—¿A qué debemos su visita? —preguntó el Abad.

—He querido venir en lugar de la hermana que acompaña siempre a Ana, ya que creo que tenemos que hablar sobre las personas que estamos acogiendo.

—¿Ha ocurrido algún contratiempo?

—Sí, ha ocurrido algo, pero no es malo, es una bendición, pero tenemos que decidir entre los dos qué es lo que hacemos.

La abadesa le puso al corriente de la situación en la que se encontraba Marie y el cambio que había experimentado en su cuerpo desde que llegó al convento.

—¿Y de cuánto tiempo se encuentra embarazada?

—Según me ha dicho ella, está de cinco a siete meses, no lo sabe con exactitud.

—Pues tenemos que acelerar los planes, pensaba que en tres o cuatro meses sería el momento para que cruzaran los Pirineos, pero en vista de lo que usted me dice, tenemos que adelantar la fecha y si no posponerla al menos un año.

—Retrasarlo más de un año no va a ser posible, una criatura en el convento alterará por completo la vida de las que allí nos encontramos.

—Pues entonces, lo mejor es que adelantemos los planes, antes de un mes tenemos que organizar el viaje para que cuando nazca la criatura, se encuentren a salvo y lejos.

Fueron hasta donde Bernard se encontraba trabajando, la talla de San Benito estaba comenzando a coger forma y el cristo se encontraba bastante avanzado. Cuando vio entrar en su taller a su anfitrión y a la de su esposa, dejó las herramientas sobre la mesa de trabajo y tomó en su mano el paño que tenía para cubrir las tallas cuando no se encontraba trabajando en ellas.

—Déjelo, no la cubra y que la madre abadesa contemple el trabajo que usted está haciendo.

—Son preciosas —dijo ella —me gusta mucho la expresión que le está dando a esta imagen del Señor.

—Pues ya verá la talla de la virgen que tenemos en la sacristía – dijo el Abad.

—Me gusta lo que estoy haciendo —dijo Bernard —me siento muy bien y me resulta muy fácil sacar de la madera lo que está en mi cabeza.

—Tiene usted un don para el arte, lo mismo que Marie para la repostería —dijo la abadesa.

Al oír el nombre de su esposa, los ojos de Bernard se iluminaron y prestó atención a lo que decían, pero al principio se preocupó, la visita de la abadesa, a la que nunca había visto por allí, le inquietó momentáneamente, pero al ver la expresión de calma que tenía se tranquilizó.

—¿Cómo está Marie, se encuentra bien?

—¡Oh, sí! —dijo la abadesa viendo la impaciencia de Bernard —se encuentra muy bien y está muy contenta; además, es tremendamente feliz.

—Bueno, también le traemos una buena noticia —dijo el Abad.

—Me tienen en ascuas, no me hagan impacientarme más —comentó Bernard.