almeida – 19 de diciembre de 2014.

lobo sierra culebraLa frase “es un animal de costumbres”, nos define claramente que los animales se guían por los instintos que van impresos en sus

genes y raramente se apartan de comportamientos perfectamente definidos.

 

Aunque las normas siempre cuentan con alguna excepción como me comentaba Emeterio cuando me contaba una historia que escuchó cuando era pequeño de labios de su abuelo.

La cercanía de la Sierra de la culebra, ha sido desde siempre un hábitat idóneo para que los lobos se desarrollaran en condiciones favorables porque les ofrecían todo lo que necesitaban para su sustento y el de sus cachorros.

Hace años, la climatología era muy distinta a la que tenemos en la actualidad. Cuando llegaban los meses más crudos del invierno las temperaturas descendían de una manera alarmante y los campos se cubrían con un manto blanco que paralizaba todo, la vida animal daba la impresión que se aletargaba y no había ningún ser vivo sobre la nieve. Entonces los lobos, insaciables, abandonaban sus seguros e inhóspitos hábitat y se aventuraban a descender hasta las tierras más cálidas que normalmente se encontraban habitadas con el consiguiente peligro de un encontronazo imprevisto con el ser humano.

Los animales descendían de las zonas más altas en manadas y atacaban a los rebaños para saciar el hambre que tenían y después regresaban a sus guaridas hasta que necesitaban realizar una nueva escaramuza.

Había un pastor que tenía los corrales donde encerraba a sus ovejas en las estribaciones de la sierra y diariamente después del pastoreo y el ordeño regresaba hasta el pueblo y siempre empleaba más de una hora en hacer este recorrido.

Cuando los días comenzaban a hacerse más cortos, el pastor veía que no tenía suficientes horas de luz a lo largo del día y muchas veces regresaba cuando ya comenzaba a oscurecer a pesar de las recomendaciones que sus conocidos le hacían para que regresara antes o si la noche se le echaba encima, se quedara en el aprisco y de esa forma evitaba un encontronazo desagradable con alguna manada de estas que estaban merodeando por el pueblo.

Pero el pastor ya era mayor y nunca había tenido ningún incidente serio y pensaba que no iba a tenerlo ahora y fue haciendo caso omiso de todas las advertencias que le hacían. Pensaba que si algo de esto pasaba, contaba con la experiencia suficiente como para salir con bien de la situación que pudiera producirse.

Un día se retrasó más de lo previsto y cuando comenzó a caminar por el sendero que recorría todos los días, se percató que a cierta distancia había algo que se movía y según iba avanzando comenzó a distinguir el brillo de los ojos de casi una docena de animales que observaban cada uno de sus movimientos.

Sin pensarlo, se dio la media vuelta y aceleró el paso para llegar hasta donde tenía el rebaño que se encontraba custodiado por cuatro imponentes mastines a los que llamó desde lejos y estos, al escuchar la llamada del amo acudieron veloces y los lobos al ver acercarse a los mastines huyeron dispersándose por la oscuridad de la noche.

Aquel incidente no hizo que los hábitos del pastor se modificaran, él estaba convencido que podía afrontar cualquier contratiempo y nada malo le podía ocurrir.

Días después, se produjo la misma situación y su reacción fue de nuevo la que había utilizado con éxito la vez anterior, aceleró sus pasos para volver al aprisco y desde la distancia llamó a sus mastines, pero en esta ocasión la respuesta de los animales no fue la misma que la vez anterior.

No había caído en la cuenta que una de las perras se encontraba en celo y la había alejado de la manada dejándola en una caseta alejada del aprisco y los mastines que olfateaban aquel celo habían abandonado el rebaño y se encontraban donde estaba la perra en celo y la distancia no les permitía escuchar la llamada de auxilio de su amo.

Pronto, los lobos rodearon al pastor y el macho dominante de la manada se adelantó a los demás y se fue en busca del pastor que se encontraba casi inmovilizado al verse rodeado por aquellas fieras y esperaba de un momento a otro un ataque terrible por parte de los animales.

Pero el lobo que se había adelantado, en lugar de atacar a la yugular del pastor se fue enroscando en una de las piernas de aquel hombre que estaba a punto de morir de miedo y comenzó a golpear su pierna con el rabo.

Aquel extraño comportamiento, hizo reaccionar al pastor que lentamente fue desprendiéndose de una zamarra que llevaba puesta confeccionada con el pellejo de una de las ovejas y la arrojó en medio de la manada tirándola al suelo.

Los lobos, al ver aquella piel se abalanzaron encelándose sobre ella dando dentelladas y haciendo trizas la pieza mientras en la confusión que se había producido, el pastor fue corriendo hasta el roble más cercano y se subió en las ramas más altas, allí donde los lobos no pudieran llegar y si lo hacían, al menos podría defenderse con sus pies intentando arrojarles del árbol.

Al cabo de más de una hora, los aullidos comenzaron a cesar y el silencio de la noche comenzó a dominarlo todo, pero el pastor, se sentía seguro en el lugar en el que se encontraba y con su cinto se ató a una de las ramas para que el cansancio o el sueño le impidieran caerse del lugar en el que se encontraba.

En el pueblo, viendo la tardanza del pastor se alarmaron, aunque algunos pensaron que había sido coherente y había escuchado los consejos que le habían dado quedándose con el rebaño al ver que la noche se le echaba encima.

Pero su mujer que le conocía bien y sabía lo cabezota que era, estaba convencida que le había ocurrido algo volviendo al pueblo, porque una vez que había dicho que no pasaría la noche fuera de casa, nada ni nadie le iban a hacer cambiar de opinión.

Finalmente, se organizó una batida de búsqueda y cuando se encontraron la zamarra completamente destrozada, se temieron lo peor, hasta que a alguno de la batida le dio por mirar en el roble y allí vio encaramado al pastor que se encontraba muerto de frío y apenas podía moverse ni articular palabra alguna porque todos los músculos de su cuerpo se habían atrofiado.

Fue una de esas duras lecciones que en ocasiones nos enseña la vida y cuando aprendemos de ellas resultan beneficiosas como lo fue para aquel pastor que desde ese incidente, todos los días, cuando el sol comenzaba a ocultarse por el horizonte se encontraba a la entrada del pueblo dirigiéndose al calor y a la seguridad que le proporcionaba el hogar.