Bernard trató de estar todos los días acompañado por otros viajeros y peregrinos, aunque no quería estar más de dos o tres días con las mismas personas, por eso era frecuente que en ocasiones acelerara más su marcha o la acortara dependiendo de las intenciones que tenían los que iban a su lado. Otras veces se desviaba del camino que los demás seguían con la disculpa de ir a visitar un lugar determinado que no entraba en los planes de los que iban junto a él.

            Así hizo cuando llegaron a Nájera, todos deseaban contemplar esta bonita ciudad y ver con sus ojos la talla de la virgen que apareció un día en una cueva y aún se conservaba en el mismo lugar en el que se encontró. Bernard continuó su camino desviándose hacia el pueblo en el que un día vivió y predicó el eremita Aemilianus, había oído hablar de él y quería rezar ante sus restos.

            Visitó el antiguo monasterio de Suso, donde vivió el monje santo en unas cuevas que luego se convirtieron en el cenobio que se podía contemplar en la actualidad. Los monjes le dieron acogida en el monasterio nuevo situado unos metros más abajo; en el valle. En Yuso decidió quedarse tres días para descansar y dejar que los compañeros con los que había caminado pasaran de largo para no volver a encontrarse con ellos.

            Se hallaba en una tierra de insignes santos, después de salir del monasterio de Yuso, al día siguiente, pasó por el lugar donde reposaban los restos de Domingo García y también estuvo rezando ante ellos y encontró acogida en el hospital que el santo había levantado con sus manos para que los peregrinos encontraran acogida.

Dos días más tarde caminó por un espeso bosque en el cual el camino a veces era invadido por la maleza, se detuvo ante un templo levantado por otro santo que habitó aquellas tierras dos siglos antes y yacía enterrado en la iglesia que construyó. También aquí encontró acogida en el hospital que este santo había fundado.

Ya se encontraba mucho más relajado, estaba en el reino de Castilla y, según le había dicho frey Tomás, aquí estaría mucho más seguro, por lo que dejó de tomar tantas precauciones como lo había hecho los días anteriores.

Cuando por fin divisó la ciudad de Burgos, le pareció uno de los lugares más importantes por los que había pasado desde que salió de París. Era una ciudad próspera en la que se veía mucha actividad. Por todos lados se levantaban nuevas edificaciones y el trasiego de gente por sus calles era constante.

Decidió quedarse unos días para contemplar este lugar y ver las costumbres de aquel sitio, en lugar de dirigirse a los hospitales que se habían habilitado para acoger a los numerosos peregrinos que deambulaban por sus calles. Buscó una posada que se encontrara alejada del centro, allí podrían descansar él y la mula y aunque se retrasara unos días en llegar a su siguiente destino, tampoco era cuestión de desaprovechar esta visita que le parecía muy interesante.

Callejeó por la zona que se encontraba rodeando a la catedral, el templo que aún se estaba construyendo era soberbio, le pareció que estaban incorporándose algunas influencias de las edificaciones de su país; aunque la mayor parte de la planta y las capillas estaban ya construidas, los trabajos iban avanzando en ampliaciones que las inyecciones de dinero permitían que se fueran haciendo.