Unos se dedicaban al cultivo de la huerta que proveía de todo lo que necesitaban para su manutención. Otros se encargaban de hacer la comida. Los había que se dedicaban a la bodega y a preparar licores que eran muy apreciados por sus dotes digestivas y a veces curativas. Estaba el hermano que se encargaba de mantener los códices y los manuscritos en perfecto orden, tenían una sala donde había seis copistas que se dedicaban a hacer copias de los manuscritos que les cedían para que uno de ellos permaneciera en la abadía. También había otras tareas que Bernard no pudo contemplar con el detenimiento que deseaba.

Prestó especial interés a las artes que el maestro bodeguero aplicaba a los frutos de la vid para preparar los vinos con los que consagraban las misas y que en ocasiones especiales consumían los residentes de la abadía. Aunque trató de extraer el secreto de la elaboración de algunos licores que le ofrecieron, el maestro bodeguero solo le hablaba de las generalidades de las hierbas que mezclaba con la destilación de los hollejos de la uva y dejaba macerar durante al menos un mes antes de proceder a limpiar el contenido de cada botella y dejarlo reposando en la oscuridad y el silencio de las bodegas.

También le ocupó mucho tiempo comprobar las técnicas que hacían para las copias de los manuscritos. Vio como las pieles, generalmente de las ovejas, eran tratadas con diferentes productos de los que no le dieron muchas referencias, una vez que los pergaminos estaban listos para acoger la sabiduría que estaba encerrada en otros códices, era transcrita con maestría por manos firmes y con la paciencia necesaria para que las obras fueran una réplica exacta de los originales. Todas las labores le parecieron que contaban con el reposo necesario para que el resultado de cada una de ellas fuera único.

Marie, en cambio, estableció amistad con el monje que se dedicaba a preparar la comida de sus hermanos. Tenía una gran habilidad en elaborar el contenido que vertía en los grandes pucheros que utilizaba para hacer la comida y la cena de los cincuenta monjes. Pero lo que más le llamó la atención fue la maestría con la que sabía mezclar la harina, huevos, leche, aceite y no sé cuantos ingredientes más, que dependiendo del postre añadía y mezclaba con paciencia antes de introducirlos en un horno de leña y dejar que el calor fuera haciendo su trabajo. Cada uno de los que allí probó le parecía que superaba al anterior. Con habilidad fue consiguiendo que le dejara copiar el secreto con el que hacía cada una de las mezclas para intentar elaborarlos ella cuando regresara a su casa.

Cuando llegó el día fijado, el abad envió a los monjes que quedaban en la abadía hasta el pueblo para que el herrero mirara y cambiara las herraduras de las mulas. Aunque uno de los monjes dijo que aún estaban bien, Bernard insistió en cambiarlas ya que en alguna ocasión una de las mulas había dado un pequeño traspiés.

Cuando se quedaron solos, casi en medio del claustro, en el lugar donde marcó Bernard, comenzó a excavar. La tierra no ofrecía mucha resistencia a la pala y pronto alcanzaron la profundidad necesaria para enterrar el cofre.

El abad trajo un retoño de un árbol y después de poner una capa de tierra encima del cofre, acomodó sobre ella el pequeño árbol que había extraído del huerto.

—Es una pena que no lo veamos crecer ni lleguemos a probar su fruto —dijo el abad.

—Nunca se sabe, igual que lo hemos plantado aquí, volveremos a replantarlo cuando necesitemos sacar el cofre.

Bernard hizo la marca para indicar donde podía encontrarse lo ocultado, grabó sobre una piedra la cruz de la Orden poniendo en la base de la misma “2 pi” y le dio instrucciones al abad de la forma de reconocer a la persona que viniera en su nombre y en el de la Orden para retirar lo que acababan de ocultar.

Cuando fueron regresando los monjes del pueblo, también los que se habían encargado de llevar las mulas al herrero, ya habían terminado su tarea y estaban sentados en la cocina degustando una de las botellas que el maestro bodeguero tenía para las ocasiones especiales, el cual le pareció exquisito a Bernard pues ofrecía un bouquet que solo unas manos diestras y el reposo saben conferir a los caldos.

Bernard y Marie agradecieron a todos los monjes su hospitalidad y les aseguraron que cuando estuvieran ante los restos del santo pedirían por todos ellos, porque eran un elemento muy  importante de esta peregrinación acogiendo a quienes necesitaban de su hospitalidad cuando se dirigían a Compostela.

Fin del Capítulo VII