También de vez en cuando recibían la visita de sus nietos. Tenían veinticinco, aunque nunca se juntaban todos, pero en los meses de verano, que hace mejor tiempo, sus hijos solían dejarlos con ellos y eran la alegría de los dos ancianos.

—Bueno, que me pongo a hablar y no paro; Santiago, como ve, es un poco callado, pero yo me lanzo y no dejo hablar a nadie. ¿Cómo se encuentra su esposa?

—No ha habido ningún cambio, sigue igual. Me temo que en cualquier momento no lo resistirá más y nos dejará, me he ido haciendo a la idea porque no veo mejoría, cada vez se la ve más débil y el pulso casi no se le nota.

—Está en manos de Dios, se ha hecho todo lo posible y solo queda resignarse y esperar. ¿Y el niño cómo está?

—¡Oh!, es una preciosidad, no da ninguna guerra, come y duerme, se pasa así todo el día. El hermano Ramiro no le deja ni un instante y le cuida como si fuera su hijo.

—Es una buena persona, creo que no podían haber asignado ningún monje mejor para estar a su cuidado.

—Bueno —dijo Bernard —creo que se está haciendo muy tarde y no quiero que se preocupen por mí en el monasterio. Muchas gracias por la comida y por todo lo que ha hecho por nosotros.

—Gracias a usted, por su regalo, lo pondré aquí —dijo señalando una repisa que había en el salón – así cada vez que la contemple me acordaré de ustedes y rezaré todos los días ante ella para que Marie se recupere.

Bernard se despidió de ellos y se encaminó de nuevo hacia el monasterio preocupado por el tiempo que había pasado fuera sin haber avisado de su prolongada ausencia.

—Veo que no ha podido resistir a la comida de Isabel —dijo el prior al verle llegar.

  • Es tremenda, cualquiera le decía que no, ya le he advertido que no había dicho que estaría fuera tanto tiempo.

—Cuando se va a ver a Isabel comprendemos que se sabe cuando se llega, pero siempre ignoramos cuándo se regresa, eso lo dejamos a criterio de su voluntad ya que no se la puede ni se la debe llevar la contraria.

Bernard se encontraba satisfecho por haber sabido cómo compensar los desvelos de Isabel sin que ésta se hubiera sentido incómoda por ello. Le había dejado algo que no se podía pagar con dinero y permanecería junto a ella hasta el momento que dejara de existir, en ese momento seguro que la talla encontraría una ubicación perfecta en la colegiata del monasterio.

Fueron pasando los días sin que se experimentara ningún cambio en el estado de Marie, tres días después de haber llevado la cuna para que el niño durmiera, después que Ramiro le diera la ración de leche y le limpiara para que durmiera bien, por mucho que el monje lo acunó, éste no conseguía quedarse dormido y de repente comenzó a llorar sin ninguna explicación.

Ramiro trataba de acunarle en vano pues el llanto era cada vez más fuerte y desgarrador, lo que fue alertando a todos los monjes que había por los alrededores que se fueron acercando hasta el cuarto para ver qué le ocurría. El monje encargado de su cuidado aseguraba que había hecho lo que el resto de los días, por lo que debía ocurrirle alguna cosa inexplicable, quizá se encontrara malo. Decidieron enviar recado a Isabel para que se acercara hasta el monasterio, quizá ella supiera lo que le podía ocurrir. Isabel pensó que seguramente hubiera cogido un resfriado, el aire de la montaña era muy traicionero y si estaba destapado, era probable que se hubiese enfriado.