nuevo diagnostico.

Padecía una rara enfermedad conocida como el mal de Devic. Se trataba de una enfermedad de origen asiático que afectaba principalmente a las mujeres y según le aseguró uno de los especialistas con los que cogió más confianza, hubiera tenido más probabilidades en su vida de haber acertado un premio a la lotería que haber adquirido aquella rara enfermedad que no se conocen los motivos que la causan, lo que si se tiene certeza es que se trata de una enfermedad degenerativa para la que de momento no se conoce ninguna cura posible.

Se están realizando una serie de pruebas con medicamentos pero sin conocer a ciencia cierta hasta qué punto pueden llegar a controlar la enfermedad, pero era la única alternativa que en esos momentos podían ofrecerle.

Ramiro se fue sometiendo a duras sesiones de quimioterapia y a un tratamiento en el que debía consumir abundantes fármacos a lo largo de cada día.

Iba sintiendo como la enfermedad estaba actuando en su cuerpo y en ocasiones lo hacía a pasos agigantados unas veces con la perdida completa de cualquiera de los sentidos, principalmente le atacaba a la vista y pensaba que no era plan quedarse ciego antes de los cuarenta años y en otras ocasiones lo que perdía era la memoria no acordándose en absoluto lo que había hecho el día anterior y en otras ocasiones tenía dudas de lo que estaba haciendo en esos momentos.

Ramiro que había disfrutado con su primer Camino, no quería que el tiempo corriera en su contra y no pudiera ver su sueño realizado de recorrerlo otra vez por lo que decidió hacerlo cuanto antes. Ahora pensaba que todavía podía valerse por si mismo y no tendría que depender de nadie para ver cumplido ese sueño que quizá fuera lo último que pudiera hacer con la ilusión que tanto deseaba.

Sabía que en el Camino pasan cosas que no ocurren en ningún otro lado y para él, ese Camino representaba su última esperanza y no quería más tarde arrepentirse de no haberlo intentado cuando todavía tuvo la oportunidad de hacerlo.

Ahora, después de la primera jornada sus dudas se habían incrementado de forma ostensible porque en la primera etapa, una inesperada tendinitis le estaba impidiendo caminar como él deseaba.

Por la mañana fue el primero en levantarse, lo hizo media hora antes que los demás, ya me lo había advertido durante la cena que lo haría de esa manera saltándose el horario que se había establecido para el desayuno y comenzaría a caminar antes que los demás se hubieran levantado.

Traté de hacerle cambiar de opinión asegurándole que necesitaba un descanso como los demás peregrinos, pero no estaba dispuesto a compartir el desayuno con los que había en el albergue porque para él representaba un inconveniente ser observado en cada una de las comidas del día en las que debía ingerir al menos una decena de medicamentos y no quería hacerlo ante la mirada incrédula de los demás.

Le di uno de esos abrazos sentidos que se ofrecen a muy pocos peregrinos, fue un abrazo prolongado, tratando de decir muchas cosas en él, esas para las que difícilmente se encuentran las palabras apropiadas porque en estas circunstancias, seguramente esas palabras no existen.

A través de las nuevas tecnologías fui siguiendo cada una de las etapas de ese camino que Ramiro iba compartiendo con aquellos que sabían los motivos por los que lo estaba recorriendo y en esos momentos de debilidad, sobre todo las jornadas siguientes cuando la tendinitis que sufría se fue incrementando, traté de darle esos ánimos necesarios para que siguiera adelante, aunque no hicieron falta porque su voluntad por llegar era más fuerte que todo el apoyo que pudiéramos proporcionarle.

Cuando a través de facebook nos mostró su llegada a la Plaza del Obradoiro sentí una enorme alegría y por fin creo que pude digerir aquel trago amargo que fui teniendo según iba escuchando su historia de sus labios. Imaginé la felicidad que en aquellos momentos estaba sintiendo aquel peregrino y la emoción que tendría y también me emocioné y alguna de mis lágrimas recorrieron el mismo camino que las que se desbordaron de sus ojos mientras contemplaba aquel paraíso pétreo que el maestro Mateo supo plasmar en la fachada de la catedral.

Ramiro, es y será uno de esos peregrinos especiales que han pasado por el albergue de los que guardaré siempre un especial recuerdo y espero ese día en el que de nuevo me llame por teléfono para decirme que vuelve al camino o de forma inesperada se presente a la puerta del albergue y pueda desprenderle de su mochila mientras le doy la bienvenida. Pero, aunque no vuelva a aparecer por el albergue, ya una parte de él impregna las paredes del lugar donde fue acogido y para mí, nunca se habrá marchado del todo.