Aunque una de las veces, según llegó con la vejiga llena de leche, Isabel le dijo que no era hambre lo que tenía sino que se encontraba incómodo porque estaba sucio. Le enseñó cómo debía hacer para limpiarle. Le mostró la forma de plegar los paños alrededor de su cintura, cómo debía rodearle las piernas y el culito para que no se escapara nada y solo ensuciara lo que le habían puesto dejando limpia el resto de la ropa.

Al verlos entrar, Isabel se restregó los ojos quitándose de encima la manta con la que se había cubierto para no pasar frío.

—Han pasado la noche igual —dijo —el niño se encuentra muy bien y cuenta con un cuidador, que además de atenderlo, lo va a mimar con exceso. Pero ella no se ha movido en toda la noche, ha habido un momento que me ha parecido que deliraba, pero cuando me he despertado ya no la he vuelto a escuchar más, la temperatura parece que está bien, pero sigue encontrándose muy débil y tendría que alimentarse para poder recuperarse.

—Gracias por sus desvelos —dijo Bernard —vaya si quiere a descansar, que yo me quedo con ella.

—No hace falta —comentó Isabel —he dado varias cabezadas y ya sabe, cuando somos muy mayores, con un poco que durmamos, es suficiente para mantenernos en pie.

—Pero, ¿igual tiene cosas qué hacer?

—Ahora mi prioridad es ella y me quedaré aquí hasta que se recupere, nunca he dejado a una enferma hasta que ya no me ha necesitado. Si usted quiere quédese aquí, pero no se preocupe por ellos, que están bien atendidos, Ramiro se hace cargo de su hijo mientras yo me ocupo de su mujer.

El prior le propuso a Bernard enseñarle todas las instalaciones que había en el monasterio. Como preveían que deberían permanecer allí unos días, era mejor que conociera todas las estancias para poder ir por su cuenta, sin tener que recurrir a nadie, a cualquier lugar que pudiera necesitar.

El enclave de Roncesvalles había sido siempre un lugar estratégico muy importante, era el paso por el que llegaban los invasores del norte. Por eso los reyes navarros siempre lo tuvieron como una avanzadilla de alarma que avisaba del peligro que llegaba del exterior y querían que fuera fiel a corona, pues su voz de alarma enseguida se expandía por todo el reino y les ponía sobre aviso para poder actuar con tiempo suficiente para defenderse.

Fue Sancho III quien más donaciones y prebendas concedió al monasterio, que adquirió gran poder por las rentas y las tierras que tenía a su cargo y el prior, conocido con el apelativo de Gran Abad, era una persona muy considerada y con mucho poder en el reino.

Bernard fue visitando las diferentes construcciones que formaban el conjunto. Además de la gran construcción en la que hacían su vida los monjes que allí se encontraban, había un gran hospital para acoger a los miles de peregrinos, que procedentes de Francia y del norte de Europa, accedían hasta allí cruzando las altas cimas de los Pirineos. El hospital contaba con dos alas diferenciadas para acoger a los peregrinos según su sexo. En el espacio más grande, que estaba repleto de camas, se acogía a los hombres y en una sala más pequeña era donde se alojaban las mujeres que venían en menor número.

En el hospital se les daba cobijo y se les alimentaba con los productos que los monjes obtenían de los huertos que cuidaban con mimo a diario. Allí, algunos hacían un alto durante varios días para recuperarse del esfuerzo que habían realizado, aprovechaban para restañar las heridas que sus cuerpos pudieran sufrir y también remendaban la ropa que con el paso de los días se iba deteriorando.