Se alojaron en una posada de tres plantas, era la mejor del pueblo; como habían llegado muy pronto, dormirían o descansarían un rato antes de salir a comprar y  visitar el pueblo.

Cuando pasaron junto a la iglesia, entraron a rezar y a poner su alma en paz con Dios. El sacerdote que les vio, les preguntó si deseaban confesión, pero declinaron el ofrecimiento, qué podían decirle a aquel buen hombre, si eran sinceros, seguramente se asustaría al saber a quién tenían delante. Lo harían en silencio y Dios sabría comprenderles, al menos descargarían su conciencia y se quedarían más tranquilos.

De vuelta en la posada, dejaron las cosas que habían comprado en la habitación y bajaron hasta el comedor donde se dispusieron a cenar. En la mesa en la que se sentaron había dos peregrinos a los que no habían visto antes, llevaban la esclavina con vieiras prendidas en ella y en medio del sombrero también llevaban una concha más pequeña. Dos grandes palos eran los bordones que les impulsaban en su camino. Se les veía cansados, pero en su mirada se percibía una felicidad que muy pocas veces había visto Bernard, los ojos les brillaban como si hubieran contemplado un milagro.

—Van también a Compostela —preguntó Bernard.

—Hace dos meses que llegamos allí —respondió el más alto —ahora regresamos a nuestras casas.

—¿De dónde son?

—Yo vivo en Ámsterdam —dijo el más alto —y Dominique es de un pueblo cercano al mío. Nos conocimos en el reino de Castilla y desde entonces no nos hemos separado.

—Pues nosotros vamos hacia allí —dijo Bernard.

—Cuando regresen se darán cuenta que sus vidas han cambiado, esta peregrinación hace cambiar a las personas.

—¿Cómo puede ser eso? —preguntó Bernard.

—Es algo difícil de explicar, pero así ocurre, no solo lo puedo decir por mí experiencia personal, con todos los que nos hemos encontrado hemos coincidido en lo mismo.

—Ustedes que tienen experiencia, ¿Qué consejo nos pueden dar?

—Que vayan con la mente abierta, deténganse cuando sea necesario, hablen con la gente, es muy acogedora, aunque también hay algunos que se aprovechan de los peregrinos, al ver que somos extranjeros abusan en el cobro de algunos servicios. Pero son solo anécdotas que luego nos sirven para recordar. Observarán que el trato a los peregrinos en las tierras que llaman Castilla es muy bueno. Te acogen en monasterios y en hospitales que están preparados para los que vamos en peregrinación, en todos los sitios te dan comida y a veces vino, en algunos hospitales, en los más ricos, te proporcionan unas monedas para que puedas seguir adelante. Lo iréis viendo según vayáis llegando a estos lugares.

—Y no os habéis perdido ¿Cómo sabremos el camino que debemos seguir?

—Cuando paséis los Pirineos, lo vais a hacer con buen tiempo, en invierno están completamente nevados y si te pierdes allí es casi seguro que no te encuentren. Hay muchas historias de personas que han muerto tratando de cruzarlos. Luego, hasta que llegas a una tierra que llaman León, el camino es llano y no tiene pérdida, siempre tendréis que caminar a poniente, aunque lo mejor es que al salir cada mañana os informéis por las gentes del pueblo del siguiente sitio al que debéis llegar y así sucesivamente.

—Pues tendremos en cuenta vuestros consejos.

—¡Ah!, es muy importante que cuando crucéis las tierras navarras y los bosques de Oca lo hagáis en grupo para evitar que os puedan asaltar, pero de eso ya os irán advirtiendo antes que lleguéis.