—¿Estamos todos de acuerdo? —preguntó Pedro.

Todos asintieron y dieron conformidad a lo que decía el preceptor, únicamente Bernard parecía que quería añadir algo y al ver que todas las miradas se fijaron en él comenzó a hablar.

—Estoy de acuerdo con lo que proponen de proteger los bienes de la Orden, buscaremos un lugar donde podamos ocultarlos y los dejaremos aquí hasta que pasen las adversidades a las que nos enfrentamos.

—¿Y no sería mejor llevarlas hasta Ponferrada? —Dijo Hugo —en el castillo estarían protegidas por los soldados de la Orden.

—No serviría de nada, si el Rey sigue las órdenes dictadas por el Papa, el ejército del rey se adueñaría de todo y se lo entregaría al Papa o lo repartirían. También en Ponferrada deben ocultarse los bienes por si acaso —comentó Bernard. Respecto a la protección que quiere proporcionarme hasta que llegue allí, creo que lo mejor es que vaya solo, usted es muy conocido como he podido comprobar cuando llegó y llamaría la atención sobre mi presencia, es mejor que siga de incógnito.

—Pero ahora usted es mi responsabilidad —dijo Roberto —no puedo permitir que le ocurra nada, debe ir protegido.

—Puedo aceptar que me acompañe alguno de sus hombres, pero siempre que lo haga de incógnito como voy yo —propuso Bernard.

—Le proporcionaré a mi mejor hombre —dijo el maestre.

—En cuanto al lugar en el que ocultaremos los bienes, lo mejor es que solo lo sepamos dos personas. He visto en París como torturaban a los caballeros que estaban con mi señor y pocos días después se incrementaban las detenciones. De esta forma, cuantas menos personas estemos al corriente del secreto, hay menos posibilidades de que se pueda contar y en el caso de que esto ocurra, siempre sabremos quién es el que ha revelado su ubicación.

—Me parece bien lo que propone —dijo Roberto —sugiero, si a Hugo le parece bien, que entre Bernard y Pedro se encarguen de buscar la ubicación que consideren más conveniente y sean ellos los que estén al corriente del lugar elegido.

—He realizado un recuento de las existencias que hay en la encomienda y contamos con —dijo Pedro mientras abría el libro en el que llevaba registradas las cuentas de la encomienda —115.238 ducados de oro, 98.350 doblas de oro, 240.000 reales de plata y 145.478 doblas de plata.

—Una verdadera fortuna —comentó el prior.

—Llevamos varios meses sin trasladar los envíos, que se hacían frecuentemente, a la central y por eso disponemos de tanto dinero —dijo Pedro.

—¿Y no tendremos problemas para atender las letras de cambio que nos traigan? —preguntó el prior.

—En los últimos meses son pocas las personas que nos traen letras para cambiar y siempre dispondremos de las aportaciones que se vayan haciendo.

—Pues si todos estamos de acuerdo —dijo el maestre —pongámonos manos a la obra y cada uno vaya haciendo lo que le corresponde.

Se despidieron quedando en reunirse una semana después, tanto Roberto como Hugo, tenían que realizar algunas visitas y consideraron que era mejor no alterar el programa que habían establecido. Ese tiempo sería suficiente para que cada uno pudiera realizar lo que se había acordado que hiciera.