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El Secreto mejor guardado Capítulo II d

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Cuando llevaban dos horas de viaje, se encontraron de nuevo con el hombre y sus hijos con quienes habían coincidido en la cena, él iba caminando y los jóvenes y sus pertenencias iban sobre dos mulos, que eran escuálidos, tanto que ninguno de los dos aguantaría el peso del robusto hombre.

               —Buenos días —dijo Bernard al situarse a su lado.

               —Que él esté con ustedes —le respondió el buen hombre.

               —Han madrugado hoy mucho —comentó Bernard.

               —Para caminar las mejores horas son las primeras de la mañana, luego comienza a apretar el sol y los animales y yo nos cansamos más, por eso, antes de que el alba comience a clarear ya estamos en camino.

               —Pues si le parece, ya que llevamos el mismo camino, lo haremos juntos, así nos entretenemos y como llevamos un asno de carga, cuando se encuentre cansado, puede subirse un rato en él mientras recupera las fuerzas.

               —No crea usted, estas —dijo señalando a sus piernas —son muy robustas y tardan en cansarse, siempre las he utilizado y hasta ahora me han respondido bien. Cada dos horas les doy descanso y no hay animal que me deje atrás.

Al pasar por un pequeño pueblo, Bernard entró en una tienda y compró provisiones para compartirlas con sus nuevos compañeros de viaje ya que éstos parecían no disponer de muchos medios. Como el hombre le había confesado el día anterior, solo hacían una comida sustanciosa al día, aparte de lo que podían comer por la mañana, por lo que adquirió una hogaza grande de pan, un queso y un salchichón, que comieron juntos en una zona cómoda que encontraron para descansar.

Mientras estaban sentados, el hombre cogió un trozo de madera y con su navaja fue dándole forma hasta tallar la cabeza de una ardilla, lo hizo con tanta sencillez que dejó admirado a Bernard, que no podía creer que de una cosa inerte en unos minutos saliera algo tan bello. Le ofreció la navaja para que él lo intentara, pero Bernard lo descartó diciendo que no tenía esas habilidades. El buen hombre le dijo que todo era cosa de práctica y le enseñó algunos trucos para conseguir domar la madera, cómo tenía que hacer los tajos importantes, aquellos que iban dando forma a lo que quería hacer, y luego le mostró cómo tenía que hacer los perfiles para remarcar ciertos rasgos.

Bernard pensó que eso le podría mantener ocupado, aceptó la navaja para ir probando y ver qué era capaz de hacer, no perdía nada con intentarlo y así las horas del día se le harían más cortas.

               —Debes diferenciar entre las maderas blandas y duras, para comenzar deberías trabajar un poco el pino, que por aquí abunda, luego ya podrás disfrutar con maderas más duras y nobles. Mira, este pedazo de pino te servirá para que vayas practicando, primero debes observar la madera en bruto y ella te dirá lo que hay encerrado en su interior, tienes que verlo y una vez que esté en tu mente, sabrás lo que tienes que hacer: entonces te será mucho más fácil tallarlo.

Bernard cogió el pedazo de madera y por mucho que la miró, solo vio un trozo de madera que no le decía nada; pero tampoco tenía prisa, por lo que antes de hundir el filo de su navaja en la madera, vería qué es lo que quería hacer con ella; comenzaría cuando lo hubiera visto.

La compañía con la que viajaban resultó muy agradable para Bernard y Marie, además pensó que yendo en grupo pasarían más desapercibidos y pronto se olvidó del temor de ser apresado.

—Los dos primeros días se encontraron con algún control de los soldados del rey, pero como los seis parecían peregrinos, los pasaron sin el menor contratiempo, solo en uno de ellos les hicieron algunas preguntas interesándose por su destino.