—Muchas gracias por todo lo que ha hecho —dijo Bernard cogiendo las manos de Isabel y besándolas —nunca lo olvidaré.

El prior acompañó hasta una de las celdas a Bernard y le dejó solo pidiéndole que procurara descansar todo lo que pudiera.

La celda era una de las que estaba destinada a los monjes del monasterio. Los elementos que había en su interior eran muy sencillos y humildes; una cama, una mesa, una silla y un pequeño armario en el que habían dejado las cosas que llevaban cargadas las mulas cuando los tres llegaron hasta la puerta del monasterio.

Bernard se despojó de sus ropas, vertió un poco de agua que había en un jarrón sobre una palangana y se lavó como pudo el cuerpo. Desde que había salido del otro lado de los Pirineos no había tenido oportunidad de hacerlo y se sentía sucio. Todo el estrés que su cuerpo había expulsado los días anteriores, se había quedado en su piel y necesitaba desprenderse de toda la suciedad que tenía por lo que el contacto del agua le hizo sentirse muy aliviado y momentáneamente se encontró más recuperado.

Cuando se sintió limpio, con el torso desnudo se tumbó sobre la cama a pesar del frío que hacía en el exterior. La excitación que su cuerpo tenía había aumentado su temperatura corporal y necesitaba refrescarse para poder conciliar el sueño.

A pesar del cansancio que tenía no pudo quedarse dormido, eran tantas las emociones que había en su cabeza, que no le dejaban dormir, dio una y mil vueltas en la cama, hasta que al cabo de unas horas, por fin, pudo conseguir que solo los sueños acudieran a su mente.

Más que sueños, lo que tuvo esa noche fueron pesadillas. En ocasiones los cuerpos inertes de su mujer y de su hijo yacían sobre la nieve, unas veces los veía blancos mimetizados con el manto que cubría el suelo y en otras ocasiones estaban ensangrentados rodeados por la manada de lobos que mostrando sus fauces les acosaban en lo más alto de la montaña.

En varias ocasiones se despertó sobresaltado y sudoroso, hasta que se daba cuenta de donde se encontraba y a duras penas conseguía de nuevo dormir. Pero eran sueños muy breves ya que las pesadillas se iban sucediendo una tras otra.

Con los primeros rayos de la mañana que entraban por la ventana Bernard se despertó. Los monjes ya llevaban dos horas levantados, primero para las oraciones y la misa de la mañana y ahora se encontraban desayunando en el refectorio por donde pasó Bernard cuando se dirigía a la celda en la que se encontraba su esposa y su hijo.

—Entre y desayune con nosotros —dijo el prior al ver pasar a su huésped – no tenga prisa por verlos, siguen descansando. No ha habido ninguna novedad durante la noche.

Bernard acompañó a los monjes durante el desayuno, le habían puesto un cuenco con leche caliente y una hogaza de ese pan que el hermano panadero había estado cociendo durante la noche y, al estar recién hecho, se encontraba crujiente. Con el estómago caliente y lleno, fueron hasta el cuarto en el que se encontraban sus seres queridos. Isabel seguía sentada en la silla dando una cabezada, también estaba Ramiro que tenía en sus brazos al niño y le estaba dando su ración de leche. Era la tercera vez que lo hacía y daba la impresión que ya había adquirido esa práctica que le estaba convirtiendo en un experto, lo hacía con mucho agrado, estuvo pendiente toda la noche de la criatura y en el momento que le sentía llorar iba a calentar la leche para darle de comer.