Al quinto día de viaje tuvieron que vadear el río Loira para acceder a la ciudad de Orleáns. Era el primer lugar en el que Bernard tenía que detenerse para comenzar la labor que se le había encomendado, por lo que se despidió de sus compañeros de viaje deseándose buena suerte y antes de separarse, Bernard extrajo de una de las alforjas que llevaba el asno el trozo de madera que ya había comenzado a tallar.

               —Parece que ya va cogiendo forma —dijo mientras la mostraba al escultor.

               —¿Qué vas a sacar de ella? —preguntó éste.

               —He pensado vaciar el contenido y hacer un cuenco que me sirva para beber agua y poner los alimentos.

               —Una cosa útil —dijo el hombre —el vaciado es laborioso y te servirá para practicar e ir adquiriendo experiencia, sigue así y verás que hay momentos en los que llega a ser muy relajante. Sacó de sus alforjas unas gubias de madera y se las entregó a Bernard, ellas le ayudarían a lograr esas formas que no se consiguen con el filo de la navaja

Bernard ya había estado anteriormente en la encomienda de Orleans, la Orden había contribuido generosamente en la construcción de la catedral que estaba a punto de terminarse. Se dirigió hacia ella y preguntó por el padre Pierre, que era el Preceptor que tenían en este lugar.

               —Bienvenido —dijo sorprendido el religioso al ver a Bernard – ¿cómo vos por aquí?

               —Sí, sé que no es el mejor momento, la situación está muy revuelta, pero debemos organizarnos y tratar de superar las contrariedades.

               —Dejar todo aquí, él —dijo señalando a un sacerdote joven —se encargará de vuestras cosas y de llevar los animales a la cuadra.

Pierre condujo a sus visitantes a una casa contigua a la catedral en la que les acomodó, cuando llegaron ya tenían allí sus baúles y las pertenencias que llevaban. Mientras, Marie se encargó de instalarse, los dos hombres se dirigieron a una gran sala que hacía las veces de biblioteca y lugar de descanso de los religiosos.

               —Son ciertas las noticias que corren —preguntó Pierre.

               —Me temo que sí querido amigo, la situación es muy grave y tenemos que estar preparados para tiempos peores. Mi señor me ha encargado visitar las encomiendas para ver quiénes siguen siendo leales a la Orden.

               —Sabéis que con nosotros podéis contar siempre, cuando os hemos necesitado siempre nos habéis dado vuestro apoyo y somos gente de honor, sabemos ser fieles a nuestros principios.

               —Ahora lo que tenemos que hacer es poner a salvo los recursos que disponemos porque pronto los podemos necesitar.

               —Sabéis que aquí siempre hemos tenido las cuentas al día y todo el dinero y el oro que hay es vuestro, por lo cual podéis disponer de ello como mejor os plazca y si queréis llevarlo todo, dispondré de los medios para que podáis hacerlo.

               —No voy a llevarme nada —dijo Bernard —creo que lo mejor es que siga aquí, pero tarde o temprano vendrán para requisarlo, por lo que lo mejor es ocultarlo para que no se apoderen de él.

               —Ahora estamos construyendo una capilla en la catedral, si os parece bien podemos buscar un lugar en el que esconderlo y cuando lo necesitéis, solo vos y yo sabremos dónde está.