Frey Tomás, dio un encargo un tanto extraño a los siervos que se habían encargado de cavar la tumba, les ordenó ir hasta el pueblo y comprar algunas provisiones que se necesitaban en la encomienda. Ellos cumplieron lo que les proponía sin pestañear, aunque les llamó la atención aquel encargo, pues no eran los responsables de adquirir las provisiones que mensualmente se compraban para la encomienda, además, faltaban pocos días para ir a hacer la compra general y por mucha prisa que se dieran no llegarían a la hora del entierro de Gonzalo; pero no protestaron, nunca lo hacían y el hecho de que el preceptor en persona se lo hubiera ordenado era para ellos algo que no podían cuestionar. En ningún momento llegaron a imaginar los verdaderos motivos por los que eran alejados de la encomienda.

            Cuando llevaron el féretro hasta la tumba, con dos sogas lo descendieron y una vez que estuvo acondicionado en el fondo, comenzaron a cubrirlo con tierra hasta que quedó una ligera ondulación en el terreno. En la cabecera de la tumba colocaron una pequeña lápida con el nombre de Gonzalo Jiménez y la fecha de su defunción.

            —Bueno —dijo frey Tomás —nuestro secreto ya está bien guardado, ahí nadie va a investigar.

            —Entre más de cien tumbas pasará desapercibido —afirmó Bernard.

            —Y yo desde aquí me encargaré de que así sea —ratificó frey Tomás. Ahora debemos organizar el resto de su viaje, es necesario que contacte con las encomiendas centrales.

            —Pues me pongo a su disposición, dígame lo que considera que debo hacer y cuanto antes lo dispongamos más garantías tendremos de que nuestra misión obtenga los resultados que deseamos- dijo Bernard.

            —Por las noticias que tenemos, el Papa ya ha enviado a sus emisarios para que transmitan su orden a los reyes cristianos, es solo cuestión de tiempo que éstos las hagan cumplir; como ya hemos visto. Aunque el conde de Cataluña todavía no la ha acatado, el rey de Aragón sí lo ha hecho y no sabemos cuándo lo harán el resto de los reinos. Debemos ponerles en alerta de lo que va a ocurrir. Irá a las sedes centrales, en Castilla se dirigirá a la encomienda de Villarcázar, ellos sabrán lo que deben hacer y en el reino de León irá hasta Ponferrada. Yo le prepararé dos documentos para que se los entregue y no desconfíen de usted.

            —Pues cuando tenga los documentos preparados me pongo en camino —dijo Bernard.

            —Los redactaré esta noche y mañana por la mañana se pondrá en camino. Es muy importante que no se detenga en lugares grandes, procure quedarse a descansar en los pueblos pequeños y sobre todo no hable con la gente, hay personas muy hábiles que saben leer entre líneas y pueden obtener esa información que nunca hubiera imaginado que podría proporcionar.

            Después de la cena, frey Tomás llamó a Bernard y se retiraron a los aposentos del preceptor, éste le sirvió una copa de licor y se sentaron alrededor de una mesa en la que había colocados dos pergaminos y dos pedazos de madera tallada atravesados por un fino cordón de cuero.             —Éste —dijo frei Tomás —es un documento que le he preparado para que le entregue a Pedro, el preceptor de Villarcázar de Sirga. Le informo de las medidas que le aconsejo que adopte para evitar que los bienes caigan en manos de los que han traicionado a la Orden. En el mismo sentido está escrito el otro documento que va dirigido a Ordoño, el preceptor de Ponferrada en el reino de León.