—Claro, ustedes no se preocupen por eso. Cuando acaben de cenar y suban a su habitación, mi hija pasará a recogerla; y mañana, antes de que se vayan, ya tendrán todo limpio y seco.

—No es necesario que sea mañana, nos quedaremos aquí unos días.

—Pues entonces mejor, mañana la lavamos en un barreño de agua caliente y una vez que se seque se la planchamos y la llevan limpia.

—¿Cómo se puede subir hasta la iglesia de San Michael?

—Tienen que hacerlo después de desayunar y haber desayunado muy bien porque son muchos escalones. No tiene ninguna pérdida, cuando lleguen a la base de la peña, enseguida verán los escalones que les conducen hasta arriba, pero si quieren solo oír misa, hay una iglesia más cerca.

—No es por oír misa, deseamos conocer ese lugar que parece tan bonito.

—Es muy bonito —dijo ella —y las vistas desde arriba son espectaculares.

La hija de la posadera, una joven muy hermosa con un pelo rubio que llevaba recogido en una trenza que se alargaba por su espalda, puso sobre la mesa un puchero con sopa, el vapor que salía por el borde confirmaba que había sido sacada recientemente del fuego.

—Que les aproveche —dijo la joven.

—Seguro que sí, tiene un aspecto y un olor estupendo.

—Pues luego tienen un pavo asado, son de los que criamos nosotros, aunque si desean otra cosa, no tienen más que pedirlo —dijo la posadera.

—No se preocupe, seguro que lo que nos sirvan estará muy bien.

El hombre que les recomendó el lugar no hacía una propaganda gratuita, todo era como él había dicho y la comida resultaba exquisita, los dos comentaron la suerte que habían tenido encontrándose con aquella persona que les recomendó este lugar.

Por la mañana, mientras Marie se quedó apartando la ropa que necesitaba un lavado, Bernard se fue hasta la base en la que se encontraban las escaleras que daban acceso a la Iglesia de San Michael. Como la posadera le había dicho, resultaba conveniente haberse alimentado bien antes de tratar de llegar a la cima, no contó los escalones, pero eran cerca de trescientos y llegó a lo más alto exhausto. Antes de acceder al interior se sentó unos minutos para recuperar el aliento que aceleradamente buscaba el oxígeno que sus células necesitaban.

Cuando entró en la iglesia, vio que algunos confesionarios estaban ocupados por sacerdotes que escuchaban y reconfortaban a sus fieles, cuando vio a un sacerdote que estaba limpiando una de las tallas de la iglesia se dirigió hacia donde se encontraba.

—Buenos días —dijo —estoy buscando al padre Claude.

Espere un momento – dijo el sacerdote dejando el paño encima de la cara de la imagen.

Al ver a la virgen con la cara tapada por un paño sonrió, le vino a la memoria la estancia en Jerusalén, donde las mujeres infieles también ocultaban su rostro de aquella forma. Fue contemplando las imágenes y cómo el artista había sabido extraer las mejores expresiones de la madera inerte. Pensó que quizá algún día también él pudiera hacer lo mismo ya que en los ratos libres seguía practicando con la navaja que le habían regalado, tratando de extraer formas de la madera.

Un venerable anciano de pelo blanco venía con el sacerdote y al ver que éste señalaba en dirección a donde Bernard se encontraba, pensó que era la persona que estaba buscando.

—Preguntaba usted por mí, soy el padre Claude.

—Mi nombre es Bernard de Rahon —dijo mientras le mostraba el medallón – mi señor, el gran maestre me envía en su nombre.

El sacerdote puso su dedo índice sobre sus labios y le agarró del brazo conduciéndole hasta uno de los aposentos de la iglesia que se encontraba desocupado.

—Cómo puedo saber qué es usted quien dice ser —dijo el anciano —cualquiera puede llevar ese medallón y hacerse pasar por otra persona, no le conozco de nada y si no me da alguna garantía seguiré pensando que puede ser cualquiera.

—Tiene usted razón, también dispongo de una carta de mi señor en la que dice que actuo en su nombre, pero esa carta puede llevarla cualquiera y hacerse pasar por quien no es. El supervisor de esta encomienda era Armand de Ridefort, que como usted sabrá, está detenido injustamente por orden del Rey. En el último informe que pasó de esta encomienda había registradas 235 operaciones y el saldo que había en la encomienda era de 465.386 luises de oro. Entre las observaciones que había en el documento, usted sugirió que los certificados para cantidades elevadas debían llevar el sello del portador y que éste lo mostrara. También le entregó seis botellas para que se las llevara al Gran Maestre. Era un licor fuerte pero tenía un sabor muy suave sobre todo si se tomaba fresco como usted había sugerido. Mi señor me dio a probar ese licor y estaba exquisito.

—Debe usted comprender que tengo que asegurarme y más en los tiempos que corren con la incertidumbre que hay.

—No tiene que disculparse, me parecen muy prudentes las precauciones que toma, la situación aconseja a que todas las medidas que tomemos son pocas para garantizar nuestra seguridad.