Como en el monasterio donde había perfeccionado el arte de la talla, todos cuantos vieron el busto de la virgen, admiraron el trabajo que había realizado Bernard, les parecía tan real que pensaron que estaba a punto de cobrar vida y así se lo dijeron mientras le felicitaban.

Cuando consideró que estaba terminada su obra, la cubrió con un paño y se acercó hasta el caserío en el que vivía Isabel; ésta, al verle llegar, salió a su encuentro.

—¿Ha ocurrido algo? —dijo ella al encontrarse frente a él.

—No, todo sigue igual. Bueno, el hermano Ramiro le ha construido una cuna al niño y yo he hecho esto para usted.

—¡Para mí, un regalo!, muchas gracias; pero no tenía que haberse molestado —dijo Isabel mientras desenvolvía lo que le había entregado.

—No ha sido ninguna molestia, era lo menos que podía hacer y para mí será un honor que lo acepte como prueba de mi gratitud por lo que ha hecho por mi esposa y por mi hijo.

—Pero si no he hecho nada.

—Por eso, porque no ha hecho nada, pero ha hecho tanto, que gracias a usted los dos seres que más quiero aún siguen vivos.

—¡Madre de Dios! —exclamó Isabel —si es una virgen.

—La he hecho con mis manos para usted. ¿Le gusta?

—¿Que si me gusta?, ¡es preciosa!, pero esto tenía que estar en la iglesia, mi casa no es un lugar idóneo para tener una virgen.

—Disfrútela usted y luego hace lo que quiera con ella, siempre podrá quedarse en la iglesia cuando ya no disfrute con su visión.

—Eso solo ocurrirá cuando me muera —dijo ella.

—Bueno, no quería decirlo así, pero puede ser su donación a la Iglesia cuando ya no esté aquí.

Isabel le presentó a Santiago, era su marido y aunque tenían la misma edad, él parecía que tenía veinte años más que ella. El trabajo del campo y la dureza de aquellas tierras habían hecho mella en su cuerpo. Se encontraba sentado en la cocina junto a la chimenea. Isabel le sacó una jarra con vino y puso sobre la mesa un plato con algunos embutidos.

—Hoy se queda a comer con nosotros, vaya probando esta matanza que hacemos en el caserío, el vino es de los monjes, cada año nos suelen traer unas vasijas para el poco consumo que hacemos.

—Está muy bueno todo —dijo Bernard —aunque no sé si debería quedarme ya que no he dicho nada en el monasterio.

—No se preocupe, si saben que ha venido aquí, se imaginarán que no regresará hasta después que haya comido, ya me conocen y saben que no le voy a dejar ir sin probar mis guisos.

Isabel se esmeró ese día en la cocina, aunque no era necesario ya que era una excelente cocinera y los productos que tenía eran de la cosecha que hacían en el caserío. Seleccionó unas verduras frescas, con unas patatas y un pedazo de carne de la matanza que habían hecho unos días antes, preparó un guiso que a Bernard le pareció exquisito. En el horno elaboró una tarta de manzana que según el invitado no había probado algo tan exquisito en su vida. Mientras comían, Isabel no dejaba de hablar, le contó todo lo que habían hecho desde que se casaron y levantaron la casa en la que vivían. Cómo con el esfuerzo de los dos habían sacado adelante a sus hijos, las hembras se habían casado y vivían con sus maridos en la comarca. Uno de los hijos murió en un accidente en el campo y los otros cuatro varones estaban vivos, dos estaban en el monasterio porque tenían vocación religiosa, otro de sus hijos vivía en la ciudad y el mayor era tratante de ganado y vivía de una forma ambulante, aunque un mes al año volvía al caserío y reconfortaba a sus padres.