almeida – 23 de mayo de 2014.

Ocurrió en Santuario un suceso que nunca antes se había producido. El Maestro, a pesar de su experiencia y de su veteranía, tampoco recordaba haber vivido una situación parecida, por lo que ese día fue algo especial y todavía la jornada tenía que depararnos alguna nueva sorpresa.

Hasta Santuario llegó un peregrino diferente, nada más verlo, comprendimos que era distinto a los demás, lo que no podíamos imaginar era hasta que punto llegó a ser alguien especial.

Cuando terminamos de registrarle, en un inglés muy básico, fue explicándonos que era un sacerdote católico y que le gustaría celebrar una misa en la iglesia o en la ermita que había en el pueblo.

El Maestro se encontraba con cuatro peregrinas alemanas, eran unas chicas muy jóvenes, pero desde que las escuchó cantar en el patio, las tomó a su cargo. Interpretaban canciones de taize y el Maestro era un apasionado de estos cánticos, por eso las raptó y les fue dando partituras que él conservaba para deleitarse con las interpretaciones que estas hacían.

Daba la sensación que habían estado ensayando mucho tiempo juntas ya que a pesar de interpretar cada canción con tonos diferentes, la armonía era perfecta y la conjunción de las voces resultaba sumamente agradable.

Cuando el hospitalero fue a decirle al Maestro las pretensiones del nuevo peregrino, percibí una emoción en su cara que reflejaba su alegría. Aquel sería un día diferente y completo porque uno de los peregrinos sacerdote iba a celebrar una misa en la bonita ermita del pueblo y cuatro Ángeles con unas voces divinas, se encargarían de amenizar esta misa, no se podía pedir más para que el día fuera perfecto.

Dejó que las peregrinas siguieran con sus ensayos y fue a atender las necesidades que tenía el sacerdote para poder celebrar la misa como mandan los cánones.

—Puedo proporcionarle una estola y un alba y si necesita algo más, se lo podemos pedir al cura del pueblo —dijo el Maestro.

Le fueron traduciendo lo que el maestro le iba diciendo, lo hacían en inglés, que era lo único que a duras penas comprendía el peregrino.

—Con eso es suficiente —dijo el sacerdote.

—Imagino que no llevará un misal —preguntó el Maestro.

—Pesa demasiado para llevarlo conmigo e ir caminando con él —respondió el sacerdote.

—Pues aquí tenemos un misal —comentó el maestro —pero está en castellano.

—No sabría leerlo —dijo el sacerdote —si acaso, podría intentarlo si tienen uno en inglés.

—En inglés no creo que tengamos —se lamentó el Maestro mientras se dirigía a unas baldas en las que guardaba y acumulaba todos los libros que los peregrinos dejaban cuando ya los habían leído.

Después de mirar, se le notaba nervioso por no encontrar lo que le pedían, se lamentó de no encontrar lo que estaba buscando.

-No hay ningún misal en inglés, pero si lo desea, podemos ir a la iglesia que allí seguro que hay uno en latín —sugirió el maestro.

—En latín servirá —dijo el sacerdote.

—Bueno, pues déjelo todo en mis manos, ahora vaya a acomodarse y cuando se dé una ducha, podemos seguir hablando para ver como organizamos todo.

El Maestro se encontraba algo más nerviosos que de costumbre, deseaba que todo saliera a la perfección y él era el encargado de organizarlo todo, no quería dejar ni un cabo sin atar para que todo saliera perfecto.

Cogió el teléfono para llamar al cura que solía venir a celebrar misa una vez a la semana para que le abrieran la iglesia y le proporcionara lo que necesitaba, pero el móvil del sacerdote se encontraba apagado o estaba fuera de cobertura. Dejó instrucciones a uno de los hospitaleros para que siguiera intentándolo.

Él fue dejando sobre una mesa todo lo que iba a necesitar; la estola, el alba, una copa de cristal, un botellín de agua, una botella pequeña con vino y una vela, la mejor que encontró en Santuario. Faltaban únicamente las hostias consagradas, le preguntaría al sacerdote si él disponía de ellas.

El cura del pueblo seguía sin coger el teléfono, se estaba torciendo algo que tenía que haber previsto, aunque esperaba que al final sin el misal también pudieran celebrar la ansiada misa.

