Fue delegando en mí persona asuntos de gran responsabilidad, lo que me permitió relacionarme con las personas más influyentes del reino y de la iglesia.

En el momento que mi señor cayó en desgracia y fue apresado, conseguí verle en la celda en la que se encontraba con otras personas relevantes de la Orden, me encargó que debería ponerme a salvo ya que mis conocimientos sobre la estructura y la organización de la Orden no debían caer en manos de sus enemigos. También me ordenó visitar todas las encomiendas que había en nuestro país, en el camino del sur, para poner a salvo todos los bienes que aún no habían sido requisados.

Fui entrevistándome con los preceptores de las encomiendas que me habían sido asignadas y oculté todo lo que aún no había sido requisado por los soldados del rey o los del papa. Cuando llegué a la última de las encomiendas, tuve que ocultarme en un monasterio ya que los soldados del rey detectaron mi presencia y trataron de hacerme prisionero.

Entonces me llegó la noticia que mi señor había sido ajusticiado y los monjes organizaron mi huida del país, pero al estar a punto de cruzar los Pirineos, volvieron a localizarme, tuve que huir de forma apresurada y en las condiciones que usted me vio cuando crucé los Pirineos.

Sé que fue una temeridad hacerlo, pero si no lo hubiera intentado, a estas horas hubiéramos caído prisioneros, pues según me informaron los peregrinos con los que hice el último tramo de mi camino al exilio,  registraron hasta el más escondido rincón del pueblo. Sabían que nos encontrábamos allí, por eso tuvimos que escapar de forma apresurada a pesar de las inclemencias del tiempo que se cernían sobre los Pirineos.

—Santo Dios —dijo el prior —de verdad que esto no lo esperaba, no estaba preparado para recibir la información que acabas de transmitirme.

—Esa ha sido mi angustia, a la que se ha añadido la situación en la que involucré a Marie; el resultado de esta decisión ya lo conoces.

—No sé que decirte, estoy tan abrumado por lo que acabo de oír que no sé qué consejo puedo darte, no estoy preparado para ello, es una situación que supera la preparación y las competencias de este prior, que está acostumbrado a tener que resolver problemas muy sencillos y esto excede mis conocimientos ya que nunca me he preocupado de la política.

—De todas formas —continuó Bernard —a pesar de todo lo que haya oído sobre mi señor y sobre la Orden, le puedo asegurar que soy un hombre de Dios y todas las acciones que he hecho en mi vida siempre se han guiado de las enseñanzas que el Señor nos inculcó.

—Lo sé hijo —dijo el prior —por mi condición sabes que debo obediencia a mis superiores aunque no esté de acuerdo con ellos ni con las actuaciones que tienen. En este caso que me estás contando, siempre he pensado que se ha cometido un error, los caballeros de la Orden han sido buenos cristianos, en todas sus actuaciones han llevado las enseñanzas de Nuestro Señor como estandarte y si en un momento debo elegir, lo haré por quienes profesan las enseñanzas de Nuestro Señor. O sea, que cuenta con mi apoyo para todo lo que necesites porque sé que actuarás de acuerdo con tu conciencia y ésta coincide con la mía.

—Gracias padre, no sabía lo que podía esperar de usted y para no comprometerle, ni poner en riesgo mi situación, es por lo que he pedido que me escuchara de esta forma, así no se verá nunca obligado por obediencia o por convicción a revelar cuanto le he dicho, de otra forma pondríamos en peligro la vida de personas buenas como las que me han ayudado hasta llegar aquí.