Junto al pergamino le entregará este colgante para que sepan que vas de parte de una persona en la que deben confiar y también confiarán en ti.

            El colgante era un pequeño pedazo de madera que simulaba una cruz con los brazos formando un ángulo de sesenta grados con el aspa superior, era similar a la pisada que hacen las ocas, cada extremo de las cuatro aspas estaba horadado y por su interior se deslizaba un fino cordón de cuero que estaba anudado en sus extremos. Bernard lo miró con atención, sabía lo que era, pero le llamó la atención lo bien labrado que estaba.

            —Otra cosa —dijo frey Tomás —es muy importante que estos documentos no caigan en manos ajenas, si lo hacen podrían poner en peligro su vida y la mía ya que nos delatarían ante nuestros enemigos. También podría ocurrir que viendo la importancia del contenido de los documentos suplantaran su identidad y trataran de apoderarse de los bienes que va a proteger. He pensado en ello y le hemos preparado este bordón, como podrá ver es especial y aquí estarán seguros.

            Era un bordón de madera de casi dos metros de alto y más grueso que el que portaban la mayoría de los peregrinos, parecía bastante pesado, pero guardaba algo en su interior que sorprendió a Bernard. Asiéndolo con fuerza estiró de la parte superior convirtiéndolo en dos piezas. El interior estaba hueco y después de enrollar los pergaminos con mucho cuidado los fue introduciendo en su interior; luego volvió a unir las dos partes colocando una tira de cuero para que no se notara la unión.

            —Vaya ingenio —dijo Bernard.

            —Ha sido idea del carpintero, cuando le comenté que quería que ideara algo para que un peregrino llevara un documento oculto pensó en esto, ha trabajado bien y creo que el resultado es admirable.

            —Aquí nadie lo encontrará —dijo Bernard.

            —De todas formas, si en alguna ocasión presiente algún peligro, o un control por el que deba pasar, es mejor que lo haga apeado de la mula y vaya caminando, así dará más credibilidad cuando vean que el bordón le ayuda a avanzar.

            —Lo haré siempre, iré caminando, dejaré aquí una mula y llevaré sólo la otra para que lleve la carga —dijo Bernard.

            —Pero se hará más duro, no es lo mismo ir subido en la mula que ir caminando, yo llevaría las dos —propuso frey Tomás.

            —Iré con una y si veo que me resulta muy duro compraré otra por el camino, pero creo que podré soportarlo, me dará más credibilidad para pasar desapercibido y, además, caminar será bueno para mí, así me encontraré más fuerte —aseguró Bernard.

            -Como desee, ahora brindemos por el éxito de su misión —dijo el anfitrión levantando la copa de licor.

            —Por mi regreso —brindó Bernard.

            —Es mejor que se vaya a acostar cuanto antes, mañana tiene una dura jornada por delante y debe estar descansado, a partir de ahora hasta que llegue a Villarcázar tiene que descansar bien todos los días.

            —Cuánto tardaré en llegar allí —preguntó Bernard.

            —Dependiendo al ritmo que vaya y si no tiene contratiempos, tardará entre siete y diez días.

            —O sea, que si todo va bien, en menos de dos meses podré estar de vuelta —comentó Bernard.

            —Sí, calculo que en un mes habrá llegado a Ponferrada y, si todo va bien, en dos meses le tendremos de vuelta.

            Se despidieron, aunque frey Tomás le dijo que por la mañana estaría allí para verle marchar, así, si se le ocurría alguna cosa importante durante la noche, la comentarían mientras desayunaban.

Fin del Capítulo XXII