Cuando se detuvieron a comer, prepararon un fuego para freír unas lonchas de tocino que la buena mujer les había dado cuando se despidieron.

Esa noche durmieron en medio del campo. Cuando ya estaba anocheciendo, no vieron señal alguna de lugar habitado y decidieron detenerse en un paraje solitario antes que la noche se les echara encima, sacaron el toldo que llevaban, lo levantaron del suelo con unas estacas de madera y con cuerdas tensaron los cuatro extremos del toldo.

La compañía estaba siendo muy grata para Bernard y Marie, fueron conociendo por sus compañeros algunas historias que les comentaron del Camino de Santiago. Bernard tenía referencias de la parte francesa de esta ruta, pues el aumento del número de personas que la recorrían, les había hecho habilitar algunas encomiendas en los lugares en los que no existían, para que los viajeros dispusieran de dinero sin el peligro de llevarlo encima; la Orden se encargaba de proporcionárselo, además de facilitarles salvoconductos, orientarles y aconsejarles sobre la mejor forma en la que podían recorrerlo.

Los jóvenes le dijeron que una persona de su pueblo años antes había peregrinado por una promesa que había hecho y fue quién les facilitó toda la información de la ruta que debían seguir, las poblaciones por las que tendrían que pasar y las principales dificultades que se encontrarían. También les habló de los timos y abusos que se producían con los cambistas y los saqueos a los que en ocasiones eran sometidos los peregrinos, por eso ellos llevaban bien oculto su dinero y lo habían distribuido entre los cuatro para evitar que si alguien sufría algún robo se quedaran sin nada.

También habían apuntado aquellos lugares en los que se daba hospitalidad a los peregrinos y se les proporcionaba todo lo que necesitaran, eran los hospitales que se iban estableciendo en la ruta, donde incluso les alimentaban con generosidad.

Los dos días siguientes pernoctaron en el campo, la experiencia estaba resultando muy agradable, además, el tiempo era muy suave, dado lo cual por las noches no pasaban excesivo frío, incluso algún día les llegó a sobrar la manta que se ponían encima.

El quinto día de viaje juntos, cuando llevaban recorridos más de diez kilómetros, se encontraron con Isabel, era una mujer menuda que caminaba con un niño de unos seis años. El niño lo hacía con dificultad ayudado de una muleta.

—Buenos días —dijeron los peregrinos deteniendo sus monturas.

—Que Él les acompañe —respondió la mujer.

—Podemos ayudarla —preguntó Bernard.

—Vamos hasta Nevers —respondió Isabel —el niño tiene un mal en la pierna y quiero que se lo miren a ver si pueden curarlo.

—Pero no puede caminar, súbalo en el asno y usted súbase a la mula que yo iré caminando.

—De ninguna manera dijo ella, le agradezco que el niño pueda descansar, pero yo seguiré caminando, ya estoy acostumbrada.

—Pues vamos juntos, así llegará antes y la criatura podrá ir descansada pues va arrastrando la pierna y se va a poner peor.