—Van a tener un hijo —dijo la abadesa —su esposa se encuentra embarazada y dentro de unos meses serán padres.

—¡Un hijo! —- murmuró Bernard.

—Sí amigo mío, vas a ser padre y eso nos obliga a acelerar los planes que tenemos para vosotros —dijo el Abad.

—¿Volveremos de nuevo a París?

—Creo que esa no es la mejor idea, todavía sois unos proscritos, si vais a París o si os quedáis en Francia corréis el riesgo de ser apresados. Hemos pensado que lo mejor es que crucéis los Pirineos y vayáis al reino de Navarra o al de Castilla, allí os encontraréis seguros.

—Pero no estaré en mi país —protestó Bernard.

—También allí contáis con amigos, la Orden tenía varios lugares en los que pueden daros protección.

—¿Y cuándo partiremos?

—Hemos pensado que en un mes podemos organizarlo todo. Cuando nazca vuestro hijo debéis encontraros todos a salvo, si lo dejamos más tiempo, viajar con una criatura tan pequeña, puede ser peligroso.

Salieron los tres a la capilla, el Abad quiso enseñarle la talla con la imagen de la virgen que presidía la estancia.

—Es el vivo rostro de Marie —dijo —qué realismo y qué hermosura posee ese trabajo que habéis hecho.

—Tenía su imagen en mi cabeza y solo he dejado que fluyera por mis manos ya que las guiaban mis pensamientos.

La abadesa no quiso entretenerse más, pues de lo contrario llegaría al convento cuando estuviera muy anochecido, por lo que se despidió del Abad y de Bernard y se dispuso a partir cuando la hermana Ana le confirmó que ya tenían cargado en las mulas todo lo que necesitaban.

Bernard le pidió si podían llevar un presente a su esposa y fue al taller de donde trajo una cosa envuelta en un pequeño paño.

—Se lo da a Marie —dijo —es una talla que he realizado como boceto de la virgen que estuve tallando.

La guardaron en una de las alforjas que tenían sobre el lomo de la mula y observaron desde la puerta cómo las dos monjas se alejaban del monasterio.

—Enhorabuena —dijo el Abad —con la emoción no le había felicitado.

—¿Usted cree?

—¡Claro hombre!, un hijo es el fruto del matrimonio y del amor, colmará sus vidas de felicidad.

—¡Pero!, no sé si es el mejor momento para que venga a este mundo.

—Cualquier momento es bueno o malo, verá como ese hijo le llena ese espacio vacío que tiene desde que se enteró de la triste noticia.

Cuando se quedó solo en su taller, Bernard pensó en lo que acababan de comunicarle. Sabía que Marie se encontraría muy feliz, porque siempre le había manifestado su deseo de ser madre y por fin veían cumplido ese deseo. Pero los tiempos que corrían eran tan convulsos y tan inciertos que le daba miedo la responsabilidad que ahora adquiría, no solo debía cuidar a Marie, sino que ahora los dos tenían que preocuparse de ese nuevo ser que estaba gestándose dentro de su esposa.

También le preocupaba abandonar su país, sentía miedo a lo desconocido, aunque cuando fue a otros países con su señor, se adaptó muy pronto a sus costumbres y no le fue difícil convivir con otras culturas, pero estar alejado de la tierra de sus antepasados le resultaba muy difícil de asumir, sobre todo si lo hacía como un exiliado.