Mientras, el Maestro, se volvió a reunir con las jóvenes alemanas, fueron concretando que canciones eran las que interpretarían en cada uno de los momentos de la celebración. Todas estuvieron de acuerdo en lo que les proponía el Maestro, salvo una de las canciones, la del cierre, que una de las peregrinas alemanas propuso otra de las canciones que había en el cuadernillo que interpretada a cuatro voces podía ser el broche perfecto para aquel momento tan especial. Convinieron que de esa forma estaba mejor y quedaron en hacerlo así.

Las jóvenes alemanas siguieron ensayando esta nueva canción para conjuntar a la perfección sus voces y que para todos los que la escuchaban resultara inolvidable.

El Maestro fue comunicando a todos los peregrinos que a las seis les esperaba a la puerta de Santuario para ir juntos hasta la ermita, pues sería un día muy especial porque se habían conjuntado una serie de factores para que así fuera.

Algunos peregrinos extranjeros no comprendieron lo que el Maestro con tanto entusiasmo trataba de decirles y se iban preguntando unos a otros lo que estaba ocurriendo, hasta que todos se pusieron al corriente de lo que el Maestro les había dicho.

El cura del pueblo seguía sin coger el teléfono, como ya se acercaba la hora, desistieron de seguir intentándolo y fueron a comunicárselo al cura peregrino, no habría misal en latín, ya que había sido imposible contactar con el cura y aunque una vecina del pueblo disponía de la llave de la iglesia, no se atrevían a cogerlo sin el permiso del sacerdote.

El cura peregrino le tranquilizó diciendo que no había ningún problema, se arreglarían con lo que tenían. Fueron revisando las cosas que el Maestro había preparado y estaba todo lo necesario. Las sagradas formas las tenía el cura peregrino en una pequeña cajita que reponía en las iglesias del Camino cada vez que se le terminaban.

Antes de las seis, todos los peregrinos que se encontraban en Santuario, estaban esperando a la puerta, nadie quería perderse lo que imaginaban que iba a ser uno de esos momentos especiales del Camino que siempre iban a recordar.

Como si se tratara de una procesión, haciendo una larga hilera, todos los peregrinos seguían al Maestro que iba en medio del sacerdote y de la señora que se encargaba de mostrar la ermita a todos los peregrinos y los turistas que solicitaban verla.

La ermita se encontraba al final de una suave cuesta, se había construido en la mitad de la montaña, en una zona donde los riscos de pizarra la conferían un aspecto muy especial. El interior del templo era pequeño, debió ser muy laboriosa su construcción al tener que retirar la piedra para dejar espacio libre que diera cabida al medio centenar de personas que entraban en su interior.

El Maestro, a quien le gustaba organizar muy bien todo cuanto hacía, pidió a los peregrinos que esperaran a la entrada del templo mientras él lo preparaba todo.

Entró con el sacerdote y cuando colocó cada cosa en su sitio y ayudó al cura a vestirse, mandó llamar a las cuatro jóvenes alemanas a las que ubicó en un lugar preferente del pequeño templo.

Cuando todo estuvo dispuesto, dijo que podían acceder al interior. Según iban entrando los peregrinos, las jóvenes fueron interpretando una de las canciones que habían seleccionado para ese momento.

El sacerdote comenzó la misa en su idioma, resultaba muy curioso en aquella babel donde había al menos diez lenguas diferentes, escuchar una misa en un idioma desconocido para todos ya que el único coreano era el sacerdote, pero la mayoría estaban habituados a seguir la misa en sus países y en todo momento, aunque no lo entendían, comprendían lo que el cura les estaba diciendo.

Cuando llegó el momento de dar lectura a uno de los fragmentos que debía haber leído del misal que no fue posible conseguir, el sacerdote introdujo su mano en uno de los bolsillos de su pantalón y extrajo de el su PDA, buscó un archivo que tenía previamente seleccionado y estirando su mano, fue leyendo el misal que tenía en la memoria de su móvil. Aquello para todos, resultó algo inverosímil, nadie, ni siquiera el Maestro, hubieran imaginado una situación semejante. Si los más ancianos del lugar hubieran asistido a aquella misa, imagino que más de uno hubiera exclamado:

—¡Pero a dónde vamos a llegar!

Aquella celebración, estoy seguro que quienes asistimos a ella no se nos olvidará nunca, no solo fue la misa en coreano y la lectura utilizando las nuevas tecnologías, también contribuyó de una forma muy especial la armonía con la que sonaban en aquel hueco pétreo aquellas deliciosas voces de las peregrinas alemanas.

Todos descendíamos muy satisfechos de la ermita, pero era especial la satisfacción que se percibía en el rostro del Maestro pues para él había sido un día muy especial en el que había disfrutado como nunca.