almeida – 27 de junio de 2014.

Cuando Francisco me entregó su credencial para que registrara sus datos y pusiera en ella el sello de Santuario, lo primero que llamó mi atención era que apenas había sitio libre para poner ningún sello más, estaba completamente cubierta de ellos y me dijo que lo pusiera en cualquier sitio, no le importaba el orden en el que estuviera ni si lo superponía encima de otro.

Era tal el desorden que no sabía cual era el último que le habían puesto y se lo pregunté, estuvo unos segundos pensando y me dijo la población en la que había descansado esa noche. Era habitualmente el sitio al que llegaban al día siguiente los peregrinos que habían pernoctado en Santuario y me imaginé que estaba haciendo el Camino de vuelta y se lo dije.

—¿Qué, como los viejos peregrinos volviendo a casa caminando en lugar de coger un medio de transporte?

—¡Qué más quisiera yo que volver a casa! —me dijo. Estoy en el Camino y permaneceré mientras pueda en él, ya que es el único lugar en el que encuentro esa paz que tanto necesito y que no consigo encontrar en ningún otro sitio.

Su respuesta me dejó un tanto sorprendido, no me esperaba aquella respuesta, aunque tampoco le pregunté que era lo que me había querido decir, sabía que esto sale de los peregrinos cuando quieren compartir su secreto y si alguien no desea hacerlo, es absurdo hacer cualquier pregunta porque se encierran en ese caparazón en el que no desean que nadie más penetre.

Por la tarde, cuando me encontraba descansando en el jardín, se acercó a donde me encontraba el peregrino, le ofrecí un cigarrillo y, mientras lo liaba, me comentó que hacía un día muy bueno para caminar, pues la temperatura no era muy alta y cuando había algo de viento venía fresco y se agradecía.

—Las noches que llueve algo son buenas para caminar – le dije —hacen que el Camino esté algo más blando y refrescan el ambiente.

—Lo peor —dijo él —es cuando la lluvia cae mientras estás caminando, entonces, por muy bien que te cubras siempre acabas mojándote.

Dio unas caladas al cigarrillo que se había liado y después de un silencio que se había producido, comenzó de nuevo a hablar.

Comentaba lo curioso que era el Camino para la mayoría de las personas que se encontraban en él; por las experiencias que en lo que llevaba caminando había escuchado a algunas personas que estaban pasando por algunas situaciones parecidas a las suyas.

Francisco estaba prejubilado, trabajaba en una entidad bancaria en Italia y le llegó la oferta que le presentaron en uno de los recortes de plantilla que la entidad estaba haciendo después de una fusión con otro banco, tenían que eliminar las duplicidades y lo mejor era hacer el recorte que estaban realizando.

Tenía un hijo que no estaba pasando por una buena situación afectiva y Francisco no sabía como debía afrontarlo. Le preocupaba la tristeza que en ocasiones veía en sus ojos, pero siempre pensó que era un tema pasajero y acabaría recuperándose.

Pero un día, al regresar a casa observó horrorizado que su hijo se había quitado la vida, se había suicidado en lo mejor de su vida.

Fue muy duro aquel suceso, el peregrino me decía que nadie debe enterrar a un hijo ya que cuando se va también se escapa algo de uno y es difícil volver a recuperarlo.

No encontraba la paz y a veces se sentía responsable de no haber prestado más atención a los problemas de su hijo, no había estado a su lado cuando más lo necesitaba y esa idea le estaba martirizando.

Se pasaba muchos días durmiendo porque por las noches apenas podía pegar ojo, la oscuridad le impedía conciliar el sueño y necesitaba encender todas las luces de su casa, pero cuando le vencía el sueño, el simple vuelo de una mosca era suficiente para que se despertara y no pudiera conciliarlo más.

Años antes de este luctuoso suceso, recorrió en una ocasión el Camino de Santiago con unos amigos y le pareció un lugar donde las personas con las que a diario se encontraba transmitían una serenidad que no había visto en otros sitios, por eso decidió volver a este lugar, para ver si encontraba esa paz que su alma tanto necesitaba.

Comenzó a caminar y nada más poner los pies en el Camino, fue sintiendo ese cambio que se estaba produciendo en él, sentía que la paz que tanto añoraba la estaba encontrando en la mayoría de los sitios por los que pasaba, incluso sus ritmos biológicos necesariamente fueron cambiando, pues por las noches, como se encontraba cansado, dormía mucho mejor y durante el día las horas se le iban pasando sin que la pena siguiera agarrotando su corazón.

Cuando caminaba solo, en muchas ocasiones, hablaba con su hijo y lo sentía a su lado, eso era una sensación muy agradable para él ya que estaba comenzando a disfrutar de su hijo ahora que no estaba a su lado.

Todas las mañanas pensaba en lo que le iba a decir, eran tantas las cosas que hubiera querido hablar con él, que se lamentaba de la perdida de tiempo que había tenido, por eso ahora se desahogaba diciéndole todo lo que no le había contado cuando estaban juntos.

Algunas veces había pequeños detalles que le hacían pensar que le sentía, porque había algunas cosas inexplicables que estaban pasando, que en otras circunstancias hubieran pasado desapercibidas, pero ahora prestaba más atención a ellas, imaginando que eran señales que su hijo le estaba enviando.

Se había dado cuenta que su sitio estaba allí, no deseaba volver a su casa, ya que en ella iban a volver esos recuerdos que tanto le angustiaban. En el Camino era feliz porque estaba con la persona que más significaba para él y mientras pudiera, no lo abandonaría como hizo cuando más le necesitaba.

Cuando llegó a Santiago, prolongó su camino hasta Fisterra, ahora estaba desandando los pasos que había dado y cuando llegara de nuevo a Roncesvalles o a Somport, volvería de nuevo a caminar, porque estaba dándose cuenta que cada día era diferente, aunque pasara por el mismo lugar que lo había hecho el día anterior, las sensaciones que estaba teniendo, las personas con las que se encontraba, la climatología e incluso su estado de ánimo eran tan distintos que nunca estaba en el mismo lugar, siempre experimentaría cosas nuevas.

Le comenté que una de las costumbres que había en Santuario era dar lectura a los deseos que dejaban escritos los peregrinos mientras durara el camino que estaba haciendo y si él dejaba escrito su deseo, permanecería en la urna para siempre, ya que su camino era de esos que nunca iba a tener fin.

Aunque los mensajes no estaban firmados y cada día dejaban media docena o más, enseguida vi el de Francisco y lo guardé, permanecería allí para que los peregrinos italianos pudieran leerlo y quise imaginarme que también lo leería algún día Francisco y cuando él hubiera encontrado por completo la paz que tanto necesitaba, seguro que sería él quien lo retirara de la urna en la que se encontraba.