Isabel les explicó que su hijo había tenido una mala caída y se lastimó el pie, le había curado el médico de su pueblo, pero no terminaba de recuperarse, por eso le habían aconsejado que le mirara un cirujano. Ella no poda pagar lo que le cobraran, pero tampoco podía quedarse sin hacer nada, su hijo era lo único que tenía en el mundo y si encontraba alguien que le curara, trabajaría para él el tiempo que fuera necesario, no perdía nada por intentarlo.

Esa tarde llegaron a una población y les cedieron una pequeña ermita en la que poder descansar y pasar la noche. Mientras las mujeres iban acondicionando el lugar donde iban a dormir, los hombres se dirigieron al centro del pueblo para comprar algunas provisiones con las que pudieran cenar y al día siguiente comer algo antes de comenzar su viaje.

A una parroquiana le compraron algunas verduras, Bernard compró unos pedazos de carne adobada y secada con el humo de la chimenea, también vieron según regresaban, una huerta que tenía unas hermosas manzanas y adquirieron dos docenas, necesitaban muchas vitaminas y la fruta les aportaría lo necesario.

Isabel no quiso aceptar nada de lo que llevaron para cenar, no podía pagarlo, pero los peregrinos se encargaron de convencerla. Quedaron en que a la vuelta de su viaje, si la volvían a ver y le iba mejor, ella se encargaría de proporcionarles lo que necesitaran; y si no se encontraban, cuando la situación mejorara, invitaría a comer a un peregrino que viera haciendo el camino y así cumplía su deuda.

El niño, al ver toda la comida que había sobre la pequeña mesa de madera, se relamía de gusto. Hacía días que no se alimentaba en condiciones y cuando Bernard observó cómo miraba los alimentos, le animó a que cogiera lo que más le gustara y lo fuera comiendo.

—¿Y el padre del joven, ha muerto? —preguntó Bernard.

—No —respondió la madre, no quería responsabilidades, un día se marchó y no le volví a ver más. Hasta que consiguió lo que quería me hizo mil promesas que luego no cumplió.

—¿Y cómo salen adelante?

—Pues hago un poco de todo. Cuando me ofrecen trabajo de lo que sea gano un poco de dinero y cuando no me pueden pagar, me dan comida con la que vamos tirando, tampoco tenemos muchas necesidades, pero la mala suerte ha querido que ahora nos ocurra esta desgracia.

—Verá como todo se arregla —le dijeron —hay que tener fe en que el niño se pondrá bien si cae en buenas manos.

—No me fío —dijo ella —ya lleva así mucho tiempo y no veo que mejore, a ver si el cirujano logra dar con el mal y lo cura.

La mujer desató un gran paño en el que llevaba todas sus pertenencias y puso unas pequeñas mantas en la zona en la que iba a dormir con su hijo. Bernard se quedó con el niño y le dio un pañuelo anudado, en su interior había unas monedas, le dijo que lo guardara bien y no le dijera nada a su madre hasta que al día siguiente, cuando llegaran a la ciudad, se hubieran separado.

Al día siguiente, cuando llevaban quince kilómetros recorridos, divisaron la ciudad de Nevers. Bernard les dijo que allí debían separarse, él tenía que tomar un camino antes de llegar a la ciudad, para dirigirse al priorato que se encontraba en La Charite sur Loire y sus caminos se desviaban.

Se dieron un abrazo despidiéndose y deseándose lo mejor cada uno de ellos. Bernard y Marie vieron como se iban alejando mientras ellos seguían el camino que les llevaría hasta su segundo destino.