—Pero señor —susurró Bernard —cómo se van a fiar de mí si ya no gozo del amparo y la protección que siempre me habíais ofrecido.

—¿Aún conservas el medallón que te regalé cuando entramos en Jerusalén?

—Aquí está —dijo Bernard desabrochando su camisa y mostrando su pecho.

—Pues él te abrirá las puertas, cuando veas a alguien reacio a acatar lo que le dices se lo muestras y sabrá que lo que dices lo haces en mi nombre. No te entretengas más, que aquí no estás seguro, coge a tu mujer, de esa forma pasarás más desapercibido y que sea lo que Dios quiera. Espero que nos veamos muy pronto —dijo el señor ordenando la retirada de su amigo.

Bernard salió de aquel lúgubre lugar, cuando traspasó los muros de la fortaleza y se encontró en el exterior, sintió como sus pulmones volvían a oxigenarse, se afanó en aspirar el aire fresco de la noche para tratar de eliminar la suciedad que había penetrado en todo su cuerpo.

Con su mano derecha apretó el medallón que un día su señor le entregó en prueba de su lealtad. Representaba  a dos caballeros que sostenían sendas cruces templarías unidas por una franja amarilla sobre un fondo azul. Su señor había encargado aquel medallón en el que había integrado el escudo de su familia con el de la orden que dirigía y hasta que consiguió entrar en la capital de la cristiandad siempre la llevó en su pecho; todos sus seguidores aprendieron a distinguirlo.

Se dirigió hacia donde Marie, su fiel compañera, le estaba esperando. Se encontraban acogidos en casa de unos seguidores de su señor, que aún conociendo el riesgo que asumían por esconder a unos perseguidos de la justicia, les mantenían ocultos por los favores que siempre recibieron de Bernard.

Marie, era hija de un caballero que también había sido apresado. Bernard la conoció unos años antes durante una visita que su señor hizo a la casa de la joven. Aunque Bernard no descendía de la misma alcurnia que ella, era un protegido del Gran Maestre y éste intercedió para que el padre de la joven no pusiera ningún obstáculo a su unión. Se habían casado dos años antes y, mientras Bernard recorría todo el reino con su señor, ella siempre le esperaba en su casa de Paris; hasta que los acontecimientos la obligaron a ocultarse en casa de unos amigos.

—Tenemos que marcharnos, recoge solo lo imprescindible, no podemos llevar muchas cosas, solo lo que un animal de carga pueda llevar —dijo Bernard nada más acceder a la casa.

—Pero así, de noche —dijo Felipe, su anfitrión-.

—Cuanto antes mejor —respondió Bernard —si permanecemos aquí, además de correr peligro, os pondremos en un riesgo innecesario. Consígueme tres caballerizas que sean discretas, pues los caminos estarán controlados y detendrán a todos los caballeros que transiten por ellos, partiremos cuanto antes, al alba quiero estar ya fuera de la ciudad.

Mientras Marie fue guardando algunas cosas en dos pequeños baúles, Bernard destruyó algunos documentos que no quería que cayeran en manos extrañas y fue ocultando algunos pergaminos entre las cosas que llevaría en su destierro.

Felipe se presentó con dos mulas y un asno y les proporcionó unos ropajes de peregrinos, creyó que de esa forma pasarían más desapercibidos porque la ruta por la que iban a seguir era la que seguían algunos peregrinos que se dirigían hasta la ciudad en la que habían sido descubiertos los restos de uno de los seguidores del Maestro.

Se despidieron de sus anfitriones y antes de que se percibiera el alba en el horizonte, estaban abandonando la ciudad por una de las puertas que se encuentran al sur. Nada más traspasar la puerta, se dio la vuelta y contempló por última vez la ciudad. En su mente solo albergaba la idea de cuándo sería el momento de poder volver a traspasarla para encontrarse de nuevo con su señor y amigo.

Con calma arrearon a sus monturas para que al paso tomaran el camino que les llevara lejos del peligro. Haría todo lo que su señor le había dicho, no podía fallarle ahora que le necesitaba. Mentalmente había estado pensando en todas las encomiendas que debía visitar y se dirigió en primer lugar a la ciudad de Orleans.

FIN DEL Ier CAPÍTULO