Trató de buscar el lado bueno de la situación, aún era una persona influyente y contaba con muchos conocimientos de la estructura y la organización de la Orden. La persecución que se había hecho con ella, donde más incidencia había tenido era en Francia, quizá en otros lugares aún se mantuviera la estructura intacta y podría colaborar con ella, solo necesitaba contactos para ir ampliando esa labor que había estado haciendo en las encomiendas francesas.

Hasta que se produjera su salida del monasterio, se dedicaría a poner en orden sus ideas, también revisaría los documentos que llevaba en uno de los baúles y con los que confeccionaría un plan. Todo lo que no fuera necesario lo dejaría oculto en el monasterio. Para ello vaciaría la cruz que estaba realizando y lo guardaría en su interior para que quedara protegido.

También se dedicó a redactar con claves que solo él conocía los lugares en los que había ocultado los bienes de la Orden en las encomiendas que había visitado, debía hacerlo de tal forma, que aunque fuera apresado, nadie supiera descifrarlo si él no le decía las claves de los lugares en los que se encontraba la fortuna de la Orden. Seguramente un día iban a necesitar ese oro para devolverles el poder que tuvieron, no quería que con el tiempo se le pasara algún detalle importante cuando tuviera que comunicar el lugar en el que había ocultado cada uno de los bienes.

El Abad le había dicho que en un mes organizarían su salida, se propuso dejar en ese tiempo terminado el cristo que estaba realizando y preparó los bocetos para que su alumno continuara con la talla de San Benito.

Ahora los días transcurrían con mucha rapidez, más de lo que Bernard deseaba porque eran tantas las cosas que debía dejar terminadas, que en ocasiones se le veía trabajar en el taller a altas horas de la noche. A la luz de las velas, con la fuerza de sus manos, sin utilizar ninguna maza que pudiera delatar su presencia y despertar a los monjes, perfilaba la silueta del cristo que luego encajaría en la cruz.

El Abad, viendo el ritmo del trabajo que realizaba, llegó a preocuparse por el agotamiento al que estaba sometiendo a su cuerpo.

—Vas a caer enfermo —le dijo un día —y si esto ocurre, alterará nuestros planes de vuestra marcha.

—Es que quiero dejarlo todo terminado antes de marcharme.

—Pues si no queda terminado, ya se terminará, pero se encuentra tan agotado que no puede seguir así.

—Es poco tiempo lo que queda y no va a ocurrirme nada.

—Si no lo hace de propia voluntad, se lo ordeno como superior suyo que soy, no quiero verle por la noche trabajando. De qué va a servir todo lo que estoy haciendo para asegurar su traslado si cuando llegue el momento de hacerlo usted no puede ser responsable de sus actos y sus acciones. Piense que no se trata solo de su seguridad, sino la de su esposa y la de su hijo y debe contar con sus facultades lo más ágiles posibles ya que deberá saber afrontar los contratiempos que le van a surgir.

—Creo que tiene razón, haré lo que usted dice.

—Es lo más sensato.

FIN DEL CAPÍTULO XI