Inicio Buen Camino Los cuentos de Almeida El Secreto mejor guardado Capítulo VI g

El Secreto mejor guardado Capítulo VI g

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—Ahora mismo le traigo los libros para que usted los supervise y me diga qué debemos hacer con los fondos que hay, pues en los últimos meses, desde que se produjeron las detenciones, no ha pasado nadie a requerir nuestros servicios. Únicamente tuve una visita de los soldados que querían en nombre del Rey que les entregara todo lo que había de la Orden, pero les dije que cuatro caballeros habían pasado y se habían llevado todo.

—No es necesario, confío en usted y no dispongo de tiempo para poder comprobar las cuentas porque debo visitar el resto de las encomiendas antes que sea demasiado tarde. Quiero que guarde todo en un cofre y lo dejaremos en este templo oculto. Lo que sí puede hacer es decirme dónde podíamos esconderlo para que nadie, nada más que nosotros, sepa dónde está.

—Creo que en los sótanos es donde más escondrijos podamos encontrar.

—Pues vamos a verlo y decidimos si hay algún lugar que nos parezca lo suficiente seguro.

Descendieron con una antorcha y en primer lugar fueron donde había sepulcros en la pared que conservaban los restos de quienes habían estado al cargo de este lugar. Los sarcófagos eran pequeños, únicamente contenían los huesos de los curas y monjes. Estaban cubiertos con tapas de madera de roble que se abrían fácilmente, por lo que cualquiera podía acceder a ver el contenido de su interior. Por más que miraron no encontraron ningún sitio que les pareciera lo suficiente seguro, pero continuaron recorriendo estancias en las que para acceder debían empujar con fuerza las puertas que chirriaban al ser desencajadas de la posición que habían mantenido durante años.

—Qué hay en esa sala —preguntó Bernard.

—Es el osario donde descansan los restos de cientos de monjes.

—¿Podemos verlo?

—Claro, pero es un lugar muy lúgubre, donde se accede cada muchos años, solo cuando los sepulcros se encuentran completos y hay que trasladar aquí los restos.

En una de las paredes, perfectamente ordenados, cientos o quizá miles de tibias y húmeros destacaban sobre los huesos menores sujetando las calaveras vacías de todo resto de vida.

—Si movemos un poco estos huesos podemos colocar el cofre tras ellos, aquí nadie se atreverá a mirar.

—Como usted desee —dijo el cura —espero que no se ofendan por alterar su descanso.

—Se sentirán guardianes del poder de la Orden.

Fueron retirando los huesos y cuando habían hecho un hueco suficientemente grande, Bernard ayudó al cura a bajar el cofre que depositaron en el interior del osario. Después volvieron a poner en el orden que estaban los restos que allí descansaban y seguirían haciéndolo una eternidad.

Bernard midió tres metros y catorce centímetros y talló una cruz con el símbolo de pi.

Una vez cumplida la misión regresaron a la estancia en la que habían estado solos. El sacerdote sacó de un pequeño armario dos vasos y una botella.

—Es el mismo licor que envié a su señor.

—Pues como usted decía, está mejor algo más frió.

—Eso mismo pienso yo, pero la fresquera se encuentra en el refectorio y ésta la tengo para las emergencias. ¿Tiene aposento en la ciudad?

—Sí, mi esposa me espera en una posada del centro, estará un poco intranquila por mi tardanza.

—Si lo desean pueden alojarse con nosotros y le enseño la ciudad mientras permanecen en ella, aunque igual es mejor que no nos vean juntos pues hay muchos soldados por la calle y no sé hasta que punto me están sometiendo a vigilancia.

—No deseo comprometerle más de lo que ya está, visitaremos la ciudad solos, estaremos aquí unos días y luego seguiremos nuestro camino.

—Por mí no se preocupe, qué puede temer un anciano, solo esperar que llegue la hora de estar ante el señor, ver si en la balanza mis acciones buenas pesan más que las malas y la inclinación de la balanza hacia el lado positivo permite que se abra la puerta.

—Cuando se es fiel a unos principios y a unas ideas, nadie puede reprochar nada y no le quepa ninguna duda de su honestidad.

—Pues es lo único que me queda, se que mi fin está próximo y solo me quedaba dejar la encomienda en condiciones para poder irme en paz.

Se abrazaron, los dos sabían que ya no volverían a verse nunca y Bernard descendió los escalones que le dejaron de nuevo en la ciudad. Se alegró de sentir el bullicio de la gente después de la soledad de los lúgubres lugares en los que había estado.

—Cómo te has retrasado tanto —dijo Marie —me tenías inquieta.

—Ya he arreglado todo lo que tenía que hacer, he contado con una colaboración estupenda por parte del preceptor y lo hemos dejado todo arreglado.

—Entonces ¿Nos vamos ya?

—Si te parece, nos quedaremos unos días en este lugar, parece un sitio muy acogedor y mientras descansamos, podremos disfrutar paseando por sus calles y sintiendo la presencia de la gente. Hasta dentro de medio mes no volveremos a detenernos, por eso es necesario que aprovechemos los días que estemos aquí.

Por las calles de la ciudad se respiraba más que en ningún otro lugar ese ambiente que los peregrinos saben transmitir, abundaban las personas cubiertas con una escarpela marrón y según andaban hacían sonar sus bordones cuando golpeaban en el suelo.

FIN DEL CAPÍTULI VI