almeida – 28 de junio de 2016.

            La impaciencia con la que comenzaba ese nuevo camino, hizo que el lugar de seguir la planificación inicial que había realizado la cambiara en el momento que mis pies sintieron el contacto con el camino.

            El autobús me dejaba después de las cuatro de la tarde en Somport y la primera intención era haberme alojado allí para comenzar a caminar al día siguiente, pero según iba acercándome a lo alto del puerto, pensé que la improvisación también debía contemplarla y ese día decidí caminar una docena de kilómetros que me acercaran hasta Villanua donde pasaría la noche.

            La mañana siguiente fue radiante, mientras caminaba, constantemente me daba la vuelta para poder contemplar el amanecer espectacular que se estaba produciendo. El sol estaba comenzando a superar las altas montañas y la nieve que todavía había en las laderas de los montes reflejaba los rayos creando uno de esos espectáculos de la naturaleza que en muy contadas ocasiones podemos contemplar.

            Pronto llegué al primer pueblo de esta larga etapa, en Castiello pensaba hacer una parada para tomar un café, la mañana era bastante fresca y sabía que me iba a sentar muy bien la infusión.

            Desgraciadamente, los escasos bares y restaurantes que había en la pequeña población, a esas horas se encontraban cerrados por lo que sin detenerme nada más que para contemplar el bonito templo de la localidad, crucé la carretera buscando el siguiente lugar donde pudiera hacer esta necesaria parada.

            En el otro lado de la carretera, algo llamó mi atención, era un joven cachorro de pastor alemán, no debía tener más que unos meses de vida y se encontraba suelto por las calles del pueblo. Tratando de ser amable, estiré mi mano para que él la olfateara y le hice algunas carantoñas que el cachorro agradeció encogiendo su cabeza y moviendo su rabo.

            Seguí caminando y observe que el perro me seguía a unos metros de distancia. Pensé que me acompañaría hasta la salida del pueblo y luego se daría la vuelta, pero no fue así, después de dejar atrás la última casa del pueblo, él seguía a unos metros de distancia.

            Me paré y le reñí, le dije que tenía que darse la vuelta, al ver que no hacía caso a mis palabras, le amenacé con el bordón y reculó unos metros hasta que se sintió seguro, pero una vez que retomé el paso, él siguió caminando detrás de mí.

            Vi que había un cauce de un río donde las aguas descendían con bastante bravura, para superarlo había unos mojones de cemento que por los que debía pasar para llegar hasta la otra orilla y pensé que el agua, con la fuerza que bajaba, frenaría el avance de mi inesperado compañero, pero de nuevo volví a equivocarme. El perro como pudo, llegó hasta la otra orilla y la situación ya estaba comenzando a preocuparme.

            Al ser un cachorro, pensé que estaba despistado y si seguía conmigo se iba a perder y no iba a saber cómo regresar de nuevo con su dueño. Creí que lo mejor era atarlo, pero no disponía de ninguna cuerda para hacerlo por lo que me resigne esperando encontrarme a algún agricultor a quien le explicaría la situación para que se hiciera cargo del animal, pero a esas horas tan tempranas no me encontré a nadie en mi camino.

            De vez en cuando, el animal se metía en algunas huertas que estaban cercadas con alambres, deseé que en una de estas escapadas que hacía no hallara la forma de salir, pero siempre encontraba la manera de volver al camino.

            Me fui acostumbrando a su compañía que ahora me estaba resultando agradable ya que tenía alguien con quien conversar. Cuando le hablaba se ponía a mi lado y me miraba como si comprendiera las cosas que le decía.

            Le comentaba que no había sido muy listo por su parte buscando un compañero como yo que le estaba alejando de su casa y de sus dueños y luego no iba a saber regresar, pero a pesar del énfasis que hacía en lo que le decía, comprendí que no me estaba entendiendo y si lo hacía era un desobediente ya que no seguía los consejos que le daba.

            Había un tramo que el camino debía hacerse por el arcén de la carretera y aunque era poco concurrida, de vez en cuando pasaba algún vehículo y sobre todo algunos camiones de gran tonelaje.

            Mi amigo, no debía estar acostumbrado a este tipo de caminos y de vez en cuando avanzaba por medio de la carretera provocando situaciones peligrosas, tanto para los conductores que inesperadamente se encontraban con su presencia y debían evitarlo con un volantazo. Llegó un momento que comenzó a entrame miedo porque empecé a pensar que me vería envuelto en un accidente del que podía salir también perjudicado.

            Ahora mi mente solo pensaba ver la forma que podría desprenderme del animal, había sido una compañía agradable, pero ahora comenzaba a resultar hasta molesta y cuanto antes se apartara de mí, sería mejor para los dos.

            Como nos encontrábamos cerca de Jaca, decidí que allí sería el mejor lugar para que mi amigo se quedara, como no se separaba de mi lado, pensé acercarme hasta la catedral. Entraría por una de las puertas y le obligaría a que se quedara en la entrada, mientras yo saldría por la otra y no me vería.

            No obstante, pensé en una segunda opción por si la primera fallaba, me acercaría hasta la Policía Local o al primer agente que me encontrara, le explicaría el caso y sabía que ellos se harían cargo de él, incluso le devolverían a su pueblo.

            Cualquiera de esas dos soluciones era mejor que dejar que continuara conmigo, aunque su compañía estaba resultando agradable, no soy muy amigo de los animales y desde que ejerzo funciones de hospitalero, siempre he tenido un mal concepto de quienes van al camino con sus mascotas y en ocasiones se puede ver a éstas en unas condiciones muy deplorables.

            Ensimismado en estos pensamientos, llegué a las primeras casas de Jaca y pasé junto a un parque en el que había una zona de descanso con columpios, toboganes y alguna fuente, un lugar idóneo para que los peregrinos hicieran alguna parada en su etapa, sobre todo si hacían un tramo como yo que aún pensaba llegar hasta Arres pasando por San Juan de la Peña.

            En el parque también había algunas personas que estaban con sus perros y mi amigo debió olfatear a alguna compañera que se encontraba en celo y enseguida su olfato lo condujo hasta alguna compañía más agradable que la que yo le estaba proporcionando.

            Al ver el interés que tenía por cambiar de compañero, sin pensarlo dos veces, crucé la carretera para que no pudiera verme y por primera vez me sentí aliviado al caminar de nuevo solo.

            En varias ocasiones me he acordado de este improvisado compañero de camino y he pensado qué habrá sido de él, pero enseguida me viene a la mente el volantazo que un camionero tuvo que hacer para no llevarse por delante al animal y me alegro de que me dejara por una de su especie en aquel parque de Jaca.