La cena resultó excelente, habían asado en un horno de barro un pequeño cochinillo de una camada reciente que habían tenido en las cuadras de la encomienda, al irse asando muy lentamente, fue soltando toda la grasa que tenía y el asado resultó exquisito. Bernard aseguró que no recordaba haber probado un manjar como aquel.

Los días que se pasó en esta encomienda, donde se sentía muy seguro, acompañó todas las comidas con el excelente vino que le servían. Era una tierra donde la vid abundaba y sabían elaborar muy buenos caldos y también unos licores exquisitos.

Al día siguiente, por la mañana, se dirigieron a la iglesia y Pedro le fue mostrando los lugares que había elegido para ocultar lo que deseaban que nadie pudiera encontrar.

El primer lugar que le mostró fue un gran sarcófago de piedra tallado en una sola pieza. Estaba cubierto con una losa de piedra que eran necesarios tres o cuatro personas para poderla mover.

Luego le enseñó una parte del retablo que había en el altar mayor. Al moverlo, habían dejado un espacio en la pared de piedra para guardar allí los elementos del oficio divino con los que se celebra la eucaristía.

—He tomado las medidas y el cofre entra aquí perfectamente —aseguró Pedro.

—¿Quiénes están al corriente de este hueco? —preguntó Bernard.

—Los sacerdotes que celebran la misa, pero les puedo decir que se anula este espacio y se les pone la hornacina repujada en plata que han pedido en varias ocasiones ya que aseguran que les resulta incómodo tener que mover esta parte del altar cada vez que celebran la misa.

—Pero ellos saben de la existencia de este hueco y también lo habrán visto algunos fieles. No me parece lo suficiente discreto —comentó Bernard.

El tercer lugar que visitaron fue la cripta, no hallaron espacios muy grandes, pero podían seleccionar alguno muy discreto en este lugar tan poco concurrido.

—No me desagrada del todo este sitio —dijo Bernard —pero quiero que vea un lugar que he descubierto por casualidad, a ver qué le parece.

Le llevó hasta la cuadra y le mostró el pesebre que había suelto. Entre los dos consiguieron moverlo y vieron la base rellena con mortero.

—Quitando el relleno que hay podríamos poner en su lugar el cofre —dijo Bernard.

—Me parece una idea estupenda, aquí nadie mirará en caso que vengan en busca de los bienes de la encomienda —aseguró Pedro.

—Lo he estado observando y aquí solo entra el mozo que se encarga de las cuadras, ya que los animales los dejan y los recogen en el corral —comentó Bernard.

—Pues lo haremos nosotros, le diré al mozo que usted entiende de albañilería y se encargará de arreglarlo, así le quitaremos un trabajo y él no desconfiará.

—No se hable más, cuando el mozo se vaya a cenar, tendremos la argamasa preparada. Esta tarde iré retirando el mortero y cuando tenga el espacio suficiente, entre los dos traeremos el cofre y en poco tiempo quedará bien oculto —dijo Bernard.

Después de comer, en lugar de dormir una siesta como hacían la mayoría de los que allí se encontraban, Bernard le dijo al mozo que necesitaba libre la cuadra para ir arreglando el pesebre. Era necesario que no pusiera nada en los que estaban al lado del que se encontraba suelto y también sacara a los animales de aquella cuadra.