—Voy a dejar aquí el asno, va muy fatigado y creo que no va a poder seguir adelante.

—¿Lo que se oye son lobos?, ¿por eso dejas aquí al animal? – preguntó asustada.

—Sí, desde hace varias horas, nos viene siguiendo una manada. Por los aullidos, parece que se encuentran hambrientos y si nos atacan, no podremos hacerles frente. El asno apaciguará el hambre que tienen y nos dejarán que sigamos tranquilos.

—Pobre animal, ha sido tan servicial desde que salimos de París —dijo entristecida Marie.

—Ahora también va a hacer un buen servicio ya que con su sacrificio nos salvará a nosotros.

Continuaron adelante teniendo como objetivo el alto del collado que había frente a ellos, no quisieron echar la vista atrás para ver al animal que acababan de sentenciar para salvarse ellos.

Cuando llevaban unos cientos de metros recorridos oyeron como los aullidos de los depredadores se incrementaban. Los rebuznos del animal parecían suplicar con angustia, era consciente del futuro que le esperaba al verse rodeado por la manada de lobos. Cada vez los rebuznos del asno eran más constantes y fuertes, hasta que los aullidos, en lo que parecía una orgía de muerte, los fueron acallando. Ya solo se escuchaba en el silencio de la noche cómo los lobos se excitaban con la sangre que brotaba del asno en cada dentellada que daban en alguna de las zonas vitales del animal.

Al cabo de media hora, casi cuando estaban llegando a lo más alto del collado, cesaron los gemidos del animal y la excitación de la manada también se había calmado. Bernard se imaginó a los lobos dando dentelladas al pobre asno, tratando de arrancar con sus dientes los trozos de carne y vísceras que fueran saciando el hambre que tenían.

Cuando se encontraban en lo más alto de la loma que acababan de ascender, vieron que un poco más lejos aún había otro collado por el que debían subir, tras un suave descenso, se introducían en un bosque de robles y hayedos y la senda les llevaba a lo más alto de las montañas.

Aunque el camino había desaparecido oculto por la nieve, se intuía que debía ir entre dos hileras de árboles y por ese lugar Bernard fue caminando delante de los animales tirando con fuerza de las correas que tenían en sus bocas.

El esfuerzo había provocado que Marie sintiera intensos dolores en su vientre, pero no quiso decir nada a Bernard para que éste no se preocupara más de lo que ya se encontraba. Fue aguantando el dolor y lo fue padeciendo en silencio, aunque sentía como algo se desgarraba en el interior de su cuerpo y al no poder soportarlo las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos cada vez que la intensidad iba en aumento.

Bernard iba intranquilo, se sentía observado y aquello le preocupaba ya que no sabía a qué debía enfrentarse. El camino seguía manteniendo las dificultades por lo que debía estar muy pendiente para que no tomaran un sendero equivocado que les hiciera dar vueltas y perderse en aquel laberinto de senderos y caminos que salían por todas las partes. Cada vez que había una desviación, escarbaba entre la nieve hasta ver pequeños montículos de piedras que otros que habían pasado antes por allí habían colocado y cuando no las encontraba, trataba que fuera la fisonomía de lo que había a su alrededor o el sentido común el que le dijera cual era el camino que debían seguir.

El brillo de varios pares de ojos le hizo comprender que la manada no se había quedado con el asno sino que les seguían a ellos. Habían cambiado de estrategia y en lugar de ir agrupados, se había separado formando dos manadas y cada una de ellas iba a menos de un centenar de metros a ambos lados del camino por el que ellos avanzaban.