Aunque estaban saciados, no supieron decir que no a la generosidad del joven. Bernard sacó de una de las alforjas una botella de vino y los tres fueron dando cuenta del medio queso que el pastor llevaba en el zurrón.

—Por las ropas que llevan, ¡son peregrinos!

—Sí —dijo Marie —Vamos por una promesa a Santiago.

—Una promesa —murmuró el joven —por aquí pasan casi todas las semanas alguno que también va en peregrinación y con alguno que he hablado dice también que lo hace por una promesa.

—Queremos que el santo nos permita concebir un hijo —comentó Marie.

—Pues si lo hacen con devoción, he oído muchas historias de milagros y de cosas que se han llegado a cumplir.

—Bueno —dijo Bernard —que se está muy a gusto, pero si no nos movemos, y nos quedan cuatro horas de viaje, vamos a llegar cuando se haga de noche.

—Pues que tengan buen viaje, yo me quedaré todavía un rato para que las ovejas se refresquen, cuando hayan descansado un poco las llevaré hasta el arroyo, porque si las llevo con todo el sofoco que tienen se atropellan unas a otras para llegar al agua.

Se despidieron del joven y los dos continuaron el camino subidos en sus mulas.

—O sea, que una promesa y nada menos que de tener un hijo —dijo Bernard —al menos podías habérmelo dicho a mí.

—Es que no sabía que decir, sé que la gente va por cumplir una promesa y he dicho lo primero que se me ocurrió, no hay que despertar sospechas.

-Me parece muy bien tu ocurrencia. ¿Crees que es buen momento ahora para tener un hijo?

—Creo que para tener un hijo cualquier momento es bueno porque será fruto del amor que nos profesamos.

—Pero, en estos tiempos, no sé si es lo mejor.

—Eso, Dios lo proveerá y si él desea que tengamos un hijo, nosotros solo debemos poner los medios.

—Pues estos últimos días, ya hemos puesto todo por nuestra parte y si a ti te parece bien, podemos seguir poniéndolo.

—Me haces tan feliz cuando te siento dentro de mí, que me gustaría tenerte así todo el día.

—Yo también soy feliz cuando te siento a mi lado.

Fue uno de los días que más estuvieron conversando, hablaron sobre esos temas personales que a veces no se comentan porque se dan por sentado que están ahí, pero cuando se hablan, refuerzan aún más los lazos que mantienen unida a una pareja.

Como el pastor les había dicho, atravesaron todo el pueblo y se encontraron con una fonda que alquilaba habitaciones para los transeúntes. Cuando se instalaron en ella, después de la conversación que habían tenido, se amaron con más pasión si cabe que lo que lo habían hecho los últimos días. Las entrañas de Marie sintieron como eran casi desgarradas por la virilidad de Bernard y recibió más que nunca el cariño que su marido la tenía y que ahora de nuevo comenzaba a demostrarle.

Con la satisfacción reflejada en sus rostros, se acercaron hasta el centro del pueblo, a una taberna donde les habían dicho en la fonda que les darían de comer y como si fueran dos adolescentes, por primera vez sin ningún rubor, durante casi toda la cena, Bernard cogió con su mano la de Marie y la mantuvo agarrada mientras cenaban.

Cuando volvieron a la fonda, las caricias se fueron sucediendo, la mano de Bernard se deslizaba por el cuerpo de Marie y cada vez que contactaba con alguna zona sensible del cuerpo de su esposa, percibía como se contorneaba y la piel se arrugaba como si sintiera escalofríos. Con la mano fue acariciando sus muslos mientras los separaba y cuando sintió la calidez que salía de su intimidad, la acaricio suavemente hasta que percibió la humedad en la palma de su mano. Entonces, colocando su cuerpo encima del de ella, fue introduciéndose en su interior sin ninguna dificultad, la excitación había hecho que la naturaleza actuara y enseguida sintió como tocaba el cielo de su estómago hasta que las estrellas inundaron sus mentes, solo veían el firmamento que en el momento de máxima excitación explotó como una gran supernova inundando sus cuerpos de felicidad y placer.