Mientras Bernard y el comerciante buscaron un lugar en el que pasar la noche, el resto del grupo se quedó a la entrada del pueblo en un lugar en el que había una arboleda. Allí pondrían unas telas y lonas tensándolas amarradas a los árboles y dormirían en su interior arropados con las prendas de abrigo y las mantas que llevaban.

Los cuatro días siguientes la armonía del grupo fue creciendo y se percibía la confianza que entre los integrantes estaba surgiendo. El joven hijo del comerciante cada vez estaba más tiempo con la joven que viajaba con su madre y también entre ellos fue surgiendo una complicidad que hacía que el joven se convirtiera en su protector. Estaba pendiente de todas las necesidades que ella tenía y su timidez daba la impresión que estaba desapareciendo ya que cuando les observaban veían cómo el joven hablaba sin parar. Sus padres enseguida se dieron cuenta del cambio que se estaba produciendo en su hijo y comentaron que la idea de este viaje estaba siendo positiva pues uno de los deseos que ellos tenían antes de salir se estaba viendo hecho realidad.

El cuarto día después que los monjes abandonaran el grupo coincidieron con cuatro viajeros, eran leñadores que habían pasado unos días de descanso en sus casas y regresaban de nuevo a los bosques en los que su trabajo era imprescindible. La necesidad de contar con nuevas tierras de labranza estaba haciendo que desforestaran las masas boscosas que había en la región, por lo que el trabajo para ellos no escaseaba como ocurría en otras zonas y con otras profesiones. Los cuatro se incorporaron al grupo y los dos o tres días de viaje que tenían por delante los harían juntos.

Los leñadores enseguida se integraron en el grupo, facilitaron mucho el desplazamiento de los viajeros los tres días que estuvieron juntos, ellos conocían perfectamente el camino por haberlo realizado habitualmente cuando regresaban a sus hogares desde sus puestos de trabajo o volvían a ellos. Cada vez que había un cruce de caminos todas las miradas se dirigían a ellos para ver cuál de los caminos debían tomar.

Uno de los leñadores, un día que Bernard se encontraba tallando un trozo de madera, lo observó con mucha atención y no pudo por menos que hablar con él.

—¿Esa madera es de castaño? —preguntó.

—Creo que sí —dijo Bernard —lo cogí en un bosque unos días atrás.

—Es una madera bastante dura y lo que hagas con ella perdurará con el paso del tiempo.

—Tengo más cosas —dijo Bernard mientras cogía la alforja en la que guardaba los trozos de madera que estaba tallando.

—Éstas son de pino y ésta es de roble, buena madera también para trabajar y para que dure. Cuando cruces los Pirineos encontrarás muchas hayas y robles y también algunas encinas que tienen la madera aún más dura.

A George, que era el nombre del leñador, también le gustaba moldear la madera en sus ratos libres, le explicó la forma en la que podía afrontar las vetas que tenían los bloques de madera y sobre todo cómo podía aprovechar las imperfecciones que a veces salían en una pieza, si lo hacía con habilidad, podría obtener resultados admirables. Le enseñó cómo con una tira de cuero y algo de arena podía ir suavizando el resultado de sus obras.

Bernard se estaba atreviendo ya a realizar de forma un poco tosca algunos rostros, se los mostró a George y aunque no estaban terminados, éste percibió que tenía una sensibilidad y una habilidad muy buena para trabajar la madera y le animó a continuar practicando.

Los trucos que le había mostrado le ayudarían a finalizar las obras que estaba realizando, pues quedarían relucientes cuando las suavizara y se encontrarían muy agradables al tacto.

Algunos días se adentraron en algún bosque mientras estaban haciendo un descanso, George fue buscando algunos trozos de madera con los que podía ir practicando más, sobre todo le proporcionó maderas de haya que era la que más abundaba en la comarca. Es muy resistente, tiene una textura suave, un grano fino y los colores oro y rojizo daban a las obras que realizaba un aspecto diferente.

El día que los leñadores dejaban al grupo, antes de separarse, tuvieron un pequeño contratiempo. Pasaban por una zona en la que la vegetación casi invadía el camino y una de las mulas que iba en cabeza se encabritó, algo la había alterado. Inmediatamente todos acudieron a socorrer a la mujer que viajaba encima de ella y uno de los leñadores apartó a los que se apresuraban al lugar.